Mujeres

Así sobreviví a una bala perdida que disparó un policía

Soy Sara Zapata y un disparo que iba dirigido a dos ladrones partió mi vida en dos.

Cómo salí de

Sara Zapata, la joven que sobrevivió a una bala perdida que disparó un policía en Medellín.

Foto:

Javier Nieto/ El Tiempo

Por: Sara Zapata*
04 de diciembre 2018 , 08:36 a.m.

Aquí voy, una vez más. Mi nombre es Sara Cano Zapata, pero por razones familiares prefiero que me llamen Sara Zapata. El 26 de mayo de 2014 le hice caso a un mensaje que me envió la Universidad Pontificia Bolivariana. Un mensaje que me recordaba que tenía una entrevista de admisión para el programa de Estudios Literarios.

Me puse los pantalones que había estado usando desde hacía dos días, una camiseta negra sin mangas, unas botas para montaña, agarré mi bicicleta -siempre iba en ella- y salí sin más pretensiones que intentarlo. 

Llegué a la universidad y sentí que en ese momento todo el mundo me miraba de arriba abajo. Obvio eso no es cierto, solo eran pensamientos de una pelirroja perdida en medio de un campus que veía como un sueño.

La entrevista fue rápida y terminó con un: “bienvenida al programa de Estudios Literarios”. Una parte de mí se negaba a creerlo, pero se sentía muy feliz, y la otra parte pensaba en que ahora debía estudiar y trabajar al mismo tiempo, o sea que se me venía un camino cuesta arriba, solo que no me imaginaba cuán difícil sería. Sin embargo, la felicidad ganaba, por esos tiempos, siempre lo hacía.

Al día siguiente de la gran entrevista; es decir, el 27 de mayo, volví a montar mi bicicleta rumbo a la Villa de Aburrá. Iba tarde, mucho, tenía que “volar”; puse música en un mp3 que me había prestado un amigo. Sentía cómo el viento secaba mi cabello rojo. No sabía que ese día toda mi cara también se cubriría de ese color gracias a un uniformado de verde que disparó su arma de dotación.

Abrir y cerrar los ojos

Caí al suelo, no supe en qué momento ocurrió. Unas voces distorsionadas me decían que no me moviera, yo respondía casi sin fuerza que debía ir a trabajar, que iba tarde. Todo se hizo oscuro. Cuando volví a abrir los ojos estaba en el regazo de un policía que sostenía mi cabeza; me preguntó por un número de contacto, le di el de mi mamá y el número de teléfono del lugar donde trabajaba, un restaurante vegetariano. No supe más.

Mis ojos se volvieron a abrir, esta vez frente a una luz blanca, vi a tres mujeres a mi alrededor: a mi mamá llorando, a mi mejor amiga y a mi prima María Isabel, quien ponía cerca la canción que según yo relata mi vida “me busco en la memoria un rincón, donde perdí la razón”.

No tengo claros los lapsos que separan un momento del otro. La siguiente vez que estuve más lúcida, estaba dentro de un quirófano
, una persona me preguntó cómo me sentía, sé que respondí que bien, pero no sé cuán cierto era. Yo todavía no sabía qué era lo que realmente me había pasado. No sabía que había recibido un disparo en la cabeza, ni de días o tratamientos.

Transcurrieron cerca de dos semanas, descartando sucesos, recibiendo visitas en una sala de cuidados intensivos del Hospital San Vicente de Paul, donde había nacido un 13 de febrero del 1995 a las 4:35 p. m., y en donde luego, en 2014, lo hice de nuevo.

¿Realmente qué sucedió?

Tenía 19 años cuando mi vida se partió en dos. Iba camino al restaurante en donde trabajaba de mesera cuando la bala entró en mi cabeza. Era solo una joven que corría hacia su trabajo con el afán de no perderlo tras la reciente ilusión de ingresar a la universidad. Por coincidencias, ese mismo día, cerca del lugar por el que transitaba, un grupo de policías armó un retén para capturar a unos ladrones que se habían robado una motocicleta, los implicados se volaron la señal de alto, entonces uno de los policías disparó y la bala llegó hasta mí.

Los días en el hospital eran eternos. Una tarde recibí la visita de tres doctores, dos de ellos se veían mayores, el otro era joven. Sus ojos reflejaban tristeza, incomodidad, un no sé qué que yo me esforzaba por descifrar. Ese doctor joven me dio el dictamen médico: “Es probable que no puedas volver a caminar”.

Miré a mí mamá y luego fijé los ojos sobre mis piernas, pensé, una vida sin correr, ni saltar, sin montar en bicicleta. Tenía 19 años, ¿y mi juventud? Todavía me faltaba mucho por vivir, por descubrir, con esa noticia sentía que se había derrumbado más de la mitad de lo que creía. Mis ojos se convirtieron en lagunas.

Me preguntaba por mi sueño de viajar con mis amigos en bici por el país, incluso por esas ganas de llegar en ella hasta el extranjero. Todas las preguntas en mi cabeza aparecían como ráfagas, una detrás de otra. A mí lado tenía a mi mamá con palabras de ánimo. De mí solo salían sollozos, sollozos asfixiantes.

Entre hospitales

Estando un poco mejor y tras un buen proceso de recuperación y aceptación –creía yo- me dieron de alta.

Mi mamá y mi familia son de Ebéjico, un municipio de Antioquia. Hacía casi un año me había mudado sola a Medellín para trabajar y cumplir mi deseo de estudiar. Así que tras salir del hospital, mi prima Laura nos ofreció quedarnos en su apartamento mientras me recuperaba y mi familia lograba organizar la casa en el pueblo para mi estadía.

Esa primera noche la recuerdo en medio de sudor, dolor y angustia. Me devolvieron al día siguiente al hospital, pues tenía meningitis. Fui llevada a una habitación donde mis días transcurrieron entre medicamentos
, visitas de personas que ni me imaginaba, pero que de algún modo iban fortaleciendo mi voluntad de no ahogarme en mi tristeza.

Tras una semana más en el hospital, regresé a casa de mi prima.

Aún no se por qué sobreviví, de momento seguiré en la búsqueda de ese propósito

La hora de la verdad

Ahí, los días transcurrían entre pedirles ayuda para voltearme un poco en la cama, ver a mi mamá contestar el teléfono numerosas veces, escucharla hablar con muchos abogados, en fin. Pero yo solo quería leer, mi pasión desde siempre. Mi prima me prestó una novela negra de Stieg Larsson.

Las lágrimas humedecieron muchas de esas páginas al darme cuenta que no era capaz de leer. Tampoco era capaz de escribir, ni sumar, ni restar, mucho menos multiplicar o dividir. En ese momento confirmé que sí, forzosamente habían reiniciado mi cuerpo, mis costumbres, mis habilidades. ¡Debía aprender a hacer todo de nuevo!

Hubo días en los que pensaba que no podía seguir así, no aguantaba la situación y mucho menos a mí misma; así que comencé a concentrarme en mi cuerpo, en cada dedo, pierna, pie, brazo. ¡Todo, hasta el último rincón!. Me llené de valentía, si era mi cuerpo, podía mover lo que quisiera -me obligaba a pensar- y así fue como logré accionar mis piernas y mis tobillos, como pude gatear.

Entre ejercicios físicos y mentales me la pasé varios días hasta que una mañana llamé a mi mamá muy emocionada, llorando, sin poder ni querer contenerme, ¡Madre estoy caminando! El equilibro fallaba mucho, de hecho, todavía falla en ocasiones, pero ese instante, esos minutos, han sido los más inefables de mi vida.

Tres meses después, regresé a Ebéjico, cerca de la otra parte de mi familia, cerca de mis perritos y gatos, y ahí empecé a sentir depresión; lloraba incansablemente, pensaba que mi vida estaba en Medellín, donde era independiente, donde estaba la vida que había construido yo. No quería separarme de ella.

En la finquita, para no llorar, meditaba, leía, hacía mis terapias físicas y cognitivas. En las físicas la pasaba bien, pues ya había recuperado muchas de mis capacidades motoras, pero en las cognitivas era lo contrario, podía demorarme hasta una hora armando un rompecabezas de diez piezas.

Sara Zapata

Sara Zapata, la joven que sobrevivió a una bala perdida que disparó un policía en Medellín.

Foto:

Jaiver Nieto / EL TIEMPO

Construir una nueva vida

Diez meses después del accidente, decidí volver a Medellín. Para el segundo semestre del 2015, fui a la universidad a presentar de nuevo mi entrevista de admisión. Estando allá supe que me habían guardado el cupo tras enterarse de mi accidente.

Por esa época me reconocía un poco más como Sara, ya que vivía sola de nuevo y era responsable de mí. Todo iba bien hasta que una tarde, celebrando el cumpleaños de una amiga, me dio un ataque de ansiedad y pánico, o iba a convulsionar, eso todavía no lo sé con exactitud.

Las secuelas que quedaron tras la bala en mi cabeza, hicieron que mi mamá se mudara conmigo a Medellín, renunció a su trabajo para acompañarme en esta travesía de sube y bajas, para cumplir mi sueño de estudiar, para cuidar de mí.

Tengo episodios epilépticos fuertes, gracias a ellos tengo que intentar acomodar y reinventar de nuevo mi paso por este mundo; olvidando las fiestas de luces parpadeantes y el trasnocho. Tampoco puedo montar bicicleta, no sin ayuda o recorriendo largas distancias, y ya descarté las invitaciones a parapente, o bungee jumping. En cambio, me emociono cuando me asignan las citas para ver al psicólogo, psiquiatra, o neurólogo; claramente debo estar en constante revisión, pero después de todo lo anterior eso no es nada; con el estrés post-traumático puedo lidiar, con la epilepsia también, con el trastorno de ansiedad y pánico, igual; solo debo empoderarme más de la vida.

Quizá se preguntarán qué pasó con el policía. Pues sí, casi me mata, pero corrió a auxiliarme. Le veo constantemente, nos reímos mucho ¡Pero eso sí! que no vaya uniformado, sabe que no me gustan los policías, menos ahora que no puedo impedir que mis ojos se dirijan a sus armas cuando están cerca de mí, así como tampoco puedo detener mis suspiros cuando acaricio el hoyo que la bala dejó en mi cabeza.

A él lo suspendieron ocho meses de la institución por lo sucedido, no lo demandé, tampoco levanté cargos contra él. En cambio, contra la institución sí, sin embargo aún sigo en ese largo proceso.

Hoy no puedo hacer varias cosas a la vez, nunca más podría ser mesera, o estar cocinando y hablando por teléfono al mismo tiempo. Sin embargo, tengo sueños, muchos sueños. Deseo terminar la universidad, estoy próxima a cursar octavo semestre, ser una profesora rural y llevar la literatura al campo. Ahora solo pienso en lo que vendrá luego del trago amargo, me veo viajando con mi mamá, conociendo Roma, nuestro lugar anhelado. No aspiro a mucho, solo a salir adelante, a aceptarme, a superarme.

A pesar de todo esto, lo que pasó y pasa, estoy aquí y sigo sobreviviendo cada día, tengo más fuerza, más determinación, aprecio más mi familia, la vida, respirar, cada paso que doy. Poder subirme a la bicicleta es y será uno de mis mayores logros, antes era para mí un medio de transporte, un deporte, hoy es como tener alas, hoy es mi libertad poder andar en ella.

Aún no se por qué sobreviví, de momento seguiré en la búsqueda de ese propósito, quién sabe si algún día llegue a saberlo.


SARA ZAPATA**Este texto contó con la edición, construcción periodística e investigación de Leidys Becerra, periodista de ELTIEMPO.COM.

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