Opinión

Vivo en Venezuela

Viví y vivo en Venezuela, donde ya ningún anuncio, por muy malo que sea, resulta sorprendente.

08 de agosto 2018 , 12:21 a.m.

Viví en un país donde se servían dos platos de más en el almuerzo para las visitas no esperadas, donde no se usaban tarjetas débito ni se preguntaban precios, y cuando algo fallaba, se compraba de nuevo. Ahora vivo en un país donde tener dinero en efectivo es un lujo que se desperdicia en el autobús y donde ya se desconoce la diferencia entre miles y millones.

Viví y vivo en Venezuela, donde ya ningún anuncio, por muy malo que sea, resulta sorprendente, porque el socialismo nos ha enseñado a esperar lo peor.

Entre otras noticias, ya no son tres ceros los que convierten a nuestro bolívar fuerte en soberano, ahora son cinco. Después del 20 de agosto, el sueldo mínimo ya no serán 5 millones de bolívares, sino 50 bolívares, todo como parte de una estrategia inútil para reducir la hiperinflación. Por su parte, el carnet de la patria, instrumento de control creado por el Estado, también tendrá un nuevo uso: pagar la gasolina.

Escuchar amenazas de quien se dice presidente ya se nos ha vuelto normal, de modo que cuando Maduro anunció que para llenar el tanque de la gasolina más barata del mundo (cuyo valor oscila entre 1 y 6 bolívares) se necesitará un trozo de plástico impreso en la sede del PSUV, solo se produjo uno que otro comentario, pero no faltaron quienes aun siendo opositores, diligentemente se unieron a la patria.

Nací en la llamada Cuarta República, un año antes de que el mapa se tiñera de rojo por primera vez. Crecí sin conocer el concepto de inflación ni el significado de política. Viví en la época en la que las facturas del supermercado median tres metros y cuando la bandera solo tenía siete estrellas: viví en la República de Venezuela cuando, aun estando en comunismo, se respiraba el aire de la extinta democracia.

Ahora, a los 20 años, vivo en una Venezuela que no es ni la sombra de la que solía conocer; donde el carnet de la patria convierte a quienes no lo portamos en indocumentados, teniendo más usos que la cédula de identidad; donde renovar el pasaporte resulta un suplicio e inscribirse en la universidad, una decisión de osados. Vivo en un país donde el sueldo de un mes se invierte en un kilo de queso, donde se va la luz en el estado que genera la electricidad y donde el petróleo… bien, gracias.


ELLY HERNÁNDEZ

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