Proceso de Paz

Mapiripán busca una oportunidad en la paz

El municipio del Meta, que  vivió una de las más atroces masacres paramilitares, vive hoy en paz.

Mapiripán busca una oportunidad en la paz

Mapiripán, fundado a finales de los años sesenta por colonos dedicados a la ganadería, vivió la bonanza de la coca en la década del ochenta, que lo llevó irremediablemente a la violencia.

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Rafael Espinosa

18 de julio 2017 , 12:00 p.m.

El municipio del Meta, que hace 20 años vivió una de las más atroces masacres paramilitares, vive hoy con la tranquilidad que le ha dado la firma del acuerdo de paz. Sus habitantes buscan mejorar sus condiciones de vida y piden mayor presencia institucional para que lo ocurrido nunca más se repita.

Hay una huella invisible de la violencia en los habitantes de Mapiripán. Se nota, en parte, por el escepticismo que muchos tienen frente a la posibilidad de que la tranquilidad que hoy se vive pueda durar.

“Ya hace alrededor de dos años que esa zozobra para nosotros pasó, pero nos preocupa esa aparente calma, porque la gente piensa que estos días, estos meses de respiro, nos los van a cobrar con creces”, dice Héctor Fredy Patiño, coordinador de la Mesa de Víctimas del municipio, quien además es el encargado de despachar los vuelos que salen de la pista aérea.

Mapiripán, ubicado en la margen del río Guaviare, en el límite entre Meta y Guaviare, es uno de los municipios del país que sufrió con mayor rigor los efectos del conflicto en el país.

No fue solo la masacre de 1997. Fueron varias más, en diferentes inspecciones, corregimientos y veredas, como Puerto Alvira y La Cooperativa; asesinatos selectivos de cualquier persona que les pareciera sospechosa a la guerrilla y los paramilitares, y hostigamientos permanentes de las Farc, que, desde el otro lado del río, lanzaba cilindros bomba contra la población con tanta frecuencia que, tristemente, terminó volviéndose rutina.

“Aquí, en las casas, teníamos hasta trincheras. Cavábamos un hueco y por encima le metíamos tablas y lonas con tierra y tapábamos. Cuando empezaban a lanzar los cilindros, nos metíamos debajo de la tierra, como los cachicamos (armadillos), para salvaguardar la familia”, cuenta Genaro Romero, víctima de desplazamiento, quien hoy en día tiene un taller en la plaza central del municipio, donde repara desde motos hasta tractores.

Mapiripán busca una oportunidad en la paz

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Rafael Espinosa

Del cielo al infierno

Mapiripán, fundado a finales de los años sesenta por colonos dedicados a la ganadería, vivió la bonanza de la coca en la década del ochenta que lo llevó irremediablemente a la violencia.

“Cuando yo recién llegué de Bogotá (hace 24 años), la guerrilla atacó el puesto de Policía y lo destruyó totalmente. Desde esa época se acabó la Policía en Mapiripán”, cuenta Nelsy Luque, víctima y actualmente concejal del municipio.

Al quedarse el municipio sin Fuerza Pública, las Farc dominaron el negocio de la droga y empezaron a ejercer control sobre la población.

“En 1996, la guerrilla obligó a mucha gente a ir a un paro que ellos promovieron. Iban de finca en finca diciéndonos que teníamos que salir o éramos objetivo militar”, cuenta Romero, quien llegó a Mapiripán hace 35 años, cuando apenas tenía 5, porque sus padres llegaron a trabajar en una finca ganadera.

Entre el 15 y el 20 de julio de 1997, los paramilitares llegaron a disputar el territorio, con el terror como su principal arma.

“A la madrugada llegaron. Todo el mundo pensó cuando los vio que era el Ejército. Después, ya por la apariencia física, todos barbados y por el tipo de armamento, vimos que eran los paramilitares. La orden era no dejar salir a ninguno. Duraron tres días, con toque de queda. Después de las 6 de la tarde nadie se movía, solo ellos. Y entraban con lista en mano. Y ya cuando empezaron a sacar la gente que uno conocía y vimos que lo subían por la calle principal, pues a uno eso lo llena de temor, de asombro y todo eso, pero nos tocaba mantener la calma”, relata Romero.

La sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos sobre el caso de Mapiripán calcula que fueron 49 los muertos, pero no se sabe el número exacto porque a muchos de ellos los tiraron al río. A otros, los asesinaron de una manera macabra, para provocar más pánico en el lugar. Fue el caso de Ronal, encargado de la pista, a quien decapitaron, o el de Sinaí Blanco, a quien degollaron.

Después de esos cinco días de terror, los paramilitares se fueron, temporalmente, pero siguieron incursionando en los años siguientes. A la larga, las Farc se quedaron con el control de la parte sur del municipio, que tiene casi 12.000 kilómetros cuadrados de extensión y es el segundo más grande del Meta, y los paramilitares, con el de la parte norte. La población civil, por supuesto, quedó en la mitad.

“Vivimos una época en que, si salíamos a cierta parte, no podíamos ir porque los paramilitares nos mataban, y al otro lado, la guerrilla, y así vivíamos. Para poder contar la historia, tenía uno que saber vivir, ni allá ni acá, y ser neutral y así era que podía sobrevivir”, dice la concejal Luque.

“Nosotros vivíamos en una finca y la guerrilla salía cada nada a hostigar acá (la cabecera municipal). Nosotros éramos los únicos que veníamos al pueblo a traer a la gente y nos empezaron a meter temor de que los que iban al pueblo era a llevar información. Dijimos no, vámonos porque no vamos a arriesgar la vida aquí. Nos tocó dejar lo poco teníamos, anochecer y no amanecer”, relata Romero.

Y así fue la realidad del municipio hasta que la instalación de una base militar en el otro lado del río, la desmovilización de los paramilitares y finalmente el acuerdo de paz con las Farc, permitieron que llegara la tranquilidad.

Mapiripán busca una oportunidad en la paz

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De cara al posconflicto

Veinte años después de la masacre de 1997, los habitantes de Mapiripán reconocen el alivio que sienten al no vivir ya entre dos fuegos, aunque sus necesidades siguen siendo muchas.

Los habitantes de la población, reconocida como sujeto de reparación colectiva por la Unidad para las Víctimas, coinciden cuando se les pregunta sobre las acciones que esperan del Estado para sentirse reparados.

Entre estas, la formalización de sus tierras, para poder contar con títulos al día y que eviten conflictos entre vecinos; proyectos de vivienda, que estimulen que sus habitantes no se vayan del municipio, pero, por encima de cualquier otra cosa, contar con mejores vías de acceso.

Hoy en día, el viaje por tierra desde Villavicencio hasta Mapiripán tarda unas 12 horas. Hace cuatro años, las Farc volaron el puente de Caño Ovejas, con el cual quienes viajan al municipio podrían ahorrarse hasta seis horas de viaje.

“Tenemos un gran potencial de tierras y hay un gran puñado de campesinos dispuestos a trabajarla, pero no tenemos cómo sacar nuestros productos. La gente opta por no sembrar porque el municipio no es suficiente para consumir todo”, dice Patiño, coordinador de la Mesa de Víctimas.

“Aquí se produce bien. Se da muy bien la yuca, el plátano, el maíz y la fruta, pero el campesino no quiere seguir sembrando a perdida. De aquí a que usted saca el plátano por la carretera ya llega dañado”, agrega Moreno.

John Wilmer Beltrán, secretario de Gobierno de Mapiripán, asegura que el puente ya muy pronto estará en funcionamiento. “En este momento, el contratista ya está en ejecución y, a más tardar el 15 de noviembre, el puente tiene que estar construido”, dice.

Pero a los mapiripenses también les preocupa que la violencia pueda volver. Y en ese sentido, su mayor temor es la cercanía de la disidencia del frente Primero de las Farc.

“Fue más o menos por un año que no hubo ningún inconveniente, todo iba muy bien. Desde hace tres o cuatro meses ha empezado a cambiar ese panorama. Hay unos frentes que están en disidencia, en este caso el frente Primero, que tiene cobijado casi medio Mapiripán, desde Puerto Alvira hacia abajo. Los campesinos en este momento manifiestan que más que el ‘impuesto’ que cobran, no los han molestado, pero eso afecta”, dice una víctima que pidió la reserva de su nombre.

“Es evidente que el acuerdo de paz ha traído ciertos beneficios a la comunidad víctima, pero hay que ser francos y decir que con el departamento vecino del Guaviare compartimos una disidencia. Esa disidencia ya está haciendo apariciones en ciertas veredas, hay ya reuniones y cobro de vacunas”, confirma el personero de Mapiripán, Alejandro Góngora.

Aun con todas estas preocupaciones, las víctimas que viven en Mapiripán no cambiarían su municipio para irse a otra parte.

“Algo que tiene uno aquí en Mapiripán es que yo puedo dejar mi moto parqueada con las llaves puestas y me amanece mañana con llaves y todo. Lo que no puede hacer uno en la ciudad. O caminar libremente y sacar su celular de pronto para contestar una llamada y no tener el problema de que le quiten el celular o la mano”, dice Moreno.

Eso sí, quieren que el municipio deje de ser sinónimo de dolor y de violencia.

“Usted busca Mapiripán por internet y le sale conflicto, guerrilla, paramilitares, pobreza. Queremos generar algo diferente”, dice el secretario de Gobierno.

“A todo el mundo le dicen vamos a Mapiripán y le da miedo venir, por la guerra que ha vivido. La gente le tiene temor a eso, pero cuando llega acá, dice: ‘No, esto es un cambio total’. Mapiripán es tranquilo y la gente es amable, cordial. Como en todo pueblo, hay discusiones, pero eso es normal en todo municipio”, agrega la concejal Luque.

El municipio, que se acostumbró a vivir en el conflicto, ahora se quiere acostumbrar a vivir en la paz.

“Miren a Mapiripán con otros ojos. Mapiripán no es solamente lo que fue hace muchos años, violencia, sino que es una tierra que está pidiendo una oportunidad para salir adelante”, afirma Moreno.

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Rafael Espinosa

LUIS CARLOS GÓMEZ
Para EL TIEMPO.

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