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La ambiciosa estrategia de monitorear a un oso con collares GPS

A pesar de los retos, estas tecnologías permiten identificar las amenazas que enfrenta una especie.

Oso andino monitoreado con collar GPS

Apipa, un oso andino de 130 kilos que habitó en la zona de bosque del municipio de Junín, es el único animal de su especie en Colombia que ha sido monitoreado con telemetría.

Foto:

Fundación Wii

Por: Ana María Velásquez Durán 
05 de febrero 2019 , 12:00 a.m.

Apipa es el único oso andino que ha sido monitoreado con collar de telemetría en Colombia. Es el único de los cerca de 9.000 que se estima que hay en el territorio, de acuerdo con estimaciones aproximadas de la Fundación para la Investigación y la conservación del oso andino, Wii, pues en el país no hay ningún estudio ni censo oficial sobre la población total de la especie. La razón por la que el uso de los collares GPS ha sido limitado es porque es una estrategia costosa que requiere de una logística compleja y larga. Sin embargo, los esfuerzos, la inversión y cada reto a enfrentar valen la pena, según explican los expertos que han aplicado esta técnica de seguimiento.

Los desafíos nunca son suficientes para dejar de intentar rastrear a los osos andinos pues los collares son dispositivos que contribuyen ampliamente en los procesos de conservación de una especie. “Nos permiten ver dónde exactamente está el animal para identificar cuál es la amenaza y tomar medidas. Cada punto nos da la posibilidad de determinar si está entre el bosque, el páramo o el potrero en donde dejan las vacas”, dice Daniel Rodríguez, director de la Fundación para la Investigación y la conservación del oso andino, Wii, organización que lideró la estrategia de captura y posterior monitoreo de Apipa, gracias a una alianza con Corpoguavio y la compañía Nexin, una empresa petrolera que ayudó a financiar la iniciativa como resultado de una compensación ambiental tras haber realizado exploración de gas en la zona cercana.


Este año, la Fundación Procat, junto con Parques Nacionales Naturales, trabaja en la implementación de un proyecto para instalar collares GPS a seis osos que se capturarán en el Parque Chingaza y a los cuales se les realizará seguimiento durante aproximadamente 18 meses.

José Leonardo González, investigador de la Fundación Procat, señala que la idea es poder ver, entre otros aspectos, “qué elementos evita el oso, si tiende a acercarse o a alejarse de las zonas de pastoreo, qué tanto se aproximan a carreteras y cómo utilizan todo lo que no es protegido”, dice.

Los collares GPS nos permiten ver dónde exactamente está el animal para identificar cuál es la amenaza y tomar medidas

Rodríguez afirma que la ganadería y la cacería son las amenazas más importantes que enfrenta el oso. “El bosque está desapareciendo. Están metiendo cultivos, potreros y cada vez construyen más carreteras que están rompiendo el bosque, eso genera una banda de actividad humana donde se establecen casas y cultivos y a eso adiciónele el problema de atropellamiento”, explica.

Y la segunda gran amenaza, agrega, es la pérdida de animales. “Estamos matando osos porque se metió al cultivo porque atacó una vaca, porque sentí miedo, etc. También se debe enfrentar minería ilegal, cultivos ilícitos y bandas criminales. No es nada fácil, el oso no la tiene fácil”, dice.

El estudio de Procat será el primero en telemetría que se realizará a gran escala en Colombia con la idea de buscar estrategias para combatir todas estas amenazas. “Los collares que se utilizarán tienen un sistema de satélites geoestacionario, es decir que usa satélites que están en el trópico así que se va a tener señal la mayor parte del tiempo. El margen de error es de 4 o 5 metros y si hay momentos en los que se pierde la señal, almacenará los puntos y en el momento en que tiene comunicación con el satélite de transmisión, mandará el paquete de datos”, explica González.

Lo difícil de monitorear al oso andino

Los collares GPS funcionan gracias a una batería, un sistema de caída automática para programar que el dispositivo se suelte en una fecha determinada y dos antenas: la satelital, que es la que envía las posiciones diariamente, y una externa de VHF (very high frecuency por sus siglas en inglés) que capta manualmente, por proximidad, la presencia del collar.

Sí, suena tan sofisticado como costoso: el equipo de Apipa costó alrededor de 12.500.000 de pesos, mientras que los recursos para hacer el seguimiento mensualmente rondaron los cerca de tres millones.

Pero “lo más complicado (de este proceso de monitoreo) es la logística. Puede que la trampa esté activa pero no es posible tener al veterinario sentado esperando si un oso cae. El traslado de la trampa también fue complicado porque pesaba alrededor de una tonelada y hay que llevarla desarmada por partes”, afirma Rodríguez.

En el caso de Apipa, la trampa para atraparlo estuvo instalada durante un año. “Duró inactiva tres meses para que los animales se fueran acostumbrando a su presencia. Después le pusimos cebo y pasaron ocho meses hasta que entró él”, cuenta el director de la Fundación para la Investigación y la conservación del oso andino.

La tecnología que existe permite que toda la información que se genere sea aplicable a toma de decisiones y la toma de decisiones sea realmente sustentada sobre información


Aunque el monitoreo requiera tanto tiempo y tanto dinero, los expertos reiteran que lo más importante es que con la información obtenida se pueden implementar estrategias de protección. “Uno de los problemas que tenemos en conservación es que generalmente tomamos decisiones sin información, y muchas veces son medidas inadecuadas. Se asumen supuestos pero no tienes cómo probarlos. La tecnología que existe permite que toda la información que se genere sea aplicable a toma de decisiones y la toma de decisiones sea realmente sustentada sobre información”, recalca González.

Y, a mayor cantidad de herramientas, mayor recolección de información. Por eso los expertos también emplean las cámaras trampa para complementar el conocimiento que se adquiere sobre la especie. Como dice González, “la combinación de collares con cámaras nos da toda la perspectiva completa, porque cuando trabajas con collares sabes de los individuos pero no sabes qué pasa con toda la población y cuando trabajas con cámara sabes cómo está la población pero no sabes cómo usan el paisaje. La unión de las dos cosas es la mejor combinación en términos tecnológicos para saber el uso del espacio de las especies”.

Oso andino

Los expertos también aprovechan para tomar pruebas de sangre y de pelo y analizar el estado del animal.

Foto:

Fundación Wii


Por su parte, Adriana Reyes, bióloga de la Fundación Wii, resalta que con las cámaras trampa se han podido descubrir comportamientos en oso silvestre que no se conocían. “La literatura nos decía que los osos se quedaban con los oseznos durante dos años pero no podías entender cómo ella le enseña a sobrevivir y esos videos nos han permitido entender esos procesos”, dice.

El caso de Apipa también demostró que se necesita una acción en conjunto entre autoridades. “Hizo un recorrido por cuatro municipios, entra al parque y sale y confirma que no tienen barreras políticas, él no sabe que es un parque nacional y que esa zona está protegida y hasta ahí puede llegar sino que continúa hasta donde tenga franja de bosque, va caminando en búsqueda de comida”, señala Reyes.

Con el plan de Procat se esperan resultados en alrededor de seis meses después de finalizado el proceso con todos los animales capturados. “Con un año tienes todas las estaciones posibles y con seis individuos tienes réplicas, tienes más datos de lo que ocurre, va a ser todo muy robusto. La información va a estar disponible y se manejará con Parques, que la tendrá en tiempo real para usarla en lo que nos interesa que es conservar al oso”, explica.

A estos seis osos se les hará seguimiento, además, a través de alrededor de 100 cámaras que fueron instaladas en el Parque Chingaza específicamente para esta estrategia. El proyecto busca ser un ejemplo más de cómo la tecnología puede ser una gran aliada para la conservación de una especie vital para el ecosistema y de esta forma encontrar así las mejores estrategias que permitan una sana convivencia entre animales y seres humanos en un territorio en donde inevitablemente deben converger.

Ana María Velásquez Durán 
Redacción Tecnología 
durana@eltiempo.com 
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