Ciencia

El mundito que nunca llegó a ser planeta

Ultima Thule es casi cuatro veces más grande que el Everest y forma parte del Cinturón de Kuiper.

Ultima Thule

Esta es la imagen, ya proceda, de Ultima Thule, tomada por New Horizons.

Foto:

Nasa

Por: Ángela Posada-Swafford
07 de enero 2019 , 04:50 p.m.

Allá en los confines del sistema solar hay dos enormes rocas congeladas que se dieron un beso furtivo cuando nació nuestro Sol, hace 4.600 millones de años. Como castigo, la reina Gravedad condenó a los amantes a permanecer pegados durante tanto tiempo, que terminaron fundiéndose en un solo cuerpo: una especie de muñeco de nieve cósmico dos veces más grande que el Everest, que en lugar de bufanda está adornado con un brillante y misterioso collar, y cuya piel roja oscura promete varias sorpresas anatómicas. En los últimos seis días, el exótico mundito, regalo de año nuevo de la Nasa, se ha convertido en el juguete de la prensa global y el nuevo interés para científicos planetarios en todas partes.

La hazaña del robot New Horizons es memorable porque, después de un histórico viaje de 13 años cubriendo más de 6.400 millones de kilómetros, el emisario de la humanidad abrió para la ciencia una de las estructuras más distantes y extensas de nuestra familia solar. Se trata del Cinturón de Kuiper, uno de los tres grandes anillos concéntricos de rocas que rodean a los planetas. Su finca raíz empieza justo detrás de la órbita de Neptuno y se extiende hacia afuera abarcando un área equivalente a 20 veces la distancia que hay entre la Tierra y el Sol.

Si bien es cierto que las naves interplanetarias Voyager y Pioneer cruzaron este lugar camino al espacio interestelar, ninguna fue diseñada para ver o fotografiar de cerca los extraños objetos que hay flotando en ella. New Horizons, en cambio, tomó cientos de detalladas fotos durante el lapso que duró su acercamiento al objeto, bautizado como Ultima Thule/MU69. Ahora sigue su camino hacia afuera, en busca de otros blancos que capturar.

Mucho más lejano y menos dinámico que el Cinturón de Asteroides (que es como vivir dentro de una mesa de billar), el recién hallado Cinturón de Kuiper es un lugar fascinante, increíblemente frío y en penumbra constante, dada su lejanía del sol. Está compuesto por millones de objetos más pequeños que nuestra luna que incluyen bolas de hielo, retazos de roca y otros cuerpos oblongos que exhiben sus propios aros.

Alguna vez aspiraron a ser un planeta pero nunca llegaron a nada –quizás porque la presencia y gravedad del mismo Neptuno se encargó de desorganizar sus planes–.

Caballos en un carrusel

Hasta donde se sabe, todos, salvo unos pocos como el pequeño Plutón (el residente más célebre del vecindario, famosamente visitado por New Horizons en el 2015), navegan juiciosos en ordenada órbita circular en la misma dirección, paralelos unos a otros, como caballitos de carrusel, aunque a veces alguno se desprende de su montura y se convierte en un cometa. El carrusel se mueve despacio, como el caminar de una persona, y por eso, si las rocas se llegan a chocar, lo hacen con gentileza y sin fuerza para poderse unir en grandes grupos. Por eso se piensa que su superficie no tiene casi cráteres de impacto que hayan arruinado sus características primordiales. Entonces llevan así 4.600 millones de años, trocitos inertes de evidencia forense de cuando la naturaleza jugaba a fabricar mundos. De ahí la colosal importancia científica de visitar a Kuiper y entrever cómo son la química y la geología de esos ancianos bloques de construcción.

El 1.° de enero, asomándose sobre Ultima Thule, los siete instrumentos de ciencia de New Horizons vieron su congelada superficie en exquisito detalle. Según Hal Weaver, del Laboratorio de Física Aplicada de Johns Hopkins en Maryland –el centro nervioso de ciencia de la misión– las cámaras ayudarán a entender mejor el color rojizo de la gran roca. “Ese bronceado es culpa de la radiación ultravioleta del Sol y de los rayos cósmicos, que han formado una variedad de compuestos orgánicos sobre la piel del objeto, en combinación con el nitrógeno”, explica.

A su vez, una cámara infrarroja buscará hielos exóticos de monóxido de carbono, nitrógeno y amoníaco, y otros instrumentos querrán saber si Ultima actúa como un cometa que bota gas atrapado entre el hielo.

Tampoco es fácil tratar de mantener ilesa una nave espacial que navega a enormes velocidades por una región que literalmente es un campo minado. “Si lo golpea algo del tamaño de un grano de arroz, se acabó todo”, explica Alan Stern, el investigador principal de New Horizons, y autor del libro ‘Persiguiendo a Nuevos Horizontes’, sobre la exploración de Plutón. “Tenemos un equipo de 12 astrónomos planetarios constantemente mirando las imágenes de las cámaras telescópicas buscando cualquier cosa que pueda representar un peligro para la nave”.

La misión evoluciona

En el 2014, cuando se escogió a Ultima Thule como objetivo, la roca existía como un punto de luz en el espacio (miles de veces más opaco que Plutón) y durante años esa fue la realidad del equipo de científicos. Pero ahora ven algo sólido, algo con tres dimensiones y con personalidad. ¿Y qué hay con ese collar luminoso? Es emocionante y es un poco aterrador.

De ser una misión de ciencias planetarias, New Horizons está evolucionando a ser una de astrofísica y física del Sol. Está trabajando en hacer un perfil de las partículas de altas energías despedidas por el Sol, así como la distribución del polvo interplanetario, gracias a un contador de granos que lleva en el lomo.

A pesar de tener 13 años de edad, y de haber atravesado millones de kilómetros de espacio, el robot está en buena forma. Sus baterías le durarán otros 20 años, durante los cuales navegará por Kuiper. Pero la Nube de Oort, la más lejana y vasta puerta de salida de nuestro sistema solar estará fuera del alcance del intrépido explorador espacial.

“Hace una generación ni siquiera sabíamos que existía este cinturón de cometas. Era solo una teoría”, dice Alan Stern sin ocultar la emoción. “Ahora estamos sumergidos en él. Vamos a sorprendernos, y esa es la mejor parte de la exploración”.

El apoyo de los colombianos

Para tratar de medir con exactitud el tamaño y la posición desde la Tierra de un objeto lejano en el espacio, los astrónomos esperan a que ese objeto pase delante de una estrella, perfilándose momentáneamente contra la luz del astro. El truco es escoger esas estrellas, y para eso hay que tener un catálogo muy preciso, como el que creó la misión Gaia de la Agencia Espacial Europea. “Gracias a la información de Gaia determinamos que el arco de sombra de Ultima Thule cruzaba desde Colombia hasta Senegal, en África”, dice Adriana Ocampo Uria, científica planetaria y ejecutiva de la misión de New Horizons en la Nasa, a cargo de orientar a los investigadores para asegurar el cumplimiento de los objetivos del proyecto.

Para mí fue un gran placer involucrar a los astrónomos profesionales y aficionados de Colombia en estas observaciones, con enormes retos logísticos pero con una voluntad extraordinaria de parte de todos ellos”, dice Ocampo.

“Trabajamos mucho con el Ideam para identificar los lugares de observación en Colombia, pero al final de cuentas los pronósticos establecían que iba a nublarse y a llover, así que dadas esas predicciones se decidió mandar tres telescopios a Colombia y 22 a Senegal, en África, donde las perspectivas climáticas se pronosticaban mejor”.

En febrero del 2018 al menos 12 astrónomos del país, entrenados por la Nasa en el manejo de la técnica de observación, participaron en las salidas de campo usando tanto los telescopios provistos por la Nasa como sus propios equipos en Moniquirá, Honda y Dorada, entre otros puntos, incluyendo Nariño con el Observatorio de Pasto.


ÁNGELA POSADA-SWAFFORD
Especial para EL TIEMPO
En Twitter: @swaforini

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