Viajar

Marruecos: reino de luz y belleza pura

Sobran las razones para visitar este país del norte de África al menos una vez en la vida. Crónica.

Marruecos

Mausoleo de Mohamed V en Rabat.

Foto:

Andrés Hurtado García

Por: Andrés Hurtado García
07 de noviembre 2018 , 09:19 p.m.

¿Qué tiene Marruecos que se ha convertido en el destino de todos los amadores de paisajes exóticos y ciudades olorosas a esencias y cargadas de historia, de fortalezas perdidas en la inmensidad y que evocan heroísmos, de paisajes que seducen a pintores, artistas, cineastas y escritores de todo el planeta? ¡Oh, esas dunas de arenas amarillas, en las que el viajero, montado en camello “de elásticas cervices” se adentra no en el desierto del Sahara, sino en la geografía interior de la belleza pura!

Marruecos es potencia africana y mundial en energía solar, posee centenares de hectáreas de paneles solares; Marruecos es el primer productor mundial de fosfatos.

Su riqueza en fósiles marinos es incalculable. Mirando de lejos el mapa, se creería que Marruecos es un desierto; sí, posee parte del desierto del Sahara, pero no es un desierto. He visto a los bereberes cosechar melones en las arenas ardientes del Sahara y, a 40 grados de temperatura, llenan camionados con estas frutas.

La meseta en la que se asienta Meknes es un mar de verdura. La agricultura marroquí es floreciente. Los cultivos de frutales se pierden en el horizonte en los valles del Atlas Medio. En Meknes se producen excelente vino y aceitunas. Los oasis proporcionan toneladas de dátiles. Los colores de Marruecos son el azul del mar, el verde de las montañas y el amarillo del desierto. Recorre el país una cadena montañosa llamada Atlas, que en invierno es una inmensa corona de nieve en medio del desierto. La cima es el pico Toubkal (4.167 metros), muy visitado por los alpinistas.

Marruecos

Mezquita de Casablanca.

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Andrés Hurtado García

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Calle de Rabat.

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Andrés Hurtado García

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Tintorerías en Fez.

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Andrés Hurtado García

El atractivo urbano de Marruecos se halla en las medinas, que son las ciudades antiguas cercadas por murallas y que hoy están inmersas en las ciudades modernas.

Las medinas son un laberinto de callejuelas. Caminar por ellas es volver a la Edad Media y embriagarse con el olor de las especias. La más famosa y grande del mundo es la de Fez: tiene 9000 callejuelas, 300 barrios y, de hecho, es la mayor zona peatonal del planeta. Data del siglo VIII. En los mercados de las medinas, el juego del regateo es ley universal.

Mulay Idriis, asentada en dos colinas y que de lejos parece un dromedario acostado, es la ciudad santa por excelencia y a los pobres les sirve peregrinar hacia ella como sustituto del viaje a La Meca. Es la ciudad más bella del país y fue fundada en el siglo VIII por Idriss, descendiente directo de Fátima, la hija del profeta Mahoma. Frente a la ciudad, en un amplio valle, se encuentran los vestigios de Volubilis, ciudad romana del siglo I cuyo rey fue Juba II, que tuvo por primera esposa a Cleopatra Selene, hija de Cleopatra y Marco Antonio.

Cuatro son las ciudades imperiales de Marruecos: Rabat, Fez, Meknes y Marrakech. En Rabat, la capital, se encuentra el fastuoso mausoleo de Mohamed V, el rey que logró la independencia de Francia en 1956. Son siete las dinastías que han gobernado el país. La actual es la alauita y la preside Mohamed VI, rey muy querido por la población.

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Playa del mar Atlántico en Rabat.

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Andrés Hurtado García

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Ciudad romana de Volubilis.

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Andrés Hurtado García

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Músicos callejeros.

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Andrés Hurtado García

Marruecos es el país que salió mejor librado en la Primavera Árabe y es una monarquía constitucional. La cultura mora-marroquí en España fue la más importante de su época en Europa antes de que los reyes católicos expulsaran a los árabes. Maimónides y Averroes engrandecieron Al-Andalus.

La palabra ‘Casablanca’ resuena con timbres de grandeza en el orbe de la cultura. Allí se filmó la que algunos consideran la mejor película de todos los tiempos, que lleva el nombre de la ciudad. Humphrey Bogart e Ingrid Bergman fueron las luminarias. Y en los anales de la historia figura con letras de oro Casablanca, porque allí se reunieron en 1.943 Franklin Delano Roosevelt y Winston Churchill y decidieron el final de la Segunda Guerra Mundial. La mezquita de impactante belleza que Hassan II construyó en Casablanca es el templo más alto del mundo y el segundo más grande; puede albergar 100.000 fieles, y su minarete alcanza los 210 metros.

En Marruecos, por donde se mire, aparecen ciudades, medinas, monumentos, plazas, mezquitas que son patrimonios de la humanidad declarados por la Unesco. En el norte del país, en la comarca del Rif, hecha ella de idílicos valles entre montañas, se encuentra Chefchaouen; su medina, sus calles estrechas, sus celebradas casas pintadas todas de azul y blanco son inolvidables.

En el sur del país, en El-Aaiún, ciudad del llamado Sahara occidental, región perteneciente a Marruecos, se recuerdan las proezas de los aviadores franceses liderados por Saint-Exupéry. En sus dunas ardientes, el escritor se inspiró para su libro inmortal, El principito.

Marruecos atrae a artistas de todo el mundo. Por Ifriti han pasado 473 artistas de 62 países. Allí, la luz es perfecta para lograr la inmortalidad en el arte.

Estos son los siete países que se deben visitar, según mi criterio: Egipto, Grecia, Turquía, India y China. Y de manera especial, Marruecos, el reino de la luz, la magia y la suprema belleza.

ANDRÉS HURTADO GARCÍA
Especial para EL TIEMPO

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