Opinión

Estudiantes-Gremio y el recuerdo de aquel 3 a 3

Quiso el sorteo que la Libertadores retornara con un choque histórico, cargado de recuerdos.

12 de agosto 2018 , 11:36 p.m.

Volvió la Libertadores. Dos meses y medio después de culminada la primera fase, pasado el Mundial y su viento de cola, regresó el viejo amor suramericano: la Copa. Y quiso el sorteo que retornara con un choque lleno de historia, cargado de recuerdos: Estudiantes-Gremio. El Pincha, la prueba más cabal de que la mística existe, le ganó con un equipo minado de juveniles al actual campeón: 2 a 1. El cuadro de Juan Ramón Verón –estandarte para toda la vida– acomete un descomunal esfuerzo económico para terminar su estadio, ubicado en una zona privilegiada de La Plata. 

Las viejas maderas que enmarcaron la gloria de La Bruja, Madero, Malbernat, etcétera, ya no están, en su lugar se levanta un coqueto escenario de cemento que, además, será modernísimo, dicen. Y muy elegante. Estudiantes ha apostado todo a su nuevo coliseo y conformó un plantel austero, lleno de chicos de abajo, política que se mantendrá hasta terminar de pagar el nuevo recinto, cuya inauguración se anuncia en diez meses, acaso doce.

Con la garra que es marca de la casa –implantada por el Estudiantes de Zubeldía tricampeón de América 1968, 1969 y 1970– los jóvenes, algunos con dos o tres partidos en primera, se batieron a fondo y sacaron adelante un primer duelo complicado. Gremio, a pesar de las ausencias de Arthur, transferido al FC Barcelona, y del lesionado Everton (magnífico delantero de 22 años), presentó el resto del equipo campeón del 2017. Estudiantes lo superó bien, con fuerte presencia física y anímica, también con un golazo de Apaolaza ‘a lo Coutinho’ (combado a un ángulo del segundo palo, esas bolas que parecen irse afuera, empiezan a doblar y entran) y un perfecto cabezazo del gigantesco zaguero Campi.

Más que del partido actual, imperó la evocación del de 1983. El miércoles se cumplieron 35 años. Fue el 8 de agosto de 1983, el año del primer título de Gremio. Por una decisiva semifinal de la Libertadores de aquel año, se midieron en la vieja canchita estudiantil. “Fue una final anticipada, porque los dos teníamos un equipazo, incluso con características muy similares”, dice hoy Miguel Ángel Gette, zaguero que protagonizó aquella noche de copas como pocas. Noches ásperas, de esas que atraen no por estética futbolera sino porque se intuye músculo, nervio, topadas, broncas, pulsaciones al límite, pierna fuerte.

Eran aquellas semifinales de tres equipos; el ganador pasaba a dirimir el título. Gremio llegaba con cuatro puntos y Estudiantes con tres. El que ganaba quedaba a un paso de la final. Era el Gremio de Renato Gaúcho, Tarciso, Tita, Osvaldo, Casemiro, Hugo de León, el notable lateral derecho Paulo Roberto… Y el Estudiantes de Trobbiani, Russo, Sabella, Ponce, Brown.

Es virtualmente imposible que se repita un choque más caliente, era otra época, hoy no se da una batalla de ese fragor; o bien se suspendería. Se caldeó antes de empezar. Cuando aún no habían movido el balón del círculo central, el juez uruguayo Luis Fredy da Rosa amonestó a Marcelo Trobbiani, muy ansioso desde el vamos. Ya en el juego empezaron las asperezas, las recriminaciones, los roces permanentes. Y la gente de Estudiantes a cada momento encima del árbitro. “Para peor, había llovido y la cancha estaba muy pesada, mucho barro, y eso contribuyó para que se dieran entradas muy duras –evoca Gette–. Gremio no parecía un equipo brasileño sino más bien uruguayo”.

La apretada cancha albirroja era un volcán. Llena hasta el guardabarro, la gente metió un clima de infierno. Adentro hubo agresiones, arremolinamientos, empujones, entradas salvajes. Un proyectil impactó en la cabeza del juez de línea Ramón Barreto produciéndole un corte; un botellazo le pegó al arquero gremista Mazaropi. Hoy no se hubiese seguido jugando, pero en ese tiempo se permitía todo. Además, Da Rosa habrá pensado que, si lo suspendía, no salía con vida del estadio. Y siguió. Los hombres de Estudiantes se le iban encima al juez a cada momento a reclamar. “Entonces había otra mentalidad, pensábamos que si lo presionábamos lo íbamos a aflojar”, admite Gette, que luego vivió en Brasil y se casó con una brasileña. Pero el árbitro lo tomó como que intentaban matonearlo y se blindó a fuerza de tarjetas. Al minuto 31 expulsó a Trobbiani, muy exaltado, y segundos después, con Marcelo aún en la cancha, le sacó roja a Ponce. Estudiantes veía que se le escurría la Copa. El ambiente se tornó irrespirable. Con nueve, se fue arriba igual el dueño de casa y Gurrieri abrió el marcador: 1-0 Estudiantes. Pero la diferencia numérica era mucha y Osvaldo empató sobre el final del primer tiempo.

En la reanudación, en los primeros dieciocho minutos hubo dos nuevos goles de Gremio, que se puso 3-1. Enloquecidos, los jugadores de Estudiantes seguían increpando al juez, quien expulsó a dos más: Julián Camino y Hugo Tévez. El público comenzó a mover el alambrado, la excitación era demasiada. Faltaban 26 minutos más el tiempo añadido y Estudiantes con siete efectivos frente a los once de Gremio. Podía pensarse seriamente en una goleada de 8 o 9 a 1. Pero se produjo uno de esos sucesos que el fútbol entrega cada tanto: esos siete atropellaron a los once, los llevaron por delante, los apretaron contra su arco. Gurrieri, un puntero zurdo electrizante, tuvo una noche endiablada y marcó el descuento: 2-3. El público, ya menos irascible, se entusiasmó ante la posibilidad de un milagro y alentó furiosamente. Gremio, confundido, no salía de su área. Sabella hacía estragos con su zurda de terciopelo. Faltando cuatro minutos, en una veloz internada en el área, Gurrieri pateó al arco, hubo un rebote en un defensa y Miguel Ángel Russo, el actual Miguel de Millonarios, la mandó a la red. Pateaba menos al arco que Giroud, Miguelito, pero le quedó la medalla de ese gol.

Aún con todo lo sucedido, era una hazaña memorable: siete arrollaron a once y les empataron 3 a 3. Nunca volvió a repetirse.

El mariscal uruguayo Hugo de León, capitán de Gremio, evocando el partido años después señaló que ellos estaban más preocupados en su seguridad que en el resultado. “Temíamos seriamente que pudiera ceder el alambrado y ocurriera un desastre”, dijo. Pero aún con el clima bélico que se dio por la indignación del público y de los jugadores albirrojos a causa de las expulsiones, se había consumado una proeza. A la semana siguiente, con chances aún de ser finalista, aunque diezmado, Estudiantes fue a Cali con la obligación de ganarle al América para llegar a la final. No pudo, quedaron 0 a 0. Y Gremio conquistó su primera Libertadores.

Tiempos en que la Copa se jugaba con canilleras, tobilleras y armadura. “De cuando la Copa era la Copa”, según los nostálgicos.


JORGE BARRAZA

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