Salud

Orgasmos de plástico / Sexo con Esther

Un burdel en Turín puso muñecas a disposición de sus clientes para que tengan sexo pago con ellas.

Robots sexuales

Las compañeras plásticas simulan que tienen un corazón que late, piel que se sonroja y cara que gesticula.

Foto:

EFE / Archivo EL TIEMPO

Por: Esther Balac
13 de octubre 2018 , 10:55 p.m.

Leona, Syndy, Eva, Molly y Kate son los nombres de algunas de las muñecas que un burdel en Turín (Italia) puso a disposición de sus clientes para que tengan sexo pago con ellas.

Aunque suene extraño, lo cierto es que apenas 24 horas después de abierto, el lugar agotó sus cupos hasta finales del mes, al punto que ya tiene reservas hasta enero en medio de una avalancha de peticiones.

De acuerdo con sus propietarios, la idea es ofrecer a los clientes una experiencia “lúdico-sexual totalmente nueva” con muñecas termoplásticas de apariencia casi real, que hasta pueden personalizarse sin dejar de lado que también está disponible Alessandro, un muñeco con toda la dotación masculina.

Por 80 euros, los clientes pueden disponer sin restricciones por –media hora– de un ejemplar de, más o menos, 160 centímetros de estatura, esqueleto de metal articulado, flexibilidad que le permite adoptarse a cualquier postura y una suave textura superficial resistente a la humedad, sin dejar de lado que la posición inicial en la que se encuentra es la que el usuario defina.

También, al hacer dicha reserva, se puede escoger el color del pelo y la ropa, que va desde la lencería hasta la deportiva, con ajustes de acuerdo a las fantasías y al gusto del cliente. Y por un sobreprecio se pueden lograr diseños específicos con la figura deseada: una modelo, una actriz y hasta a la jefe. Y para que la experiencia tenga más carácter, las compañeras plásticas simulan que tienen un corazón que late, piel que se sonroja, cara que gesticula, pupilas que se dilatan y un departamento inferior que se contrae.

Aunque los excesos son parte del fuero de quien paga tienen límites. Por eso resulta obligatorio acogerse a un código de ética que exige “tratar” bien a los maniquíes, lo que se traduce en no deteriorarlas para que puedan ser usadas de nuevo, después de los rigurosos procesos de limpieza y desinfección a los que son sometidas.

Ahora, si llegado el caso el cliente queda tan complacido con su amante de hule, puede llevársela previo pago de cerca de 2.000 dólares, sin contar los “ajustes” y caprichos que determine.

Aclaro que no hago apología a este tipo de negocios: los describo, bajo la premisa de que la sexualidad humana tiene tantos matices, y este es otro que echa mano de la tecnología en un jugoso mercado que se nutre de la tontería. Pero, a decir verdad, prefiero que aquellos que no pueden expresar su sexualidad, de manera natural, se deslicen por estos inanes escenarios de silicona a que sus frustraciones, limitaciones y mojigatería los predispongan a realizar cosas peores que terminen por afectar personas de carne y hueso. Hasta luego.

ESTHER BALAC
Para EL TIEMPO
En Twitter: @SaludET

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