Salud

Cómo alcanzar la alegría en la era de la inmediatez

Mientras el estrés activa emociones básicas ligadas a la supervivencia, la alegría se eclipsa.

felicidad

Según varios especialistas, la alegría requiere que nos sintamos unidos a las personas y al mundo que nos rodea. Y la madurez emocional se evidencia en la capacidad para crear la propia felicidad.

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Nadezhda Prokudina

06 de agosto 2018 , 08:01 p.m.

La alegría no tiene entidad física. No podemos tocarla. Es subjetiva. ¿Cómo escribir sobre ella sin reducirla a una idea? Hemingway tenía una receta: decía que para conjurar un sentimiento en la página había que describir los hechos que lo provocaron.

En un cuento célebre, Katherine Mansfield optó por narrar cómo se expresa. Así se ve la alegría en acción: “A pesar de que Bertha Young tenía 30 años, había momentos, como aquel, en que sentía vivos deseos de correr en vez de andar, de subir y bajar de la acera al pavimento con saltitos graciosos, de hacer rodar un aro, de arrojar algo por los aires y atraparlo de nuevo, o bien de quedarse quieta, riendo. De nada, sencillamente riéndose.

¿Qué se puede hacer cuando se tienen 30 años y, de pronto, al dar vuelta la esquina, llega la felicidad, la felicidad absoluta y total, como un golpe de viento, como un ramalazo, y es como haberse tragado un pedazo del radiante sol de la tarde que quema en el pecho e irradia una lluvia de chispas sobre cada partícula del cuerpo, cada dedo y cada uña?”.

Al cerebro no le importa que llegues feliz a la noche, sino que llegues vivo

La alegría es una emoción. Y la emoción es movimiento. Ambas palabras, ‘emoción’ y ‘movimiento’, provienen de la misma raíz latina, emotio. Mansfield parece haberlo intuido. Pero no solo eso: se las arregló para describir la sensación física que, según la ciencia, despierta la alegría. “A diferencia de lo que pasa con otras emociones básicas como el miedo o la tristeza, que se sienten principalmente en el pecho, la alegría, asociada a la felicidad, provoca sensaciones de activación en todo el cuerpo”, dice el neurocientífico Facundo Manes. En cada dedo y cada uña.

En esto, el hombre de las cavernas está más cerca de nosotros de lo que creemos. Las emociones nos acompañan desde los tiempos en que andábamos semidesnudos y con el as de bastos en la mano. Su función esencial es ayudarnos a hacer frente al entorno.

“Los humanos nacemos programados con una serie de emociones básicas y universales que nos empujan a buscar o evitar determinados estímulos y comportamientos. La única que no es neutra ni negativa es la alegría, una emoción positiva en la que queremos refugiarnos, pero no podemos. El subidón químico de la alegría se disuelve pronto, y nos vemos obligados a seguir buscándola”, dice la española Elsa Punset, licenciada en filosofía y letras y máster en humanidades de Oxford, quien hace poco presentó su libro 'Felices'.

La alegría es un bien escaso. Y a veces nos conformamos con sucedáneos, porque ella viene sin aviso. Es una realidad que ha cambiado desde los días de la prehistoria, pero que impone peligros análogos: ¿qué formas adopta? ¿Qué la produce? ¿Vive el mundo tiempos favorables para su aparición? ¿En qué medida se trata de un sentimiento que podemos convocar?

Volvamos a Bertha Young. ¿Qué pasa en su cuerpo mientras ella quiere saltar una y otra vez de la acera al pavimento, entre otras cosas, y siente que el sol entibia por dentro cada partícula de su persona? “La alegría libera dopamina, oxitocina y serotonina –describe Manes–. Y activa muchas regiones del cerebro, incluyendo algunas de la corteza prefrontal ventral y los ganglios basales, asociadas con sensaciones de placer, bienestar hedónico, motivación y procesamiento de recompensas”.

Un estado adictivo, pero difícil de conseguir. Esa descarga química puede ser desencadenada por hechos externos (alcanzar una meta, recibir una buena noticia, disfrutar de algo o alguien) o internos (ciertos pensamientos y recuerdos). Las otras emociones básicas precipitan acciones determinadas (ante el miedo, escapamos; en un rapto de ira, atacamos), pero la alegría provoca ganas de hacerlo todo a la vez.
No obstante ese derroche de actividad, una de las funciones de la alegría, explica Manes, es aumentar la energía disponible y atenuar el impacto de las emociones negativas, que consumen recursos del cuerpo. Una lucha desigual: ¿qué puede hacer una sola emoción contra muchas?

Cualquiera diría que el ser humano viene mal ‘seteado’, pero no es así, pues para ser tocado por la varita mágica de una alegría primero hay que existir, y eso no es gratis.

“Tenemos un cerebro programado para sobrevivir –señala Punset–. Al cerebro no le importa que llegues feliz a la noche, sino que llegues vivo. Un exceso de alegría no sería adaptativo: si no tuviéramos hambre o frío, no buscaríamos comida o cobijo; si no sintiéramos ira, no defenderíamos la justicia o a nuestros seres queridos; si no tuviéramos miedo, nos comerían los leones. Por eso el cerebro detecta, exagera y memoriza mejor lo negativo. Es teflón para lo positivo y velcro para lo negativo”.

Estado de ánimo

Es así, tenemos un sesgo negativo. Sin embargo, eso no nos condena a errar por mares de tristeza. Además de la alegría como emoción, explica Manes, existe la alegría como estado de ánimo, que se diferencia de la primera en el foco y la duración. Esta no se asocia a una causa aparente y puede durar más. Y elige a aquellos que tienen tendencia a ver el vaso medio lleno. “Aunque la emocionalidad positiva está ligada a factores genéticos en un 50 por ciento, aproximadamente, hay una parte importante que depende de factores que se pueden controlar con la intención”, agrega el neurocientífico.

Punset señala que solemos convivir con el sesgo negativo sin cuestionarlo, y eso afecta nuestra capacidad de sentir alegría. Dejado a sus propios medios, el cerebro genera más negatividad que positividad. Por eso, la felicidad requiere consciencia y trabajo de cada uno.

El comediante Roberto Moldavsky, que acaba de publicar Goy Friendly (Planeta), admite que el humor no es lo único que provoca alegría, pero afirma que no falla: “Hacer reír es una de las cosas más placenteras que hay. Y recibir la alegría que vuelve del otro lado. No conozco el concepto de felicidad como algo constante, pero trato de sumar todos los momentos de alegría posibles”.

Cuando termina la función, muchos le agradecen las risas después de una semana agobiante. Otros le han contado que un familiar enfermo se ríe desde la cama con sus videos o con las cartas que lee en la radio. “No les vas a cambiar la realidad, pero les regalas un rato de felicidad –comenta–. A pesar de todo, pueden reír. Se han encontrado comedias a medio escribir entre los papeles de los prisioneros del gueto de Varsovia, la antesala de la muerte. Había gente escribiendo textos humorísticos quizá en el último día de su vida. Fíjate hasta dónde puede llegar el humor y la necesidad que existe de encontrar ese refugio”.

“Tristeza não tem fin, felicidade sim”, escribió Vinicius de Moraes. “La felicidad es como una gota de rocío en el pétalo de una flor / Brilla tranquila / después, leve, oscila / y cae como una lágrima de amor”, dice A Felicidade, un himno de la bossa nova al que Tom Jobim puso música. Son versos dictados por la larga tradición de la samba, género que se afirma en la alquimia: de la pena hace brotar alegría. Al son de pandeiros y cavaquinhos, la tristeza y el llanto se transmutan en risa y movimiento. En melodía y ritmo.

Ese juego oscilante entre la pena y la dicha es el que Paulo César Pinheiro, uno de los mayores cultores del género, les reclama a las nuevas generaciones en una composición reciente: “Eu tenho saudade dos sambas de antigamente / Quando o samba deixaba uma vaga tristeza no peito da gente / Não era amargura, e nem desventura e nem sofrimento / Era uma nostalgia, era melancolia, era um bom sentimento / Nos dias de hoje o samba ficou diferente / Não tem mais dolência, mudou a cadência e o povo nem sente/ Sua melodia é uma falsa alegria que pasa com o vento/ Ninguêm percebeu, mas o samba perdeu sua voz de lamento”.

Pinheiro previene contra la falsa alegría, un mal de este tiempo. “En nuestra sociedad de consumo solemos confundir felicidad con placer –advierte Punset–. Los placeres como la comida, el sexo o las distracciones son una fuente fácil de felicidad, pero no son suficientes. El cerebro humano es mucho más complejo”.

¿Son malos tiempos para la alegría?

Vivimos tiempos apasionantes, porque estamos inmersos en una revolución tecnológica que disparó la generación y el acceso de conocimiento. Nunca hemos tenido esta capacidad para comunicarnos, colaborar y mejorar el mundo. Pero tampoco hemos tenido nunca tanta capacidad de hacer el bien como el mal.

Por eso son tiempos de urgencia, inestables, en que todo se cuestiona y cambia a una velocidad desconocida. Esto genera estrés y activa el cerebro humano, programado para sobrevivir. Es una de las razones por las que desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, aunque mejore notablemente nuestro confort, no mejoran los indicadores de felicidad y empeoran muchos indicadores de salud mental.

Necesitamos sentirnos unidos a las personas y al mundo que nos rodea

Cada vez más desconexión

Según Punset, la falta de conexión conspira contra la alegría: “No somos islas, y en este mundo tan acelerado vivimos en una cierta desconexión con uno mismo, con los demás, con el medioambiente. Necesitamos sentirnos unidos a las personas y al mundo que nos rodea. Al mismo tiempo, elegir experiencias, relaciones y aficiones que nos apasionen y dependan de nosotros. Aprender a crear tu propia felicidad sin esperar que venga de fuera es uno de los retos de la madurez emocional”.

Manes, que acaba de publicar 'El cerebro del futuro' junto con Mateo Niro, afirma que, según investigaciones en psicología positiva, el placer o los logros circunstanciales no son suficientes para afianzar el bienestar subjetivo. “Se necesita otro ingrediente: sentir que la vida tiene significado y vale la pena vivirla”.

En 1899, Hermann Hesse decía en un artículo que son muchos los que viven en un estado de apatía triste y sin amor. Y se lamentaba de que había que remontarse al Renacimiento si se quería encontrar una concepción de la vida como una cosa alegre, como una fiesta. “La alta estima en que se tiene al minuto, la prisa como primordial causa de nuestra forma de vida es el enemigo más peligroso de nuestra alegría”, escribió. Y, como si su mirada hubiera podido atravesar un siglo hasta nuestros días, agregó: “La consigna es ‘mucho y pronto’. De aquí resulta cada vez más diversión y cada vez menos alegría”.

Las más bellas alegrías son las que no cuestan nada, afirma en ese texto. E invita a contemplar la naturaleza y las calles para abarcar “la inagotable fiesta de la vida pequeña”. Lo importante, dice, es abrir los ojos: “Un pedazo de cielo, una tapia tapizada de verdes enredaderas, un buen caballo, un lindo perro, un grupo de niños, una bella cabeza de mujer; no nos dejemos robar todo esto”.

Quien lea 'Felicidad', el cuento de Katherine Mansfield, descubrirá que la alegría de Bertha Young era efímera. La alimentaba una expectativa y la hirió un desengaño. Así suelen ser las alegrías, intensas y frágiles. Como una pluma sostenida por el viento, según la canción de Vinicius. Aunque detrás de ellas haya un corazón perseverante.

HÉCTOR M. GUYOT 
LA NACIÓN (ARGENTINA)@LANACION

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