Salud

A médicos y clínicas no les pagan, pero sí les cobran...

¿Nuestro sistema de salud es viable o el día menos pensado se va a derrumbar, cayéndonos encima?

Hospital San Jerónimo

El hospital público de San Jerónimo, en Montería, fue convertido en fortín político por el gobernador de turno.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

05 de febrero 2018 , 07:54 p.m.

Ahora que estamos estrenando año; ahora que tenemos la mente fresca y el ánimo dispuesto; ahora que los muchachos están regresando al colegio y la casa vuelve a quedarse en silencio, ahora es la hora de hacernos con franqueza una pregunta a la que los colombianos le estamos sacando el cuerpo porque nos aterra la respuesta sincera y nos agobia el pánico.

Esa pregunta es esta: ¿nuestro sistema de salud es viable así como está o se va a derrumbar el día menos pensado, cayéndonos encima? Eso es lo que estamos viendo diariamente en medio de tantos escándalos, saqueos, despilfarros e incumplimientos. Los pacientes se arremolinan en los hospitales o tienen que esperar dos meses, haciendo fila, para que las empresas de salud les autoricen una cita con el médico.
Ya dije alguna vez, en estas páginas, que cada mañana me despierto sudoroso y angustiado pesando que hoy es el día en que amanecerán cerrados los hospitales. Pues, con el perdón de ustedes, aquí estoy una vez más con mi sonsonete, aunque me vuelva cansón y necio, porque esa es mi obligación como periodista, así sea contra la voluntad de ustedes mismos. El otro día me invitaron a almorzar en una finca. Llegó un señor que se gana la vida con la compraventa de ganado y, cuando me lo presentaron, me tendió la mano y dijo:

–El periodismo es la última defensa que le queda al pueblo.
De modo que aquí estoy de nuevo con mi retintín, tratando de cumplir con el deber, a riesgo de que me llamen cantaletero. Busco y rebusco por todas partes, hablo con los entendidos, con los que saben de eso, con los que conocen el tema porque investigan seriamente.

Los que no pagan

Para que nos vayamos entendiendo, déjenme recordarles que en Colombia existen las Instituciones Prestadoras de Salud, como clínicas, hospitales, laboratorios para hacer exámenes y empresas que toman radiografías. Las EPS (Entidades Promotoras de Salud) les pagan a esas IPS para que atiendan a sus usuarios y afiliados. O deberían pagarles, mejor dicho, porque ahí es donde tuerce la puerca el rabo.

La verdad verdadera –como dice sabiamente el pueblo– es que, según las normas legales, las EPS deben pagar en un plazo máximo de dos meses sus deudas con los prestadores de servicios, pero, en la realidad, casi todas se están demorando más de un año. Peor aún, algunas EPS que han sido liquidadas, como Saludcoop y Cafesalud, no les pagaron nunca.

Las cifras jamás coinciden. Hace siete meses, las clínicas y hospitales informaron que las EPS les adeudaban 8,2 billones de pesos. Pero la Superintendencia de Salud dijo que eran 5,8 billones. Oh, confusión; oh, caos. Los únicos que salen ganando con eso son los que pescan en río revuelto. Y bucean, además.

Las primeras víctimas

Lo más injusto de todo es que el propio Estado obliga a las IPS a seguir prestando servicios sin argumentar que no les pagan. De manera que cada mes tienen que endeudarse más para cubrir la nómina o para comprar insumos.

Conozco el caso, en Bogotá, de una pequeña y admirable institución con pocos recursos que se dedica a atender la salud de niños recién nacidos, de familias pobres, hasta que cumplen un año. Pues sepan ustedes que, en este momento, una sola EPS les está debiendo más de 500 millones de pesos desde hace más de un año.

La conclusión que uno saca es terrible: el Estado tolera con plazos infinitos que las EPS no entreguen el dinero que sus afiliados pagan para eso, mientras que las entidades que prestan el servicio se quiebran económicamente. Y los más humildes terminan pagando las culpas, como el chofer de la ambulancia.

Los más pequeños

La dolorosa realidad indica que, como es natural, las primeras víctimas, y las peores, son las clínicas e instituciones más pequeñas, que están empezando a cerrarse en diferentes regiones del país.

Cuando ya no aguantan más, la pequeña clínica del barrio, o el modesto laboratorio para hacer exámenes de sangre, se ven forzados a despedir funcionarios para reducir sus gastos, y ahí es donde baja la calidad del servicio, los pacientes protestan, los bancos hacen embargos, los proveedores no fían más por falta de pago… y viene la Superintendencia Nacional de Salud y sanciona a la clínica por hacer eso. Monstruoso.

A ello se debe que, según dice un amigo bogotano, cuya familia es oriunda del Turquistán, las clínicas en Colombia tengan ahora más abogados que médicos: porque se la pasan litigando para que les paguen. Y lo más indignante es que buena parte de los colombianos, que son las víctimas, miran esta corruptela como si fuera la cosa más normal del mundo.

Yo fui uno de los dirigentes de la protesta. Y me echaron.

El hospital de Montería

Los casos se están multiplicando por todos los rincones del país, desde las grandes capitales hasta las poblaciones intermedias. Así, andando por aquí y por allá, me tropecé con uno de los casos más patéticos de Colombia: lo que pasa en el hospital público de San Jerónimo, en Montería.

El hospital es administrado por la Gobernación de Córdoba, que lo convirtió en un fortín político del gobernador de turno, es decir, de los mismos que saquearon los presupuestos para enfermos de hemofilia y la comida de los escolares más pobres y, según se acaba de informar, los mismos que también se robaron los dineros reservados para atender a los afectados por el sida.

Hace unas cuantas semanas fueron despedidos más de treinta médicos que prestaban sus servicios a ese hospital.
Averiguo qué fue lo que pasó. Logro conversar, entre otros, con el cirujano Jorge Ordosgoitia Santana.

–Lo que ocurrió –me dice él– fue que los médicos resolvimos no seguir mirando más para otro lado ante los desafueros que se vienen cometiendo en el manejo administrativo del hospital. Yo fui uno de los dirigentes de la protesta. Y me echaron.

Sin salario y despedidos

La cruda realidad es que el hospital se fue quedando sin los más simples elementos para atender a los enfermos, como gasas o hilo de sutura, alcohol y algodón. Ese era el drama de un hospital que cubre todo el territorio de Córdoba, gran parte de Sucre, regiones de Bolívar y hasta de Urabá. Para que vayan viendo.

Como si fuera poco, a médicos y demás empleados les estaban debiendo siete meses de sueldo. Les pagaron dos y empezó el viacrucis por los otros cinco.

–Fue entonces cuando resolvieron –añade el doctor Ordosgoitia– que la solución consistía en despedirnos. Como si con eso se le pudiera dar al paciente una atención oportuna y eficaz. Pero no vamos a guardar silencio.

El doctor se detiene. Y luego, con un dejo de desaliento en la voz, me dice:
–El hospital San Jerónimo está agonizando.

Otro médico, también de Montería, me escribe:
–Lo que pasa en el hospital es lamentable, pero es peor la indolencia de la gente.

La corrupción y los colombianos

Uno de los médicos despedidos en Montería, que me pide reservar su nombre, dice que “nos pasaron la factura de cobro y primero echaron a un grupo, pero luego, a varios más, les cambiaron los contratos, desmejorándoles las condiciones laborales para forzarlos a renunciar. Fuimos 31 en total”.

El doctor Jairo Humberto Restrepo Zea, integrante del Grupo de Economía de la Salud (GES), adscrito a la Facultad de Economía de la Universidad de Antioquia, y que se dedica a estudiar estos problemas como un apostolado, me explica que en Colombia hay más de diez mil IPS, entidades que prestan servicios de salud.

–La gran mayoría de ellas son pequeñas –me dice–. Prestan servicios básicos. Cuando una de ellas se cierra porque las EPS no les pagan, el caso pasa inadvertido, y ni siquiera figura en los medios de comunicación, al contrario de lo que ocurre con las IPS grandes.

Después de múltiples investigaciones sobre lo que está pasando en el sistema de salud, el doctor Restrepo Zea y sus compañeros llegaron a una conclusión triste pero verídica: “La corrupción hace parte ya de la cultura de los colombianos”.

Los patacones más caros del mundo

A propósito de lo que está pasando en el departamento de Córdoba, donde estalla un escándalo diario, y a propósito de lo que ha sucedido en el hospital de Montería, me escribe un amigo entrañable desde esa capital.

“Todo lo que denuncias en tus crónicas”, dice él, “aquí en tu tierra se da silvestre y en abundancia. Aquí se robaron el presupuesto para los enfermos de hemofilia, el de las cajas de dientes para los pobres, el de las víctimas del sida. Aquí, en tu amada región, con el dinero público pagaron 248 millones a unos insignes profesores que enseñaron a la gente a hacer patacones”.

Y luego, adolorido y airado, remata su carta:

“Lo peor es que siguen votando por los mismos que hicieron todo eso. Y, más grave aún, la gente de bien y los gremios de la producción guardan un penoso silencio. No falta sino que aplaudan”.

Epílogo

Me llegan varios videos por las redes sociales. Fueron tomados en tierras de Córdoba. Muestran el inicio de algunas corralejas en diferentes poblaciones. Los borrachos se enfrentan al toro cebú. La multitud corre a protegerse. Suena un porro de la banda de músicos.

Se aprecia claramente que los palcos están llenos de grandes carteles con propaganda, pero no son avisos de fábricas, almacenes o negocios diversos. Es publicidad política de candidatos al Senado –algunos de los cuales están en la cárcel– y de candidatos presidenciales. La gente los aplaude porque regalaron una tarde de toros.

Sigamos así, sigamos. Nerón vuelve a tocar el arpa mientras Roma arde…

JUAN GOSSAÍN
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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