Gobierno

Se acabaron las vacaciones: El pueblo no come. ‘Sorry’

'Nunca se cumplieron las originales ecuaciones del Frente Nacional'.

Pobreza

“Desafortunadamente, ocurre que muchas personas no son bien conscientes de que su posición social y económica está asentada sobre generaciones de injusticia”, destaca Shaio.

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Jaime Moreno / EL TIEMPO

Por: Pedro Shaio
03 de agosto 2018 , 08:35 p.m.

En mi juventud, Alberto Lleras era el héroe de la patria. Una vez, un domingo de 1960, charlando con mi papá después del golf, le escuché decir:

–Mira, Eduardo, al mercado de trabajo están llegando cada año doscientas mil personas, y no tenemos más de cincuenta mil puestos de trabajo nuevos cada año.
Nunca olvidé esa terrible ecuación que no cuadraba por un factor de cuatro.
Con esto, Lleras explicaba que había una tensión estructural en el sistema, imposible de resolver a corto plazo, o sea que no dependía de un solo gobierno. A largo plazo, Lleras Camargo obró para que la tasa de natalidad descendiera de casi 3,5 por ciento a la mitad, y en el terreno económico, él y su primo Carlos Lleras Restrepo, a brazo partido, trataron de hacer una reforma agraria que mantuviera en condiciones de dignidad a la población en el territorio.

Y trabajaron, con los primeros economistas –Hernán Echavarría, Rodrigo Botero, Wiesner, Villaveces y otros– para organizar el desarrollo industrial. Muy confuso el contexto, con el argumento sobre la sustitución de importaciones, las limitaciones del crédito internacional. Conflicto heredero del conflicto entre campo feudal y ciudad comercial que caracterizó el período de madurez de la Colonia.

Y la tragedia rural. Se supone que una población que habita un territorio tiene el derecho de vivir en ese territorio, y vivir de ese territorio, máxime si es uno de los más ricos del planeta y la densidad poblacional es baja. Pero no, en Colombia, una diminuta clase, renovando a sangre y a fuego su privilegio cada dos o tres generaciones, quiere poseer toda la tierra buena y hacer con ella negocios internacionales. Y los demás que se las arreglen dentro de la miseria. Y sus hijos, también.

Después se sorprenden de que los colombianos seamos tan ‘malos’. Lo decía y repetía, perplejo, Hernando Santos Castillo, director de EL TIEMPO. Por lo menos tuvo la gracia de su perplejidad.

Pero en esa época de los Lleras, a mediados del siglo pasado y saliendo de la Violencia (300.000 muertes, muchas atroces), seguía viva la esperanza de poner a funcionar la economía para dar trabajo; y, con impuestos, perfeccionar la República Liberal creada por Alfonso López Pumarejo y mantenida por Eduardo Santos. Y de esa manera convivir en paz. Y tácitamente se aceptó que los ricos se volvieran más ricos, siempre y cuando el cometido social se cumpliera. Un país necesita una aristocracia porque necesita tradición y estilo, porque eso, encima de un pueblo que prospera y está sano, eso funciona. Por último, había capilla en el Gimnasio Moderno, zanjando un poco la vieja pelea entre Iglesia y liberalismo.

Pero nunca se cumplieron esas originales ecuaciones sanas del Frente Nacional (1958-1974), sino que una mezcla explosiva se encargó de volver trizas la historia patria.

El Estado poco a poco perdió el idealismo del primer impulso de a) modernizar el campo y b) dinamizar la industria, y c) se volvió clientelista. Con esto, los funcionarios d) ni trabajan ni dejan trabajar, sino que se vuelven mediadores de intereses.

Y la idea del desarrollo se interpretó como la oportunidad de los ricos de volverse más ricos ad infinitum.

Pero desarrollo no es lo mismo que riqueza; el desarrollo plantea más bien una problemática antropológica consistente en incidir en una cultura, o sea, en un conjunto exhaustivo y coherente e histórico de características, para sostener lo que haya de bueno y corregir lo que esté mal, adaptando la cultura al cambio, que es lo permanente, lo único.

Creer que el país lo que debe ser es buen negocio ha empobrecido tanto el pensamiento que este nunca ha sido capaz siquiera de reflejar ni a tenue luz la realidad, con lo cual no ha habido manera de trazarle un rumbo al país. Sin Cien años de soledad como relato de una génesis local pero universal que nos ancla, estaríamos totalmente perdidos. No hay país real, sino solo país económico y, a su servicio, país político.

Un país no es un negocio. Miren el resultado. El capital en Colombia es colonizador, es como decir que funciona como un conjunto cerrado en medio del campo, una sumatoria aleatoria de intervenciones tecno-ecológicas asistémicas, afanadas, distorsionadas por el ansia de lucro. Algo sin ritmo, ton, son. Lo que hemos desarrollado es la incultura, la atomización inorgánica del territorio y de la conciencia.

Volviendo a la historia, cuando el régimen del Frente Nacional no cumplió sus promesas, concretamente cuando Carlos Lleras no pudo darles propiedad a los campesinos, vieja promesa incumplida del Partido Liberal, surgió la guerrilla. Y al tiempo, fatalmente, cundió el narcotráfico.

Los dos fenómenos se confabularon, incluyendo rebeldes y traficantes como hechos por Central Casting, pero igualmente a muchísimos actores ocultos dentro del sistema, para protagonizar el período más confuso y violento de nuestra historia, el ‘guerrillo-narco-para-militarismo’, con sus cuatro elementos, aprovechando las ganas de meter coca en el primer mundo, el Plan Colombia, el alto precio del petróleo y la creencia equivocada de la clase dirigente –de la que Simón González finalmente no la pudo curar– de que desarrollo es sinónimo de hacer buenos negocios. Pero fue una fórmula de alto octanaje.

Y no produjo una sociedad que representara un paso adelante en el desarrollo de la cultura –para hacer hincapié en lo dicho–, sino un país disfuncional, con tecnología inapropiada, sin diseño urbano, con incómodas condiciones de vida. Y dominado por la violencia y la corrupción del narcotráfico en sus vertientes políticas, criminales y mixtas. Y, ya en el colmo de la insensatez, el Estado mismo pasó a ser protagonista del desorden.

Ahora bien, el emblema de este período se llama Álvaro Uribe Vélez. En él y alrededor de él, con él o contra él, se reúnen casi todos los elementos de esa situación que con el tiempo vino a dar en el conflicto que hace crisis ahora. Debe ser muy doloroso para un individuo tener que encarnar elementos tan dispares y contradictorios. Uribe es para muchos un Cristo.

Y no niego que las esperanzas de la gente decente de vivir una vida próspera y digna también las encarna Uribe. Desafortunadamente, ocurre que muchas personas no son bien conscientes de que su posición social y económica está asentada sobre generaciones de injusticia. Simplemente creen que las cosas son así porque así deben ser, como por disposición divina. Pues se les acabaron las vacaciones.

Porque los que nos quedamos por fuera, el 65 por ciento de los colombianos, dos de tres, no sentimos a Dios en todo esto. Todo lo contrario. Por pobreza se quedan sin protección, sin techo, muchísimos niños y ancianos; y malcomidos, millones y millones de colombianos. Es una degradación macrosocial, generación tras generación, una laceración, un lento suicidio nacional, una barbarie. Por pobreza no podemos desarrollar nuestros talentos ni intereses para prosperar y contribuir. Por pobreza no nos podemos cuidar la salud y trabajamos menos y morimos antes de tiempo. Por pobreza, en una palabra, sufrimos. Esto es lo que los ricos no entienden, no tienen cómo entender ¡caramba!

Pero es por todo ese sufrimiento que creció la oposición en Colombia. Fajardo. Petro. A poco que no ganan.

La suerte del gobierno entrante ahora en 2018 es que el mandatario no se trastea con un mobiliario tan ornamentado. Iván Duque es un tecnócrata, nacido en familia política, hombre de familia. La biblioteca de su papá llegó a tener dieciocho mil volúmenes. Tocó guitarra. Espero que haga fiestas bailables con orquesta tropical en el Palacio de Nariño, y otras con mago. Que le ponga ritmo a la cosa.

El desenvolvimiento de la situación de Uribe lo afecta en grande; y si no resuelven rápido cómo hacer con el poder, la resultante confusión perjudicaría a la entrante administración. Va a ser interesante ver pasar a los gremios de críticos sempiternos del sistema a actores del sistema. Vamos a ver si salen con algo.

Obama ganó con la aplicación de la tecnología a la comunicación directa viva con una amplia gama de personas del común, pero eso no le dio gobernabilidad porque el establecimiento tiene vida propia, poder propio –eso es lo que define una economía privada, capitalista, basada en las decisiones de los inversionistas (pero condicionados por los detentores del capital y los que tienen tecnología)–. Empero, un sistema sin claridad sistémica. Sin una ecología propia, viva. Con magnates: Elon Musk, los cuatro grandes de la electroespectro-tecnología, Soros, los Microsoft, Bill y Melissa y el banquero amigo, Warren. Los Koch. Murdoch. Sin unidad.

Volviendo al escenario nacional, no sé si tenga Duque claridad estratégica; pero no es solo tener las buenas ideas, sino mezclarlas sabiamente con las obligaciones, que no dan espera.

Mucho tiene que ver con el tiempo. Por ejemplo, crear una base de discusión sobre la coca, que es la segunda y principal parte de hacer la paz en Colombia, requiere la preparación de varios años, mientras que una administración política se va en un flash de cuatro años. Pero ¿cómo armar una política para las relaciones bilaterales y los escenarios internacionales sin sustento científico?

En este y tantos campos, la nueva administración llega en un clima de ausencia de buen juicio académico dentro del acervo estatal, y va a tener que ser muy ágil para estructurar una respuesta efectiva a la situación.

De todas maneras, la gente no les está parando bolas a los centros de poder tradicionales. En esta campaña Petro salía a la plaza y le daba un encuadre histórico acertado al tema que iba a tratar. Y el pueblo, inteligente cómo es, respondía. Era el único que sabía de lo que estaba hablando. Fajardo, pues un señor de principio a fin. Se le abona. Duque, presentado, ocupando su posición con prudencia y cadencia. Hay que esperar.

Pero el pueblo no come. 'Sorry'.

PEDRO SHAIO -
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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