Salud

Así es la vida con un ojo ciego y una carretera a oscuras

El escritor español José M. Campos relata cómo fue perdiendo la visión en el ojo derecho.

José M. Campos

A José M. Campos no le han dado un diagnóstico: solo le dijeron que tenía una falla en el nervio óptico.

Foto:

Archivo particular

08 de agosto 2018 , 07:19 p.m.

Tal cual.

Yo estaba sentado en el sofá y me di cuenta de que todo lo rojo, todo lo encarnado que había a mi alrededor había tomado una tonalidad desteñida y anaranjada.

Pasé un rato haciendo pruebas, guiñando un ojo y el otro, echándome agua en la cara y volviendo a fijar la vista sobre las cortinas de nuestro salón, que eran rojas.

Y entonces le dije a Nora: creo que no veo bien.

Nos fuimos cagando leches al hospital. Allí me atendió un oftalmólogo que me hizo un montón de cosas de oftalmólogo: pedirme que leyera letras cada vez más diminutas, observar mis ojos a través de una máquina, echarme gotitas, pasear un bolígrafo delante de mi cara y pedirme que lo siguiera con la vista.

Al cabo del rato llegó un neurólogo y, siguiendo un poco con el natural devenir de las cosas, me hizo varias putadillas de neurólogo. Cierra los ojos y llévate el dedo índice a la nariz, me decía. O bien: ¿sabrías decirme cómo te llamas y en que año estamos?

Otra cosa que me llamó bastante la atención es que me pidió que caminara varias veces con los brazos en cruz y los pies muy rectos, sobre una línea imaginaria.

Porque es que precisamente en eso se convirtió mi vida a partir de aquel momento: un continuo caminar a ciegas (perdón) sobre una línea recta que dividía en dos mi imaginación.

A un lado estaba escapar de aquella incipiente pesadilla.

Y al otro, bueno, sabe Dios qué habría al otro lado.

Aunque da igual: corren tiempos de secularización y de eso se encargó una internista del Gregorio Marañón. En síntesis: mi nervio óptico estaba fatalmente dañado y podía recuperarse o no.

Nadie podía aventurarlo: sólo el tiempo lo diría.

Pero la movida era que, tanto en un caso como en otro, mi problema podía constituir el primer síntoma de un montón de enfermedades neurológicas. Algunas de ellas raras. Casi todas incurables. La mayor parte profundamente discapacitantes. Con el tiempo —me explicaron— podía quedarme en una silla de ruedas.

O quizá completamente ciego.

—¿Y sordo? —pregunté.

—No, sordo no —contestó el tipo como con un halo de esperanza.

—Gracias —creo que dije.

Pero en algunos pocos casos —el internista remarcó con benevolencia el término pocos— el pronóstico a largo plazo podría ser mortal.

Y así fue como terminó aquella noche en el hospital. Nora y yo atravesamos la puerta y nos quedamos un rato en un pequeño jardín que había junto al aparcamiento. Nos abrazamos. Nos liamos un cigarro. Hicimos alguna coña, tratamos de quitarle hierro al asunto.

Al poco me dijo: a ver, guiña el ojo bueno y dime cómo me ves.

Hice lo que me pidió.

Entonces rompí a llorar como un niño.

Lloré tan fuerte que grité.

***

José M. Campos

José estudió comunicación audiovisual y hoy escribe narrativa. Hoy solo puede ver por su ojo izquierdo.

Foto:

Archivo particular

A las seis semanas ya había perdido completamente la visión del ojo derecho. No volvería jamás. Y empecé a perder también la cabeza, me hundí profundamente en la más absoluta mierda. Un estado de permanente agitación se apoderó de mí y eliminó todo pensamiento o actividad que no estuviera directamente relacionado con lo que sucedía. Seguían haciéndome pruebas y clavándome agujas. Me volví un obsesivo experto en la patología del nervio óptico: leí decenas, cientos de artículos científicos porque no recibí un diagnóstico. Mi día a día se convirtió en un suplicio de proporciones épicas. Rompía a llorar por las esquinas o cuando mi madre me llamaba para preguntarme, con voz suave pero temblorosa, cómo me encontraba.

Una mañana, tras hacer la enésima prueba en el baño y comprobar que a través de mi ojo derecho tan solo era capaz de contemplar una enorme mancha grisácea, le pegué un puñetazo al espejo y el lavabo acabó inundado de sangre.

Al poco tiempo, perdí también mi trabajo. No sé ni cómo se enteraron de que estaba enfermo, porque la verdad es que no se lo contaba a nadie: me sentía demasiado culpable.

Desconozco por qué suerte de perverso proceso mental podía sentirme así por algo tan arbitrario. Trataba de mirar en vano a través de mi ojo ciego y me sentía violado, horadado, mutilado; como si una mano invisible hubiera surgido de la nada para arrancarme furiosamente algo precioso, íntimo, que era mío y no podía ser de ningún otro. Siempre me fue difícil explicar esto. Y por todo ello me sentía culpable.

Lo que me jodía no era la posibilidad de estar enfermo. Quiero decir: más enfermo aún. No, no se trataba de eso. Mi desesperación estaba hecha de pura incertidumbre. Toda esa jerga médica, ese rosario de vaguedades –“existe una posibilidad”, “no podría asegurar”, “esperaremos”– estaba clavada como un cuchillo en lo más hondo de mi cerebro. Quería, deseaba, necesitaba saber qué me iba a ocurrir, de qué forma podía evolucionar todo aquello. Y sabía que no había forma humana de averiguarlo. Pero aún así me resistía a aceptarlo. Y eso era lo que me mataba.

Un buen día, Nora se presentó en el salón en bragas, sujetador y una toalla a modo de turbante en la cabeza:

–Escucha –dijo– con atención porque no voy a repetírtelo: no aguanto más.

–¿Es que no piensas salir nunca de esta postración? Te pasas todo el día delante del ordenador. No paro de llevarte una y otra vez al médico, bailo todo el día a tu son. Yo y todos los que te rodean. Lo que te ha pasado es una desgracia. Pero ya está: no le busques más explicación. Si todos esos médicos no saben qué coño te pasa, ¿cómo piensas descubrirlo tú?

Lo peor es que tenía razón. ¿Pero cómo podía reconocer que no había nada que entender? Era toda una derrota: la negación no solo de toda explicación posible, sino también de cualquier sentido que pudiera otorgarle a esta historia. No sé: uno mira las películas y, cuando el protagonista ya ha tocado fondo, acaba encontrando algo a lo que aferrarse –aunque sea un frágil recuerdo– justo antes de que el pelotón de fusilamiento apriete el gatillo.

Pero yo no tenía nada. Ni un sentido, ni una catarsis, ni una moraleja. Tan solo un ojo completamente ciego y, frente a mí, una carretera a oscuras camino a ninguna parte. Entonces Nora se deshizo el turbante y me dijo: ven.

Aquella tarde hicimos de nuevo el amor.

–Mira –dijo–. Si te mueres, no puedo hacer nada. En cambio, si toda esa movida neurológica avanza, prometo llevarte a todos los programas de televisión necesarios para pedir tu muerte digna. Y si algún día tienes la desgracia de quedarte ciego –apretó mis manos contra sus pezones–, siempre podrás apoyarte aquí. Aquí, dijo. Aquí.

–Has cubierto todo el abanico patológico, dije.

–Sí –contestó–. Pero quiero pedirte algo más.

–¿Qué?

–Fóllame otra vez.

***

Alguna vez me han preguntado cómo se ve la vida a través de un solo ojo. Yo siempre digo que, en fin, pueden ponerse un parche en el que más rabia les dé y probar a pasar así diez años.

Pero si preferís evitaros la incomodidad, os diré que se ve más o menos igual: a veces bien, a veces mal. Ahora con la incertidumbre social y la hecatombe del sistema de vida occidental, fatal. Pero puedo observar los colores y las formas como cualquier otra persona. También los árboles, los tejados y las nubes.

Y el rostro de mi hija cada mañana.

Lo único es que a veces no atino a meter la llave en la cerradura.

Nah, problemillas de perspectiva: al fin y al cabo, todo lo veo en un mismo plano, al estilo de los lienzos prerrafaelistas.

Lo más difícil es asimilar que cualquier día me puede dar otro arrechucho inexplicable y terminar de joderme vida para siempre.

Aunque lo cierto es que también tiene aspectos positivos: me siento más fuerte, más valiente, más honesto con los demás y conmigo mismo.

Y bueno, también comprendí algo más: que me voy a morir. Puede que dentro de diez años. Puede que pasado mañana. Pero que si en algo quería emplear esta oportunidad que me ha sido otorgada, sería en hacer volar toda mi vida previa en mil pedazos y escribir un libro.

A veces, incluso me entusiasmo un poco y le digo a Nora que quedarme tuerto es lo mejor que me ha sucedido jamás. Y que pasar por una imprevisible y cruel pesadilla neurológica es algo que, de corazón, le recomiendo a todo el mundo. Entonces ella bromea y responde que, quizá, a la mayoría de la personas les basta con un curso de coaching.

Y puede que de nuevo tenga razón.

Bah: qué perra vida.

Sobre el autor

José M. Campos (Madrid, 1979) es escritor, editor y profesor de escritura creativa. Su primer libro, Lo que yo quería deciros (2014) ha sido reeditado recientemente con motivo de la publicación de su primera novela corta, que lleva por título Crisis (2018).

Estudió Comunicación Audiovisual porque, entre otros amores, adora el cine. Pero cuando se dio cuenta del lío que hay que armar para rodar una película, decidió dedicarse a escribir narrativa, actividad que, en cambio, puede realizar cómodamente en casa en calzoncillos. Es padre de una niña. Procura vivir siempre enamorado.

JOSÉ M: CAMPOS
Para EL TIEMPO @cronopio1979

Esta historia hace parte de las #ExperienciasSaludables que todas las semanas publica la sección Vida de EL TIEMPO. Si conoce testimonios que merezcan la pena ser contados puede enviarlos a ronsua@eltiempo.com y josmoj@eltiempo.com.

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