Salud

La maquinaria detrás de la gran industria de los opioides

Las muertes por el consumo de este tipo de narcóticos han aumentado como nunca en Estados Unidos.

Drogas en Estados Unidos

Cerca de 220 mil adictos murieron por sobredosis relacionadas con opioides de receta entre 1999 y 2017.

Foto:

John Moore / AFP

Por: Peter Singer - Project Syndicate
16 de febrero 2019 , 09:33 p.m.

En 2017, la expectativa de vida en Estados Unidos cayó por tercer año consecutivo. La caída se debe a un aumento de la tasa de mortalidad entre la población blanca de mediana edad que contrarresta la reducción de la mortalidad entre niños y ancianos. ¿Por qué están muriendo más estadounidenses blancos de mediana edad?

Los economistas Anne Case y Angus Deaton (ambos de la Universidad de Princeton) señalan la epidemia de opioides como un factor importante. Cifras de los Centros de Control y Prevención de Enfermedades de los Estados Unidos muestran que, entre 1999 y 2017, casi 218.000 personas murieron por sobredosis relacionadas con opioides de receta (esas muertes se quintuplicaron en ese período). Solo en 2017, las muertes por estos narcóticos alcanzaron niveles jamás vistos en Estados Unidos, según constató la ‘Evaluación nacional de amenazas de drogas’, publicada por la Administración para el Control de Drogas estadounidense (DEA). Se registraron más de 72.000 fallecidos en todo el país.

El principal responsable de este abuso catastrófico de estos opioides de receta es el fármaco OxyContin, producido por Purdue Pharma LP, cuya venta ha reportado a la empresa más de 31.000 millones de dólares. La posición dominante del OxyContin en el campo de los opioides de receta no se debe a ninguna ventaja inherente (en varios ensayos cuidadosamente controlados se determinó que no tiene ninguna), sino a la agresiva estrategia de comercialización de Purdue, iniciada por Arthur Sackler.

Purdue es una empresa privada que volvió inmensamente ricos a Sackler, sus hermanos Mortimer y Raymond, y sus descendientes. Arthur Sackler murió en 1987, ocho años antes del lanzamiento de OxyContin, pero sentó las bases para el éxito de este fármaco al instituir una estrategia de ventas basada en invitar a los médicos a asistir a congresos en atractivos lugares en Florida, Arizona y California, con todos los gastos pagos. Purdue también les pagaba por dar charlas. Los representantes de ventas recibían jugosas compensaciones según la cantidad de fármacos de la firma recetados por los médicos que visitaran (se estima que los vendedores particularmente hábiles llegaban a ganar más de 200.000 dólares en premios).

El papel de Purdue en la promoción de la epidemia de opioides atrajo la atención de las autoridades federales. En 2007, la empresa y tres ejecutivos se declararon culpables de prácticas de comercialización fraudulentas en relación con el OxyContin, y aceptaron pagar 634 millones de dólares en multas. Pero hasta hace poco, la familia Sackler había eludido bastante bien las críticas por la conducta de su empresa. Eso cambió el mes pasado, cuando el estado de Massachusetts entabló una demanda contra la empresa y contra 16 ejecutivos y miembros de la familia, incluido Richard Sackler, sobrino de Arthur. Por su parte, la ciudad de Nueva York y otros gobiernos municipales también han incluido a miembros de la familia Sackler en demandas multimillonarias por daños y perjuicios contra Purdue.

Entre 1999 y 2017, casi 218.000 personas murieron por sobredosis relacionadas con opioides de receta

En su demanda, el estado de Massachusetts afirma que miembros de la familia Sackler siguieron promoviendo la venta del fármaco mucho después de saber que era peligroso y adictivo. La respuesta de la empresa fue intentar redirigir la culpa. En 2001, Richard Sackler (entonces presidente de Purdue) escribió en un ‘e-mail’ que la empresa debía machacar con que la culpa era de los abusadores del fármaco, un comentario que, en opinión de Joanne Peterson, directora de una red de apoyo para familias de abusadores de drogas, muestra un “desprecio descarado por la vida humana”.

‘Tapar’ los abusos

Los Sackler han dedicado gran parte de su riqueza al apoyo del arte. Sus nombres aparecen en galerías, alas y otros espacios en muchos museos relevantes, entre ellos el Metropolitan y el Guggenheim de Nueva York, el Smithsonian (Washington), el Louvre (París) y la Real Academia de las Artes y el Tate, de Londres. También hay escuelas, institutos, bibliotecas o centros Sackler en diversas universidades de renombre (Tufts, Oxford, Cambridge, Columbia, Tel Aviv, etcétera) y una cátedra Sackler en la Universidad de Princeton (donde yo enseño, por cierto).

La caída en desgracia de la familia Sackler plantea importantes cuestiones éticas a muchas instituciones prestigiosas. Es imposible devolver donaciones que se hicieron hace décadas y se usaron para construir nuevas galerías o alas de edificios. Pero, ahora, muchas instituciones se niegan a aceptar dinero de la industria del tabaco, y no mantendrían el nombre de una tabacalera o de su principal propietario en uno de sus edificios.

Nan Goldin, una fotógrafa cuyos trabajos se han exhibido en el Metropolitan Museum of Art y en el Museo Sackler de la Universidad de Harvard, es una adicta a los opioides en recuperación. Considera que la presencia del nombre Sackler en una institución la vuelve culpable, y recientemente organizó una protesta en el Ala Sackler del Metropolitan. Maureen Kelleher, una artista cuyo trabajo se exhibió en un sitio web perteneciente al Centro de Arte Feminista Elizabeth A. Sackler del Museo de Brooklyn, tras leer una nota de Patrick Radden Keefe en la revista ‘New Yorker’ titulada ‘La familia que construyó un imperio con el dolor’, pidió que su trabajo se quitara del sitio (Elizabeth Sackler es la hija de Arthur).

Hace más de un año, el ‘New York Times’ encuestó a 21 organizaciones culturales que recibieron sumas importantes de fundaciones supervisadas por Mortimer y Raymond Sackler (dueños de Purdue al momento del lanzamiento del OxyContin). Ninguna indicó que fuera a devolver donaciones o rechazar otras que se hicieran en el futuro.

Pero las pruebas públicamente disponibles de cómo los Sackler promovieron la venta de OxyContin son mucho más inculpatorias ahora que hace un año. ¿Realmente hay alguna institución que quiera exhibir los nombres de personas cuya inescrupulosa búsqueda de ganancia personal provocó tanto sufrimiento a la sociedad estadounidense?

Que la sección del Metropolitan Museum of Art que alberga el espectacular Templo de Dendur se siga llamando Arthur Sackler no es del todo objetable. Sus técnicas de comercialización infringieron normas éticas en cuanto a lo que pueden hacer las empresas farmacéuticas para conseguir que los médicos receten sus productos, pero el verdadero daño se hizo cuando esas técnicas se aplicaron a una droga sumamente adictiva como OxyContin. En aquel momento, Arthur ya había muerto, y sus herederos habían vendido su participación en Purdue. De modo que Elizabeth Sackler tampoco es responsable por lo que sucedió después.

Pero la cuestión de si está bien que una organización sin fines de lucro acepte donaciones de miembros de la familia Sackler que, de hecho, se enriquecieron con la venta de una droga que convirtió en adictos a cientos de miles de sus usuarios es una pregunta distinta a la de si una institución debería llevar sus nombres. Aquellos miembros de la familia deberían pedir disculpas a las víctimas y a las familias de quienes murieron, y comprometerse a usar sus fortunas, no para promover el arte, sino para reducir el sufrimiento; de ser posible, en una escala idéntica a la del sufrimiento que provocaron mientras acumulaban su riqueza y trataban de limpiar su buen nombre. Eso implica hacer donaciones a organizaciones sin fines de lucro que sean máximamente eficaces en la reducción del sufrimiento, en cualquier parte del mundo.

En ese caso, sí se justifica que los receptores acepten el dinero de la familia Sackler. Solo para ese fin.

Sus técnicas de comercialización infringieron normas éticas en cuanto a lo que pueden hacer las empresas farmacéuticas para conseguir que los médicos receten sus productos

¿Qué son los opioides?

Según los define la Organización Mundial de la Salud (OMS), se trata de sustancias psicoactivas derivadas de la adormidera o sus análogos sintéticos. La morfina, la oxicodona, la metadona y la heroína se incluyen dentro de este apartado. Se estima que en el mundo mueren cada año 69.000 personas por sobredosis de estas sustancias. Dice la OMS que 15 millones de personas a nivel mundial son adictas en la actualidad a los opioides, muchos de ellos sujetos a prescripción médica.

PETER SINGER*
© Project Syndicate
Melbourne

* Peter Singer es profesor de Bioética en la Universidad de Princeton, Estados Unidos; profesor laureado en la Universidad de Melbourne, Australia, y fundador de la organización sin fines de lucro The Life You Can Save. Es autor de libros como ‘Practical Ethics’, ‘One World Now’ y ‘The Most Good You Can’.

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