Educación

Propuestas y cuestionamientos sobre un español más incluyente

La feminista Florence Thomas dice que lenguaje debe ser sexuado, como los y las que lo hablan.

Lucha

"Exigimos ser nombradas en documentos oficiales, discursos políticos, y esto va para nuestros candidatos y candidatas a la presidencia".

Foto:

123rf

22 de diciembre 2017 , 09:20 a.m.

Por un lado está el genuino clamor de las mujeres que defienden un cambio de actitudes frente al uso discriminatorio del género masculino para significar ambos géneros en la lengua española. Por el otro, quienes consideran que basta con las palabras de género masculino, que tradicionalmente los hablantes han entendido como abarcadoras de ambos géneros. La controversia surgió por la decisión de un juez de ordenar que el gobierno del Distrito Capital cambie el eslogan ‘Bogotá mejor para todos’, por considerarlo inequitativo, de modo que diga ‘para todos y todas’.

Aquí enfrentan sus argumentos la connotada feminista Florence Thomas y el avezado fotógrafo y periodista Guillermo Angulo. 

(Abajo, el texto de Thomas y el enlace para leer a Angulo)

El lenguaje, primer síntoma de nuestra ausencia

Por: Florence Thomas

No hay debates que despierten más pasiones que los debates de género. Y esta es la primera buena noticia. Hace unas décadas estábamos tan sumergidos en los asuntos de la guerra y la política que hubiera sido impensable una polémica como la que hoy tenemos. Y perdonen la contundencia: nunca habíamos tenido tantos debates feministas como en este año. Por fin salimos completamente del clóset. Así muchos machos heridos pataleen viendo su ocaso. Bien lo decía un viejo y famoso grafiti: ‘Patriarca: tus pesadillas son nuestros sueños’.

Iniciaré entonces con argumentos académicos preguntándome qué es el lenguaje y espero que los y las lingüistas estén de acuerdo con lo que sigue. El lenguaje es una herramienta social propia de nuestra hominización que nos permite reflejar la realidad al mismo tiempo que la crea y la produce. Es en este sentido que hemos afirmado que lo que no se nombra no existe. El lenguaje es por consiguiente un punto de articulación entre representaciones, subjetividad e ideología. Es entonces evidente que en la medida en que construye la realidad, esta expresa las desigualdades que caracterizan una sociedad. Y no solo las desigualdades de género, expresa también las de etnia y las de clase entre muchas otras. Y por consiguiente, por medio del lenguaje se expresan relaciones de poder. Y sí, el lenguaje es político, qué le vamos a hacer… Las feministas y filósofas de los años 70, 80 y 90 —Helène Cixous, Patricia Violi, Julia Kristeva, Alessandra Bocchetti y hoy Judith Butler, entre otras— lo habían señalado hace tiempo acompañadas por algunos de los más grandes filósofos, como nos lo recordó hace poco Angélica Bernal Olarte en 'La Silla Vacía'. Son Althusser, Derrida y Foucault. Un viejo debate que en Colombia se inició con mucha resistencia alrededor de los años 90, cuando señalamos que la Constitución colombiana de 1991, no obstante incluir algunos artículos que hablan de no discriminación entre hombres y mujeres, no fue redactada con lenguaje incluyente. Les daré un solo ejemplo, entre muchos otros a todo lo largo de ese texto: “Todo niño tendrá derecho a recibir atención gratuita en todas las instituciones de salud”. Un poco más tarde, ese debate tomó todo su justo lugar en las primeras políticas públicas con enfoque de género durante la alcaldía de Lucho Garzón cuando se publica 'El reto de transformar y re-crear el lenguaje, un ejercicio práctico para una democracia incluyente' (febrero de 2004).

Y precisaré para que sea muy claro para todos y todas: nunca pretendimos hablar de idiota e idioto, ni de perros y perras calientes; ni de preguntar el porqué del género femenino de la palabra mesa o del género masculino de la palabra espejo. Mesa tiene un género gramatical mas no un sexo; espejo tiene un género gramatical mas no un sexo. Un alcalde, un ministro, un magistrado o un jurado no solo tienen un género gramatical sino que también tienen un sexo. Los colombianos también tienen sexos, entonces me interesa saber que hay colombianos y colombianas y que hay alcaldes y alcaldesas, concejales y concejalas. La palabra todos cuando me refiero a la gente no incluye a todas. ¿Mucho problema? Buenos días a todos y todas (en un auditorio lleno de hombres y mujeres…) Colombianos y colombianas, buenos días… Niños y niñas, ¿cómo están? ¿Mucho problema nombrar un mundo plural? ¿Es feo, es largo, es inútil? Pues a mí me parece no solo útil sino rico recordarnos siempre que el mundo es plural y diverso y que en relación con la circulación del poder no es lo mismo ser hombre que ser mujer. ¿Es largo y pesado?, pues hace tiempo que sé que construir democracia no se hace en cinco minutos; toma tiempo, y nosotras las feministas hemos aprendido que no podíamos tener afán: caminamos a nuestro ritmo y sabemos por estos y otros debates que encontramos en nuestro camino que nadie ha podido hacernos retroceder. Y, en este caso, ni siquiera los patriarcas de la Academia de la Lengua; ¿están protestando? Que protesten, muy poco nos importa como dice Carolina Sanín. Ella sabe también y lo ha expresado varias veces con su estilo particular, que el lenguaje es la primera herramienta de nuestra liberación.

Además, poco ha protestado la Academia de la Lengua con la introducción e inclusión de centenares de términos en inglés tipo fast track, Beer Company, Black Friday, mail, weekend, WhatsApp y outlet, entre centenares de otros; esto no parece ser problema para la Academia, no: el problema es nombrar a las mujeres; el problema es que están apareciendo en el lenguaje unas usurpadoras de un universo que durante siglos fue reservado al gran sujeto universal: el Hombre, este con H mayúscula que ahogó, sofocó y casi logra liquidar a las mujeres. Afortunadamente nacimos con un poder de resistencia poco común y ahí estamos nosotras, están nuestras voces que se están poco a poco liberando; lo acabamos de ver con ese otro debate de fin de año, el bello #MeToo, que de hecho despertó una polémica muy similar a ese del lenguaje incluyente. Debates, los dos, cuyos focos son las relaciones de poder entre los sexos y una profunda voluntad de saber y de existir de las mujeres a través de su reconocimiento como sujetas de palabras, de saberes y de deseo. Y sí, sé que me van a decir que cambio de tema. Pues no, no estoy cambiando de tema porque la lengua es también lengua del poder y la retórica de los hombres, retórica de una clase pero, sobre todo, de un sexo. Y es así como a lo largo de los siglos aprendimos la ausencia, el adiós con los hombres. Con ellos, sobre todo cuando ellos hablan, pasamos la vida en despedirnos o más bien en ser despedidas del mundo, pero sobre todo de nosotras mismas. Cuando ellos están, cuando ellos hablan o escriben, nosotras desaparecemos porque no existe todavía un código lingüístico capaz de reflejar esta dualidad genérica.

Ahora bien, y de nuevo no nos hagan decir lo que no estamos diciendo, como cuando quisieron ridiculizarnos con ese hecho de añadir una ‘a’ a nombres masculinos. No somos imbéciles y también a nosotras nos gusta hablar bien, nos gusta el español y nunca se ha tratado de criticar el 'Quijote' de Cervantes, ni 'La comedia humana' de Balzac ni 'Cien años de soledad' de García Márquez porque no están escritos con lenguaje incluye.nte. Solo pedimos sentido común, es decir que se trata de reconocer y discernir cuando es vital para nosotras ser nombradas y dónde nuestro ocultamiento es de suma gravedad para la construcción de nuestra identidad, el reconocimiento de nuestra autoridad y nuestra participación en la construcción del mundo.

En este sentido exigimos ser nombradas en documentos oficiales, discursos políticos, y esto va para nuestros candidatos y candidatas a la presidencia: ojo con sus discursos porque es evidente que si no nos nombran, no votaremos por ellos ni por ellas. Hasta ahora, Sergio Fajardo lo está haciendo bien, y Clara López también, evidentemente en saludos oficiales o no oficiales, en editoriales periodísticos, en artículos de prensa, en constituciones, y por supuesto en leyes y decretos; en escritos políticos, sociales, en textos escolares, en textos universitarios e investigaciones científicas, en comerciales, en trabajos comunitarios y en todo en lo que se refiere a la dinámica de la vida cotidiana.

El lenguaje no puede seguir siendo masculino, ni siquiera neutro; el lenguaje debe ser sexuado como los y las que lo hablan. Además, como lo dice la misma Alessandra Bocchetti, esa gran feminista italiana, “Nombrando mi sexo, quiero que también el otro sexo se nombre, obligándolo a reconocer su parcialidad, obligándolo a la representación de esa parcialidad”. Y claro, tiene razón porque cuando saludo un auditorio mixto, diciendo Buenos días a todas, los hombres no se sentirán incluidos y tendrán razón porque de hecho no estoy incluyéndolos. Me parece lógico y muy fácil de entender. La próxima vez que en un auditorio mixto alguien inicie su discurso por buenos días a todos, todas nos levantaremos y saldremos…

FLORENCE THOMAS
Especial para EL TIEMPO

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