Medio Ambiente

¿Se debe prohibir la carne de res?

Si se abandonara esta proteína, la reducción de emisiones per cápita de CO2 llegaría solo al 2 %.

Alimentos

Para producir carne de res, la industria de alimentos emite grandes cantidades de contaminación. 

Foto:

123rf

Por: Bjørn Lomborg
30 de noviembre 2018 , 10:53 p.m.

Christiana Figueres, la exfuncionaria de las Naciones Unidas responsable del Acuerdo climático de París del 2015, tiene una asombrosa visión con respecto a los restaurantes del futuro: se debería expulsar a quien desee comer un filete de carne.

“¿Qué tal si los restaurantes dentro de 10 o 15 años comienzan a tratar a los carnívoros igual que a los fumadores?”.

Figueres propuso durante una reciente conferencia que “si quieren comer carne, pueden hacerlo fuera del restaurante”.

En caso de que no se haya enterado de esta evolución: para muchos activistas ecológicos, comer carne se está convirtiendo de manera rápida en algo tan repulsivo como fumar.

Es un comportamiento que debe ser desalentado e incluso prohibido.

Esto ocurre debido a que a su hamburguesa la culpan del cambio climático. La producción de carne –especialmente la cría de ganado vacuno– emite metano y requiere grandes insumos de dióxido de carbono. En el sofocante lenguaje de los informes recientes se indica que “es esencial que se proceda a una enorme reducción en el consumo de carne” para evitar la “degradación climática”.

He sido vegetariano toda mi vida adulta ya que no quiero matar animales, por lo que puedo sentir empatía con el interés de promover menos carne en nuestras dietas. Sin embargo, quiero cerciorarme de que la ciencia que sustenta estas afirmaciones sea correcta. Cuando usted mira más allá de los titulares, aquellos que abogan por expulsar a los carnívoros de los restaurantes y les piden a todos que cambien sus dietas, frecuentemente, están seleccionando sesgadamente qué datos usar, mientras que paralelamente ignoran los hechos fundamentales.

Al leer la prensa popular, encontrará muchos artículos que sugieren que eliminar el consumo de carne podría reducir las emisiones de gases de efecto invernadero un 50 por ciento o más. Esa cifra es monumental. Sin embargo, también es monumental el engaño que conlleva dicha afirmación.

Es importante destacar que la reducción del 50 por ciento en las emisiones se logra yendo más allá del vegetarianismo. Requiere convertirse completamente en vegano, lo que significa dejar de comer y usar cualquier producto animal: leche, huevos, miel, carne, pollo, mariscos, pieles, cuero, lana, gelatina y mucho más. Este régimen alimenticio y de estilo de vida no va a llegar a ser el que prevalezca para la mayoría de las personas en un futuro próximo.

Aun así, los medios de comunicación sugieren que convertirse en vegetariano puede lograr una reducción del 20 al 35 por ciento en las emisiones individuales.
Pero estas no son las emisiones totales de una persona, son solo las que provienen de los alimentos. Se ignoran cuatro quintas partes de las emisiones, lo que significa que el impacto es cinco veces inferior.

Si nos basamos en la literatura académica sobre los recortes de emisiones que provienen de la conversión de las personas al vegetarianismo, un estudio sistemático de los trabajos revisados por pares muestra que una dieta sin carne probablemente reducirá las emisiones de una persona en el equivalente a 540 kilogramos (1.190 libras) de CO2.

Para el individuo promedio, eso significa reducir sus emisiones en apenas 4,3 por ciento.

Pero esta cifra aún exagera el efecto, ya que ignora un antiguo y bien descrito fenómeno económico que se conoce como el efecto rebote. Las dietas vegetarianas son un poco más baratas y ahorran dinero, el mismo que se gastará en otros bienes y servicios que producen emisiones adicionales. En Estados Unidos, los vegetarianos ahorran alrededor del 7 por ciento, y en el Reino Unido, el 15 por ciento de sus presupuestos de alimentos. Un estudio sueco muestra que una dieta vegetariana es un 10 por ciento más barata, liberando aproximadamente un 2 por ciento del presupuesto total de una persona.

Ese gasto adicional causará más emisiones de CO2, las cuales, según las conclusiones del estudio, contrarrestarán la mitad de las ahorradas cuando el individuo se convierte en vegetariano.

En el entorno de un país desarrollado, la realidad es que convertirse en completamente vegetariano por el resto de su vida significa que usted va a reducir sus emisiones en aproximadamente un 2 por ciento.

Este es un resultado bien establecido, pero aún sorprende a muchas personas que creen que al convertirse al vegetarianismo deberían lograr más. De hecho, cuando recalqué estas cifras por primera vez, dos investigadores británicos atacaron mi abordaje e incluso afirmaron que muy probablemente yo estaba “seleccionando sesgadamente” los datos. Pero la cifra es la mejor estimación proveniente de un metaestudio, no es el resultado de elegir un estudio único con el impacto más alto o más bajo.

En contraste, para reforzar su contraargumento e indicar que el vegetarianismo sí tiene un impacto mucho mayor, los académicos eligieron confiar y basarse únicamente en dos estudios que, por casualidad, tienen dos de las estimaciones más altas. Luego, ignoraron el estudio que mostraba un efecto inferior y redondearon la cifra dada por el otro.

Incluso ignoraron el efecto rebote, que reduce a la mitad el impacto en el mundo real, a pesar de que la literatura dice claramente que “al evaluar las consecuencias ambientales del vegetarianismo, se debe tener en cuenta el efecto rebote de los ahorros”.

Por supuesto, hacer jugarretas y manipular las cifras para que se ajusten a nuestras ideas preconcebidas no engaña al planeta. El hecho es que, en lugar de convertirse en completamente vegetariano por el resto de su vida, usted podría reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en la misma cantidad al gastar 6 dólares al año utilizando el Sistema Europeo de Comercio de Emisiones (Sece) mientras come cualquier cosa que le plazca.

Un recorte de emisiones de un par de puntos porcentuales no merece ser objeto de mofa, pero ciertamente no es algo que “salvará al planeta”. La inconveniente verdad es que pocas acciones individuales pueden transformar la batalla contra el cambio climático.

Una acción que podría marcar la diferencia es hacer campaña a favor de un gasto mayor en inversiones a nivel mundial dirigidas a investigación y desarrollo (I+D) de energía verde. Esta tecnología debe desarrollarse en gran manera si queremos adelantar la llegada del día en que las alternativas energéticas puedan superar a los combustibles fósiles.

También se necesita más I+D para reducir el impacto del carbono en la agricultura, así como para desarrollar y producir carne artificial a escala, lo que podría disminuir las emisiones de gases hasta en un 96 por ciento, en comparación con la carne producida convencionalmente.

Al igual que en muchas campañas, el plan de Figueres con respecto a las personas carnívoras causa inquietud, ya que sugiere que la ex máxima responsable de las Naciones Unidas para el clima está enfocada en prohibir comportamientos que no le gustan, sobre la base de evidencia endeble e información exagerada de los periódicos.

También sugiere un enfoque estrecho en los ricos del mundo. Es increíblemente egoísta obsesionarse con palabreríos sobre expulsar a quienes comen filetes de carne en los restaurantes cuando 1.450 millones de personas son vegetarianas debido a la pobreza, y desean desesperadamente permitirse el lujo de comer carne.
En mi calidad de persona vegetariana, que se convirtió al vegetarianismo por razones éticas, soy el primero en decir que existen muchas buenas razones para comer menos carne. Tristemente, marcar una gran diferencia en el clima no es una de ellas.

Bjørn Lomborg
Director del grupo de expertos Copenhagen Consensus Center y profesor visitante en Copenhagen Business School (Dinamarca).

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