Medio Ambiente

Bogotá, una ciudad clave para conservar la biodiversidad

Estudio advierte que si sigue creciendo tan rápido como lo hace, podría poner en riesgo ecosistemas.

Bogotá desde el aire

En un segundo análisis, los investigadores se enfocaron en 33 ciudades hotspots, de las 422, dado que son las que experimentarán mayor crecimiento de la población y la mayor expansión física.

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Carlos Ortega, Mauricio Moreno, Rodrigo Sepúlveda / EL TIEMPO

23 de febrero 2018 , 11:09 p.m.

Para el año 2050, según estima Naciones Unidas, la población mundial será de aproximadamente 10.000 millones de personas y el 70 por ciento vivirá en las ciudades, especialmente en las más biodiversas del planeta. Este crecimiento demográfico traerá –de una u otra manera– consecuencias para la biodiversidad y los servicios ecosistémicos que la naturaleza presta (alimento, recreación y turismo, regulación del clima y de la calidad del aire, entre otros). 

El proyecto ‘Atlas para el fin del mundo’, que de por sí ya tiene un nombre alarmante, estudia precisamente la relación que existe entre la urbanización y la biodiversidad, con especial atención en aquellas ciudades que se ubican en los llamados hotspots.

Hasta el momento se han registrado 35 “puntos calientes”, áreas que albergan una gran riqueza biológica y que, sin embargo, se encuentran amenazadas. Son regiones que tienen al menos 1.500 especies de plantas endémicas (que no se encuentran en ninguna otra parte del mundo) y que han perdido más del 70 por ciento de su cobertura natural. De hecho, todos los hotspots juntos equivalían antes al 15,7 por ciento de la superficie de la Tierra, pero hoy esa cifra se ha reducido al 2,3 por ciento.

El nombre del proyecto no tiene nada que ver con un final apocalíptico para la Tierra, sino más bien del mundo que mostró el primer atlas que hizo el cartógrafo Abraham Ortelius en 1570, donde se dibujaron vastas extensiones de tierras sanas y aptas para la colonización y la explotación. Ese mundo ya no existe, dice Richard Weller, arquitecto paisajista de la Universidad de Pennsylvania (Estados Unidos) y autor principal del proyecto. Es, entonces, el fin de aquel mundo en el que los recursos naturales se pensaban como infinitos para usarse a diestra y siniestra.

Así que el Atlas ubica 422 ciudades grandes –con una población mayor a 300.000 personas– dentro de estos 35 “puntos calientes”. Usando datos de Seto Lab, de la Universidad de Yale, los investigadores cruzan información sobre las proyecciones de crecimiento demográfico a 2030 de las grandes urbes, junto con la ubicación de plantas nativas –a partir del mapa de Global Land Cover Facility– y la presencia de 3.245 especies de mamíferos incluidas en la Lista Roja de la UICN, en las categorías de En Peligro Crítico (CR), En Peligro (EN), Vulnerable (VU), Casi Amenazado (NT) y Preocupación Menor (LC).

El equipo concluyó que si 383 ciudades continúan expandiéndose con la velocidad con la que lo hacen actualmente, el resultado será “zonas de conflicto” en los que las malas decisiones de planificación urbana podrían aumentar la presión sobre los ecosistemas vulnerables y estratégicos para el mundo.

“Las ciudades hotspots tienen una responsabilidad particular y un papel que desempeñar como custodiadoras y beneficiarias de la biodiversidad más valiosa del mundo. El reconocer el conflicto inminente entre su crecimiento y la biodiversidad es el primer paso para la prevención”, advierte el estudio.

Ahora bien, aunque el mapeo se hizo teniendo en cuenta las especies de la Lista Roja, “la biodiversidad no solo significa animales y plantas individuales; también la compleja red de vida que crea un ecosistema saludable y resiliente, sin el cual, ninguna ciudad puede sobrevivir”.

En un segundo análisis, los investigadores se enfocaron en 33 ciudades hotspots, de las 422, dado que son las que experimentarán mayor crecimiento de la población y la mayor expansión física. En la lista están, por ejemplo, Bogotá (Colombia), Ciudad del Cabo (Sudáfrica), Brasilia y São Pablo (Brasil), Guadalajara y Ciudad de México (México), Guayaquil (Ecuador), Santiago (Chile), Los Ángeles y Houston (Estados Unidos).

“Las ciudades generalmente están preocupadas por sus centros comerciales y culturales, mientras que estos 33 mapas sugieren que ahora deben mirar hacia sus periferias, porque es allí donde la naturaleza y la cultura están en desacuerdo y es allí donde la salud ambiental a largo plazo de una ciudad estará determinada en gran medida”, advierte la investigación.

¿Cómo debería actuar Bogotá?

El estudio llama la atención sobre un tema en particular: el crecimiento desorganizado de estas ciudades –que hacen parte de unas unidades biológicas especiales– puede transformar los ecosistemas de manera drástica con consecuencias irreversibles.

La capital de Bogotá, con sus 9 millones de habitantes, está ubicada en el hotspot más diverso del mundo. La región se explaya por toda la cordillera de los Andes, pasando por Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y las porciones tropicales septentrionales de Argentina y Chile. Esta región, según el Fondo de Alianzas para Ecosistemas Críticos (CEPF, por sus siglas en inglés), posee la mayor variedad de especies de anfibios, aves y mamíferos, y un sexto de las plantas del planeta, en una extensión de 158,3 millones de hectáreas. Ese lugar viene con responsabilidades.

Para el biólogo y experto en gestión de ecosistemas Germán Andrade, las 33 urbes –con sus particulares diferencias– presentan algunos riesgos para estos hotspots de dos maneras: una histórica, en la medida en que una ciudad crece transformando los ecosistemas que tiene alrededor; y otra espacial, que puede ser afectando entornos inmediatos –como el caso de los complejos de humedales en Bogotá– o entornos más distantes –como la contaminación que termina generando Bogotá en el río Magdalena, la arteria fluvial más importante de Colombia–.

“Lo que sí creo es que hay que superar esa idea de que las ciudades son solo una amenaza para los ecosistemas, cuando lo que tenemos que hacer es mirar las oportunidades: áreas protegidas urbanas, infraestructuras verdes, parques, una gestión basada en el concepto de biodiversidad urbana”, dice el experto.

Elsa Noguera, directora de la Fundación Natura, está de acuerdo y rescata la importancia de crear bosques urbanos, tal como ya lo hacen ciudades como París, Londres y Berlín. “La gran oportunidad y obligación de conservar esa biodiversidad es apostándoles a espacios multifuncionales, donde los bosques nos ayuden a tener un mejor clima, a reducir la contaminación, a tener espacios de recreación pasiva, y conectar otros ecosistemas estratégicos”, comenta.

El problema, cree Ernesto Guhl, experto en gestión ambiental, es que los municipios toman decisiones individuales sin tener en cuenta una visión regional de la expansión urbana, ni un instrumento de planeación que entienda al territorio como una unidad conformada por componentes urbanos y rurales que dependen el uno del otro.

En un esfuerzo por unir la urbanización y la biodiversidad en el mismo estudio, los investigadores concluyeron que casi todas las ciudades ubicadas en los “puntos calientes” del mundo (383 de 422) se encuentran en hábitats remanentes, con especies en peligro de extinción. “Lo más importante es que también hemos encontrado poca evidencia sobre el diseño urbano y la planificación del uso de la tierra a largo plazo, lo que exige compromisos espaciales para evitar esta calamidad”, remata.

TATIANA PARDO IBARRA
En Twitter: @Tatipardo2

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