Congreso

La revancha de Lizcano: volvió al Congreso 18 años luego del secuestro

Fue plagiado por las Farc en agosto del 2000, a los 3 meses de posesionarse como representante.

Óscar Tulio Lizcano

Óscar Tulio Lizcano forma parte de la Comisión Cuarta de la Cámara; además, es uno de los trece integrantes de la Comisión de Paz del Congreso.

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Cámara de Representantes

Por: Mateo García
11 de octubre 2018 , 11:29 p.m.

Cuando Óscar Tulio Lizcano camina por los pasillos del Congreso, es muy probable que se encuentre con uno de sus secuestradores porque su regreso a la política, 18 años después de ser secuestrado por las Farc, coincidió con la llegada de los exguerrilleros al Capitolio.

Pero desde antes de posesionarse sabía cómo iba a reaccionar ante esa situación. Pensó que cuando tuviera enfrente a uno de los desmovilizados, lo iba a mirar a los ojos y le iba a decir que lo perdonaba, porque, dice, no tiene odios en su corazón: “De seguir con odios, estaría mentalmente secuestrado. Entonces, yo ya me liberé; duermo tranquilo, no tengo odios”, comenta Lizcano, quien ya lleva más de dos meses como congresista y viendo todos los días a miembros del partido Farc.

Incluso, el pasado agosto, como miembro de la Comisión de Paz del Congreso, viajó con parlamentarios como Pablo Catatumbo a los espacios de reincorporación del Caguán, para revisar el cumplimiento de los acuerdos.

El 5 de agosto del 2000 fue el primer encuentro de Lizcano con ellos. A los tres meses de haber asumido como representante a la Cámara por Caldas –con 48.000 votos por el Partido Conservador– fue retenido en una vereda de Riosucio, su pueblo natal. En ese momento, el congresista de 54 años se convirtió en el primer político privado de la libertad por la guerrilla, dirigida en ese entonces por Manuel Marulanda, alias Tirofijo.

Óscar Tulio Lizcano

Lizcano, con el entonces ministro de Defensa Juan Manuel Santos, luego de fugarse.

Foto:

Juan Carlos Escobar. Archivo EL TIEMPO

El objetivo del secuestro era presionar al gobierno de Álvaro Uribe Vélez a realizar un intercambio humanitario. El tiempo fue pasando lentamente, y el martirio de Lizcano se prolongó durante ocho largos y desgastantes años, en los que habló muy pocas veces y recorrió decenas de campamentos. La poesía, los mensajes de su familia y darles clases a los árboles lo ayudaron a sobrevivir.

No sabe exactamente en cuántos campamentos estuvo. Inicialmente fue en Caldas; luego, Risaralda, y finalmente, Chocó. Marchaba todos los días, recuerda, y su paso era acompañado por unos versos del español Miguel Hernández: “Sigue, pues, sigue, cuchillo, volando, hiriendo. Algún día se pondrá el tiempo amarillo sobre mi fotografía”, porque para él, la poesía, “como decía Mario Benedetti, es un drenaje que le permite a uno no temerle a la muerte. Siempre, cuando me sentía mal, leía poesía”.

El profesor de los árboles

No pudo sobrevivir solo con los poemas que le llegaban al alma y el recuerdo de su familia. También necesitaba hablar, pero no tenía con quién, porque a los guerrilleros de base entonces no se les permitía dirigirle la palabra a uno de los botines de guerra más valiosos de la guerrilla. De hacerlo, se expondrían a ser castigados o fusilados.
Solo le hablaban los comandantes, que fueron 17 en esos años. Es decir, en sus ocho años de cautiverio conversó con un poco más de 20 personas, lo que le estaba provocando la pérdida del habla.

Fue ahí, ya en un momento de crisis, cuando en uno de los mensajes de sus familiares, amigos y estudiantes, recibidos por intermediación de la entonces senadora Piedad Córdoba, surgió la idea de darles clases a los árboles y evocar esos momentos de su cátedra de matemáticas en la Universidad Nacional y de economía en otras universidades de Manizales.

Nunca pensé en volver a la política. La decisión de regresar la tomé ocho días antes de inscribirme

Entonces arrancaba una hoja de cuaderno, les ponía nombres a los árboles y él mismo preguntaba y respondía. Las clases se complementaban gracias a los programas de La historia del mundo, de Diana Uribe, pues se los aprendía y los recitaba a sus improvisados alumnos. Con esto, de alguna manera, combatió la soledad, “lo que más me golpeó”, dice Lizcano.

Habla pausado, sin afanes, en tono menor y con una sonrisa final que matiza cada una de sus intervenciones.

Y aunque los guerrilleros no le hablaban, él se buscaba la forma de comunicarse con ellos, o de ayudarlos. Al ver a las parejas discutir, les escribía poemas para su reconciliación. En forma de agradecimiento, ellos le regalaban unas pulseras coloridas. Hoy, más de diez años después, las lleva puestas.

Así fue pasando el tiempo. Leyendo poesía, marchando todos los días, dándoles clases a los árboles, comiendo lentejas día y noche, siempre con la esperanza de ser libre.

La fuga

No escuchó la palabra ‘libertad’ por mucho tiempo. Hasta que sucedió una coincidencia providencial.

Años atrás, como parte de su actividad política, Lizcano le había gestionado la asignación de una casa a la mamá de alias Isaza, un índígena guerrillero y además paisano suyo, que por un azar de la vida, durante el secuestro, tuvo que ser su carcelero. Pero ni Lizcano ni ‘Isaza’ sabían de esa conexión a la que los llevó el destino.

Es más, ‘Isaza’ había llegado al campamento apenas tres meses atrás y fue responsabilizado de la vigilancia del secuestrado estrella de esa guerrilla.

El siguiente paso fue que la madre de ‘Isaza’ reconoció al político plagiado en televisión, cuando se emitió la noticia de unas pruebas de supervivencia de Lizcano en un video que lo mostraba en pésimo estado de salud, lo cual le hizo pensar a la mujer que el congresista iba a morir pronto. Y le rogó a su hijo que ayudara a que lo liberaran.

Pero ‘Isaza’ no había sido trasladado aún a ese campamento. Así que la respuesta a su madre fue: “No me insista. Yo no conozco a ese señor”. “Ciertamente, él no me conocía; esta selva es muy grande”, relata Lizcano.

Una vez llegado a un campamento en la selva chocoana, ‘Isaza’ pasaría de ser su carcelero a su libertador.

El 27 de octubre de 2008 le dijo a Lizcano que esa noche se fugarían. Ese día, a eso de las diez de la mañana, Lizcano pidió permiso para bañarse, pero obtuvo un regaño de ‘Isaza’. Siempre lo trataba mal, para no generar sospechas del plan que comenzó a tramar.

Casi una hora después, el guerrillero llegó con un tablero de ajedrez para ver si jugaban, pero Lizcano se negó dos veces. A la tercera aceptó. Ahí, cuando organizaban las fichas, escuchó por primera vez, en muchos años, la palabra ‘libertad’.

–Yo lo voy a sacar. Usted se va a morir aquí –le dijo el guerrillero con cautela–.
–Sáqueme –le respondió Lizcano, sorprendido y con desesperación. Luego se puso de pie y agregó en un tono más fuerte:–No me deje morir.
–Deje esa bulla, que nos pillan. ¿Cómo se siente? –preguntó ‘Isaza’–.
–Bien –respondió Lizcano–.

Oscar Tulio Lizcano

Oscar Tulio Lizcano y Wilson Bueno Largo, alias Isaza, en 2009.

Foto:

Fernando Ariza. Archivo EL TIEMPO

Esa noche, ‘Isaza’ estaba de guardia. Él, como comandante de unas 20 unidades dedicadas al cuidado del político, también debía vigilar el campamento. Aprovechando que todos dormían, a las nueve de la noche se acercó a Lizcano y le ordenó: “Viejo, póngase las botas que nos vamos”.

Marcharon durante tres noches, pasando por los caños y ríos de Chocó. Avanzaban de noche y se escondían de día. No podían correr el riesgo de ser descubiertos, pues para defenderse solo tenían una granada y un fusil.

El mal estado de salud de Lizcano no fue impedimento para sus planes; las ansias de libertad le curaron, momentáneamente, los males. Saber que iba a ver a su esposa y a sus hijos era motivo suficiente para marchar siempre hacia adelante, hasta encontrarse con hombres del Ejército, tal como lo había planeado ‘Isaza’, que conocía bien la zona.

En ese momento cantaron victoria. El congresista fue trasladado a una base militar; lo recibió el entonces ministro de Defensa, Juan Manuel Santos. Habló con su familia, le dijo a su esposa que se le habían quedado los poemas que le escribió y también habló con el presidente del momento, Álvaro Uribe Vélez, a quien le solicitó garantías para su carcelero.

En la primera rueda de prensa tras la liberación conmovió a los colombianos con sus historias de la selva, entre poemas y clases, desde sus primeras palabras: “Deben comprender de pronto mi incoherencia por la falta del ejercicio de la palabra, toda vez que no podía hablar ni comunicarme con ninguno de los guerrilleros que me custodiaban”.

Diez años después

“Nunca pensé en volver a la política. La decisión de regresar la tomé ocho días antes de inscribirme”, cuenta el congresista, quien durante los últimos diez años se ha dedicado a su familia, a la literatura –escribió el libro Años en silencio– y volvió a la universidad.

Cursó una maestría en Filosofía y Letras en la Universidad de Caldas, con una tesis sobre el perdón. Estudió alemán y hace año y medio comenzó un doctorado en la Universidad Santiago de Compostela, en España, donde trabaja tres temas relacionados con él y el país: el perdón, el mal y la culpa.

Jamás pensaba volver a la política, pero la situación nacional lo motivó a ser candidato una semana antes del cierre de las inscripciones a la Cámara de Representantes por Caldas, con la Unidad Nacional, el mismo partido de su hijo, el excongresista Mauricio Lizcano.

Esta vez llegó al Congreso con 28.000 votos. “A mí se me había frustrado el sueño de llegar al Congreso para trabajar, particularmente por Caldas, porque apenas llevaba tres meses de haberme posesionado cuando fui secuestrado. Ese fue uno de los motivos: poder cumplir los compromisos de trabajar por la región que había adquirido”, explica.

Hoy tiene 71 años. El regreso al Congreso, narra, fue emocionante. Reconoce que sintió nervios durante la posesión y dice, con una risa burlona, que cada vez que se encontró con los viejos amigos parlamentarios, ellos, con una sonrisa, le preguntaban que qué hacía ahí.

Como víctima, quiere enriquecer el debate, en lo relacionado con el posconflicto: “Lo que fundamentalmente me motivó fue el tema de las víctimas, llevar la vocería. En el Congreso, las víctimas no han sido realmente tenidas en cuenta”, dice Lizcano, y explica: “Las víctimas no han sido reparadas de manera integral en temas de vivienda, educación y salud”.

Por este motivo cree necesaria una reestructuración de la Unidad de Víctimas, la cual, a su parecer, “no ha respondido a las expectativas para las que fue creada”. Esos asuntos, así como los de su región, entre ellos el proyecto del aeropuerto del café, son los que quiere sacar adelante.

Ahora, quienes escucharán sus discursos no serán los árboles. Lo harán sus colegas, entre ellos los exguerrilleros, quienes le podrán hablar sin temor de ser castigados o fusilados.

MATEO GARCÍA
Redacción EL TIEMPO
En Twitter: @teomagar

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