Editorial

Trump sacude Europa

La relación de Estados Unidos con este continente se enfrenta a una grieta inédita.

14 de julio 2018 , 11:28 p.m.

Las acciones suelen ser más elocuentes que las palabras. Esto bien lo saben los dramaturgos. Una imagen del encuentro del viernes pasado entre el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y la reina Isabel II de Inglaterra en la que el mandatario camina a su propio ritmo, ignorando por completo a su acompañante, quien se ve a gatas para reubicarse a su lado como manda el protocolo, es reveladora de lo que ocurre hoy en la relación entre Estados Unidos y el Reino Unido, sí, pero también entre el país del norte y todos los del continente europeo que por más de medio siglo fueron sus aliados.

Y es que la gira que por estos días desarrolla Donald Trump por Europa ha dejado ver a las claras cuál es la nueva realidad en el vínculo entre la superpotencia y el bloque europeo. De la solidez que la caracterizó desde el final de la Segunda Guerra Mundial se pasó, por cuenta del actual y controvertido presidente, a un estado de resquebrajamiento que tiene pasmados a millones en el planeta.

Nadie se habría imaginado hace apenas dos años que Estados Unidos fuera para sus socios de la Otán un dolor de cabeza antes que la figura cercana a la de padre protector, que fue la norma desde cuando se silenciaron los fusiles en 1945. Para ser claros: por culpa de su actual mandatario, la nación norteamericana pasó del rol de policía bueno del planeta, garante de los valores básicos democráticos que permiten la convivencia, al errático papel de ‘sheriff’ malo.

Desconociendo cualquier canon diplomático y, sobre todo, un pasado de trabajo en equipo en pos de nobles objetivos, comenzando por el de la reconstrucción de Europa a través del recordado plan Marshall, Trump arremetió esta semana en Bruselas, sede de la cumbre de la Otán, contra los miembros europeos de esta organización. Lo hizo al punto de calificarlos de delincuentes por, según él, no cumplir con sus compromisos en materia de aportes: esto es, una suma equivalente al 2 por ciento del PIB anual, cantidad que ni el mismo país de Trump cumple con girar. Tal actitud termina dándoles la razón a los movimientos nacionalistas y de extrema derecha que en cada país, Alemania incluida, enarbolan las banderas del antieuropeísmo.

Todas las miradas se concentran en la siguiente escala: Helsinki; allí se reunirá con su homólogo ruso, Vladimir Putin. Y en un punto clave: qué posición asumirá frente a la anexión rusa de Crimea

Con todo esto, hay argumentos para sostener que lo de Estados Unidos en política internacional es claramente el unilateralismo, postura que, por cierto, no es nueva en su historia. Lo que sí puede ser inédito es el grado de aislacionismo al que este puede llevar a la potencia.

Perdidos en el pasado parecen haber quedado ya los tiempos del multilateralismo, de las alianzas y, en especial, de Europa como aliada por excelencia. En este sentido, no exageran los líderes del opositor Partido Demócrata que han considerado el actuar de Trump más afín a los intereses de un país con una democracia tan cuestionable como Rusia que a los de naciones donde impera el Estado de derecho. Pero, sobre todo, se le reprochan sus ires y venires en un asunto tan sensible como el de la política exterior: prueba de ello fue cómo pasó de criticar duramente a la primera ministra del Reino Unido, Theresa May, en una entrevista al diario ‘The Sun’, por la manera como ha llevado las negociaciones del ‘brexit’ con la Unión Europea, a, horas después, en una rueda de prensa, mostrarse mucho más benevolente y conciliador.

Por ser tan visceral, es muy difícil descifrar a Trump y entender qué es en últimas lo que motiva sus actos. No obstante, hay coyunturas cercanas que pueden dar luces. Para muchos observadores, la proximidad de las elecciones en las que se renovarán 435 escaños de la Cámara de Representantes y un tercio de los 100 del Senado, y con un alto riesgo de que el inquilino de la Oficina Oval pierda las mayorías que actualmente tiene en el Legislativo, lo ha obligado a actuar para complacer a la línea más dura de sus electores. Esos que aplauden de pie cada vez que un presidente de su país les habla duro a sus colegas de otras naciones. Algo similar sucede con la guerra comercial que ha decidido emprender contra China.

También hay que traer a colación el hecho de que su imagen ha quedado maltrecha luego de revelarse los audios e imágenes que daban cuenta de la forma cruel e inhumana como eran separados de sus padres los hijos de quienes ingresaban al país ilegalmente. Lo de esta semana en el Viejo Continente le es funcional, sea para congraciarse con su gente o para, simplemente, distraer la atención de esta polémica. Y es que esta semana se cumplió el plazo que le dio un juez federal para reunir a los infantes con sus familias, tarea que no pudo cumplir el Gobierno.

Ahora todas las miradas se concentran en la siguiente escala: Helsinki; allí se reunirá con su homólogo ruso, Vladimir Putin. Y en un punto clave: qué posición asumirá frente a la anexión rusa de Crimea. De reconocerla, estaríamos ante un sacudón sin precedente conocido reciente del tablero del ajedrez geopolítico mundial.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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