Medio Ambiente

La contaminación también tiene en peligro a los manglares en Colombia

Aunque el país exhibe niveles medios de contaminación, se detectó un deterioro de la funcionalidad.

Manglares

Esta es una de las salidas hechas por los investigadores para hacer muestreos en bahía de Barbacoas (Cartagena).

Foto:

Archivo Michael Ahrens

09 de junio 2018 , 12:23 p.m.

Los manglares son ecosistemas que contribuyen, de manera importante, a la buena salud de los océanos. De hecho, han sido comparados con ‘guarderías’ que albergan y protegen, de factores adversos, distintas especies de mariscos y peces en sus primeras etapas de crecimiento.

Su valioso aporte no se queda ahí, pues también constituyen una barrera natural frente a la erosión causada por los vientos y las mareas. Sin embargo, su pérdida, por efecto de la acción humana, alarma al mundo.

De acuerdo con estadísticas de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), desde 1980 se ha destruido cerca del 30 por ciento de su superficie. Esta situación es mucho más grave en Colombia, que exhibe una pérdida cercana al 57 por ciento de cobertura de manglar, desde 1960.

Un factor que influye en el daño a los manglares es la contaminación. Al respecto, Michael Ahrens, profesor e investigador del Departamento de Ciencias Biológicas y Ambientales de Utadeo, señala que si bien existen regulaciones y estándares frente a la presencia de partículas contaminantes, como metales pesados o plaguicidas, en alimentos provenientes del mar, todavía no se han fijado umbrales de contaminación que se consideren seguros para la protección de las especies que habitan los manglares.

“Sabemos –enfatiza Ahrens– que muchas regiones costeras tienen impactos antropogénicos por expansión, sobreaprovechamiento de recursos, destrucción de hábitat, especies introducidas, y explotación minera y de hidrocarburos, pero la polución también es una de las maneras en la que los estamos afectando”, enfatizó.

Desde el 2012 el profesor Ahrens, junto con los investigadores de Utadeo Andrea Luna, Ángela Moncaleano, Esperanza González, Luisa Villamil y Samuel Casseres; de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, Javier Aguirre y Félix Espinoza, así como de la Universidad del País Vasco, Ionán Marígomez, se dio a la tarea de evaluar qué tan sanos están los manglares de Colombia y Nicaragua.

Para llevar a cabo este análisis tomaron a las ostras como bioindicadoras (especies vegetales o animales que brindan información sobre el estado de los ecosistemas). A este proyecto se le conoce como Caribiopol.

No hay duda de que nuestras ostras evidencian exposición de contaminantes, que afectan su estado óptimo de vitalidad

La importancia de estos moluscos radica en que al cumplir una función de filtros del agua que circula por los manglares, se alimentan de muchos de los nutrientes que allí se encuentran, al tiempo que son fuente de alimentación de peces e incluso el hombre, logrando así una transferencia de los componentes químicos que están presentes en el ecosistema, tanto en sus aguas como sedimentos. Adicionalmente, las ostras son abundantes en ambos países y son sensibles a las partículas contaminantes que consumen.

El trabajo de campo del estudio comprendió la colección de unos 80 individuos y sedimentos superficiales de cada una de las cinco zonas del Caribe colombiano (Marina de Santa Marta, playa de Taganga y Barú, en Bahía de Barbacoas; el puerto de contenedores de Cartagena e isla Brujas, en la zona industrial de Mamonal, así como en la isla Halfway, Punta Lora e isla Pigeón en Nicaragua, llevando a cabo tres muestreos en diferentes épocas del año (lluvioso, seco y templado). Los tejidos de 25 ostras y los sedimentos de los sitios correspondientes fueron analizados para metales a través de un espectrómetro de masas de plasma acoplado inductivamente, un instrumento que es utilizado comúnmente para encontrar rastros de elementos químicos de nuestra tabla periódica en tejidos orgánicos.

¿Con qué se contaminan?

Una de las mayores sorpresas que se llevaron los investigadores fue que Barú e isla Brujas (Cartagena), ecosistemas considerados prístinos, presentaron altos índices de concentración de cadmio en los tejidos de ostras y sedimentos, durante la temporada de lluvias, incluso por encima de otras zonas costeras de alto impacto por el hombre, como Taganga o los manglares de la zona industrial de Cartagena.

Esto se debe, posiblemente, a la actividad industrial y de trazas de fertilizantes de la producción agrícola que circulan por el canal del Dique. Sin embargo, los más afectados por esta exposición al metal son los animales que habitan las inmediaciones de los sedimentos, provocando que, en casos severos, se reduzca su actividad motora e incluso disminuyan capacidades biológicas, como la de reproducción.

Por su parte, en la Marina de Santa Marta se hallaron niveles intermedios de cobre y estaño en los tejidos de ostras, así como elevadas concentraciones de mercurio, causado en parte por pinturas antiincrustantes para barcos.

Pese ello se rescata que en la bahía de Cartagena se ha dado una disminución considerable del mercurio, a tal punto que las nuevas capas de sedimento son más limpias. Sin embargo, en el caso de las ostras se destaca que los niveles de este metal pesado todavía son intermedios, en comparación con los aceptados por el programa de monitoreo Mussel Watch, de la Agencia Oceanográfica y Atmosférica Nacional (NOAA), de los Estados Unidos.

Así mismo, el estudio encontró en temporada seca una alta concentración de arsénico, cadmio, cromo, cobre y zinc en los tejidos de las ostras, en comparación con el promedio de otras localidades del Caribe, mientras que en Taganga responden a niveles promedio. De igual manera, en Barú e isla Bruja el plomo registrado para la época de lluvia indicó una baja concentración.

Una conclusión clave del estudio es que en todos los lugares de muestreo se evidenció contaminación por metales en los tejidos de las ostras, aunque en diferentes combinaciones para cada lugar. Ello preocupa en la medida que significa que ya no hay lugares “prístinos” o libres de contaminación.

Por su parte, en la isla Halfway e isla Pigeón (Nicaragua), los investigadores hallaron niveles altos de mercurio en las ostras, durante temporada de lluvias, mientras que en temporada seca se evidenciaron niveles moderados, debido especialmente a las actividades artesanales de extracción de oro en la cuesta arriba de río Escondido.

Un llamado a proteger

Aunque los niveles de contaminación percibidos en Colombia fueron menores que los de Nicaragua, Ahrens hace un llamado a no bajar la guardia en cuanto al monitoreo de estos ecosistemas, pues en el estudio se hizo evidente la disminución de la vitalidad de las especies que habitan los manglares, especialmente en la resiliencia o capacidad de adaptarse o superar el impacto ambiental.

“No hay duda de que nuestras ostras evidencian exposición de contaminantes, que afectan su estado óptimo de vitalidad y que varía de acuerdo con los años. En algunas épocas encontramos índices de salud mejores que otros. Pero con cada impacto ambiental, los organismos disminuyen su resistencia”, agregó el investigador.

Ahrens advierte, además, que la pesca desaforada, la disposición de basuras en los mares e incluso las modificaciones a los cauces de los ríos se han convertido en los principales enemigos de los manglares, más allá de la presencia de metales pesados.

Un caso concreto de ello es la ciénaga de Santa Marta. Hace algunos años se construyeron diques y un terraplén que la aisló del mar, provocando con ello una alta salinidad en el agua que destruyó el ecosistema de los manglares. Aunque posteriormente la ciénaga se conectó al río Magdalena, la calidad del agua disminuyó, causando la desaparición de las ostras.

Es por ello que desde la investigación se insta a las autoridades gubernamentales a definir umbrales de polución que diferencien los efectos potenciales y la alta probabilidad de toxicidad de los ecosistemas, pues hoy solo contamos con referentes extranjeros: “Colombia no ha tenido una trayectoria de investigación de las especies en los manglares. Es una decisión de la sociedad valorar cuánto nos importa una ostra frente a un róbalo, y en la toma de decisiones no es solo la ciencia, sino que son también aspectos subjetivos, como las identidades culturales u otros beneficios”, enfatizó Ahrens, para quien urge monitorear constantemente las realidades de los ecosistemas y generar políticas y acciones que impidan a organizaciones aplicar a licencias ambientales, si estas exceden los topes de contaminación en sus actividades.

EMANUEL ENCISO CAMACHO
Para EL TIEMPO 
Editor de la Revista Expeditio (Utadeo)

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