Salud

Relato de un deprimido en constante recuperación

Luis cuenta cómo ha sido su lucha para adaptarse a la montaña rusa que son su mente y sus emociones.

Luis Fernando Vargas

Luis Fernando Vargas trabaja en ‘Radio ambulante’, un podcast sobre crónicas y reportajes hechos en América Latina.

Foto:

Andrés Fuentes

08 de agosto 2018 , 07:08 p.m.

Es un niño de seis, siete, ocho, nueve y diez años llorando en clase. Una escena en repetición: pasa lo mismo todos los días, todos los años. Tiene pánico, pánico real de estar ahí con extraños: gente que no es su mamá, la única persona con la que se siente seguro. Quiere escapar. También, a menudo, quiere morir. O simplemente no existir. El suicidio, como concepto, le es ajeno. Pero escribe estas cosas en una libreta que esconde en su clóset. Porque sabe que lo que siente está mal.

Un día está en un consultorio y habla con un hombre. No es como los otros doctores, que revisan la temperatura o ponen inyecciones. Ahí habla y habla de por qué llora tanto. Se siente incómodo. Al fin sale y están sus papás esperándolo. Nunca vuelve a ver a ese hombre y durante toda su infancia no vuelve a un consultorio igual. Ese niño soy yo.

Es un adolescente y está cortándose con una navajilla los muslos. Le duele. No es físico, es un dolor emocional. Sí, se ha enamorado y le han roto el corazón. Sí, ha entendido cosas de su familia, cosas incómodas que no se hablan y lo ponen triste. Pero esto va más allá. Es un vacío. Descubrió el odio propio y se volvió dependiente de él. Define su identidad: no es guapo, no es tan inteligente, no merece amor, no sabe hacer nada bien, no merece vivir... No, no y no: esa pequeña pero poderosa palabra. Ya sabe qué es el suicidio. La frase “yo no voy a terminar bien” ronda su cabeza. Hasta le parece romántica. Es un idiota. Ese adolescente soy yo.

Es un adulto joven y desde hace cinco días no sale de su cama más que para comer, una o dos veces al día. Duerme 16 horas diarias, tiene una migraña insoportable y está irritable como nunca. Continúan los días, y salir de la cama le es cada vez más difícil. Las cortinas están siempre extendidas, para que nada de luz entre a su cuarto. No tiene energía. Pierde peso y se quiebra tres dientes. Bruxismo: aprieta demasiado la mandíbula. Es la ansiedad.

Se golpea la cabeza contra la pared en los ataques de pánico nocturnos para quedarse dormido. Siempre le ha costado sentirse motivado para salir de la cama cada mañana, y ha habido días en que no lo ha logrado; pero esto se siente diferente. Está cansado, no físicamente sino emocionalmente. Ya no quiere nada, solo rendirse. Siente que se hunde. En esos días logra armar una narrativa: desde su niñez, su vida ha sido una caída libre y está llegando al fondo. Empieza a conocer lo que es tener miedo de uno mismo, de lo que puede hacer. Ese joven adulto soy yo. Y se pregunta: “¿Qué hice mal?”.

Una definición

Una psicóloga y dos psiquiatras me han dicho que probablemente tengo ansiedad generalizada. Me estreso sin razón aparente, irracionalmente, solo por existir. Sucede a diario: preocupación excesiva y comportamientos obsesivos. La egolatría de sentir que todo lo malo que sucede en el mundo es mi culpa, y solo mi culpa. Odio propio.

Las depresiones son consecuencia directa de esto. Empecé a tomar antidepresivos e ir a terapia en medio del periodo en el que no podía salir de la cama. Fueron cinco meses en los que creí que cada nuevo día sería el último.

Se pierde perspectiva estando en el fondo. Había terminado un contrato temporal y al quedarme sin ese refugio –el mantenerme ocupado con pensamientos que me excluían– me quebré. Quedé abandonado conmigo mismo: la única persona en el mundo que odio.

Hay muchas charlas y libros sobre cómo personas lograron superar una depresión y encontraron una luz. Yo no soy una de esas personas. Un día escuché una frase de la que quiero hablar, en el episodio Forever Alone parte 2, del podcast Terrible, Thanks for Asking. Era algo como, “no existen los exalcohólicos, sino personas que siempre serán alcohólicos en recuperación”.

Es decir, la adicción estará ahí durante el resto de su vida, como una sombra. Hablaba sobre eso con una amiga, y concluimos que, por lo menos en mi caso, nunca seré una persona que tuvo depresión. Siempre me estaré recuperando: sé que, por mi ansiedad, está estructuralmente ligada a mí. Sonará como una situación horrible, pero he logrado encontrar paz en la resignación. Porque significa que simplemente hay que dejar ir y hacer lo que se puede. Sobrevivir. Adaptarse. Callar.

Llevo dos años tomando antidepresivos, pero hasta hace poco, cuando tuve una recaída y me volví a cortar –esta vez un brazo–, mi mamá, la persona con la que vivo y en quien más confío, no pronunciaba la palabra ‘depresión’. A pesar de haberme visto varias veces nublado mentalmente, mientras caminaba de un lado para otro de forma obsesiva y nerviosa. Yo tampoco pronunciaba la palabra. Era como un acuerdo tácito.

En los últimos meses me he propuesto hablar. No solo con ella, sino con amigos, conocidos y extraños. Hablar para normalizar. Porque, aunque todavía me cuesta decirlo con convicción, esto que tengo es una enfermedad, no debilidad de carácter.

Las enfermedades mentales son algo invisible, complejo, que mezcla genética, contexto social, crianza y desbalances químicos. Los científicos todavía no entienden bien sus orígenes, ni siquiera qué es lo que pasa en el cerebro de las personas que las sufren. Pero hay síntomas, alteraciones en nuestra calidad de vida.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoce que es un problema de salud pública que hay que atender. Las estadísticas asustan. Cito a la OMS: “En los países de ingresos bajos y medios, entre un 76 y un 85 por ciento de las personas con trastornos mentales graves no reciben tratamiento; la cifra es alta también en los países de ingresos elevados: entre un 35 y un 50 por ciento”. Y el silencio pesa en estas cifras. ¿Cómo atender enfermedades que ni siquiera nos permitimos denominar? Hay algo que me ha pasado ya varias veces. Conozco a alguien y saco el tema de mis antidepresivos. Lo tomo a la ligera. De nuevo, para normalizar. De pronto hay un contacto visual muy particular.

Es un reconocimiento, tal vez hasta un alivio. Porque en ese momento sí nos podemos abrir. Y hablamos sobre cómo nos sentimos. Y también sobre la manera como nos callamos.

Sobre el autor

Editor asistente y productor del podcast de crónica narrativa ‘Radio Ambulante’. Periodista graduado de la Universidad de Costa Rica. Tiene dos gatas.

LUIS FERNANDO VARGAS VEGA
PARA EL TIEMPO @LuisVarvega

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