Medio Ambiente

Crónica de un día con un perro lazarillo y su dueña

Luisa Moreno perdió la visión a los 11 años y gracias a su perro guía recuperó las ganas de vivir.

Conozca cómo hace un lazarillo para guiar a su dueñaLuisa Moreno perdió la vista a los 11 años y gracias a Asahi, su perro guía, recuperó la confianza para enfrentar un mundo lleno de barreras.
Lazarillo

Claudia Rubio / EL TIEMPO

Por: Laura Álvarez F. 
21 de noviembre 2018 , 05:52 p.m.

Para llegar a su trabajo a las 8 de la mañana, Luisa Moreno, una mujer de 32 años con discapacidad visual, debe tomar a la salida de su casa un bicitaxi que la lleve hasta el Portal de TransMilenio en Suba, subirse en el F29 hasta la estación de Profamilia, cruzar la Caracas y caminar aproximadamente dos cuadras. Un trayecto que dura, en promedio, una hora y media.

Todo esto lo logra gracias a Asahi, su perro lazarillo, una golden retriever que desde hace más de cuatro años cumple el papel que solían tener sus ojos. Asahi, en japonés, significa: ‘el sol de la mañana’. Un nombre que para Luisa abarca todo lo que significa su perrita para ella. “Quería ponerle un nombre que lo diga todo cuando yo lo diga. Ella es la que todos los días me hace ver el sol, me ilumina el camino”, cuenta Luisa.

Los perros guía generalmente son de raza labrador o golden retriever, pues son animales nobles y muy dispuestos a aprender. Su vida útil de trabajo es de ocho años.

Por las mañanas, cuando llegan al portal, Asahi sabe cuáles son los torniquetes para personas con discapacidad, guía a Luisa hasta la primera fila del F29 y, para no hacer cola, se hace a mano derecha de las personas que están esperando. Cuando entran al bus, intenta conseguir una silla azul y, si están ocupadas, se ubica en el espacio de las sillas de ruedas.

Quería ponerle un nombre que lo diga todo cuando yo lo diga. Ella es la que todos los días me hace ver el sol, me ilumina el camino

Cuando llegan a la estación de Profamilia, Asahi busca los torniquetes; desciende, para en el semáforo, cruzan la Caracas y caminan hasta el Instituto Nacional de Ciegos (Inci), el lugar en donde Luisa trabaja hace cuatro años.

Asahi lleva un arnés, una correa y un cartel que dice: ‘no me consientas, estoy trabajando’. Con el arnés, Luisa siente sus movimientos: si sube, si baja, si gira o si se detiene. La correa sirve para mantenerla controlada en caso de que se asuste.

De la movilidad se encarga Luisa. Ella debe parar en las esquinas y decidir en qué momento cruzar la calle. Todo lo hace escuchando el sonido de los carros y el pito que emiten algunos semáforos. La calle de su casa, la 34 y la Caracas, ya las conoce a la perfección, pero si es una calle que desconoce, prefiere pedir ayuda.

Durante el día, Asahi permanece acostada en un tapete al lado de Luisa, pero siempre está pendiente de ella. Cuando salen del Inci, a eso de las 5 de la tarde, van a TransMilenio y repiten el trayecto de las mañanas.

Dejar de ver

Cuando tenía 11 años, a Luisa le dio rosácea, una afección crónica de la piel. Con el tiempo, la rosácea empeoró y le generó una especie de orzuelos en los ojos que le hizo perder la vista. Un oftalmólogo, ignorando su enfermedad, le cambió las córneas. Después de esa cirugía recuperó la vista durante tres meses y luego la volvió a perder. Un golpe muy duro.

Lo que realmente tenía era una rosácea ocular, infección que deja temporalmente ciega a la persona que la sufre. Aunque es tratable con el uso de medicamentos, por la operación de córneas ya no había vuelta atrás.

Por medio de ella pude saber qué era volver a ver

Perder la vista la sumió en una fuerte depresión desde los 12 hasta los 18 años. Todo cambió en el 2005, año en el que conoció la Fundación Colombiana para el Perro Guía Vishnú del Cyprés. Para recibir un perro guía tuvo que demostrar que tenía orientación y movilidad, el espacio suficiente para el lazarillo y los medios económicos para mantenerlo.

Con Celia, su primera perrita guía, Luisa vivió “un proceso muy bonito porque por medio de ella pude saber qué era volver a ver”.

La llegada de Celia la animó a querer rehabilitarse en el Centro de Rehabilitación para Adultos Ciegos (Crac). Entró en junio de 2008 y se encontró con un mundo completamente nuevo que le permitió entender que, como ella, muchas personas también vivieron la tragedia de quedarse ciegas. Allí aprendió braille, a manejar las tecnologías con los lectores de pantalla, reconocer los billetes, utilizar el bastón, entre otras habilidades.

En este instituto también aprendió a amar. Un joven llamado Mauricio empezó su rehabilitación en el mismo mes que ella. Tan pronto se conocieron se volvieron muy buenos amigos y dos meses después iniciaron una relación sentimental.

Le permitió entender que, como ella, muchas personas también vivieron la tragedia de quedarse ciegas

En el 2011 Luisa decidió terminar sus estudios de bachiller, pues no había podido acabarlos por su enfermedad. Después de validar su bachillerato ese año, ella y su novio tomaron la decisión de casarse el 13 de octubre de 2012. “Fue una boda muy bonita, soñada”, recuerda Luisa.

En el 2013, Celia enfermó a causa de un linfoma en los ganglios y murió a los ocho meses. “Fue muy duro, yo lo comparo con volver a quedar ciega”, dice Luisa. Perder a su perrita guía, después de 8 años y medio con ella, significaba volver a tener miedo y perder esa independencia de andar sola en la calle sin pensar que algo malo podía pasarle.

Este miedo duró desde el 2 de noviembre de 2013 hasta el 18 de marzo de 2014, día en el que Luisa pudo recibir a su segunda perrita guía: Asahi. Fue una experiencia totalmente nueva porque ella, a diferencia de Celia, es muy protectora.

Fue muy duro, yo lo comparo con volver a quedar ciega

A finales de ese año, Luisa empezó a trabajar en el Inci. Actualmente está en la Biblioteca Virtual para Ciegos, donde administra los usuarios que están inscritos y brinda soportes de asistencia.

Tener este trabajo le ha permitido no solo sentirse productiva, sino también poder tener sus propios ingresos. Dentro de la casa no necesitan la ayuda de Asahi ni de Sayumi, la perrita guía de su esposo. En su hogar las perritas se convierten en mascotas. “Duermen como princesas, mejor que uno. Son el amor en cuatro patas”, dice Luisa con una sonrisa.

El proceso de adiestramiento

Según Juan Carlos Guerrero, director de la Fundación Colombiana para el Perro Guía Vishnú del Cyprés, el adiestramiento de los perros guía consta de tres etapas que en total duran alrededor de un año y medio. La primera es la educativa, en la cual aprenden a comportarse y a realizar sus necesidades en el sitio correcto. En el periodo de especialización aprenden a proteger a la persona que están guiando. La última etapa es de acoplamiento, en la que conocen a su amo. Para que esta última etapa sea exitosa, el perro guía se escoge de acuerdo con la personalidad del usuario. Por ejemplo, si es para un estudiante, se busca un perro calmado y, si es para una persona depresiva, lo mejor es escoger un perro activo para que lo anime.

LAURA ÁLVAREZ F.
EL TIEMPO

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