Editorial

Trazar ya una raya

La vida es sagrada; en la política no puede haber espacio para las vías de hecho.

04 de marzo 2018 , 10:53 p.m.

La combinación de política y violencia ha sido uno de los grandes lastres que esta sociedad ha arrastrado desde el primer día de vida republicana, y ha causado tanto dolor. Cuando se creía que por fin nos habíamos librado de él, gracias a la firma del acuerdo de paz con las Farc, distintos factores han hecho que este fantasma ronde amenazante las elecciones presidenciales de este año.

Las causas y el contexto son diferentes a los de otros momentos de la historia, pero son similares la vehemencia, la intemperancia y, sobre todo, las dificultades para lograr un acuerdo que permita trazar, ya, un límite que separe lo tolerable de lo inaceptable.

Hay que condenar con total firmeza los ataques que el viernes pasado sufrieron Gustavo Petro en Cúcuta y Álvaro Uribe en Popayán. Y pedirles a todos los involucrados en la contienda que estén a la altura de sus respectivas responsabilidades, bien sea como candidatos o como funcionarios. Lo anterior significa obrar con pies de plomo, aferrados a la Constitución y con clara conciencia de que sus roles les conceden la posibilidad de participar en la decisión de si el siguiente capítulo de la historia será uno más de violencia o uno inédito de entendimiento y construcción colectiva de una nación.

Pero, sobre todo, hay que ser claros en que es el momento para que todos los que han confiado en nuestra democracia y sus reglas para presentarse como aspirantes a cargos de elección popular, y en particular quienes aspiran a ser el presidente de la república, envíen a sus seguidores un mensaje contundente que no deje duda alguna sobre su radical rechazo a la violencia como herramienta de campaña.

Se trata, insistimos, de trazar una raya: la vida es sagrada; en la política no puede haber espacio para las vías de hecho. Un esfuerzo que, luego, debe ser acompañado y respaldado por todos los sectores para que el destino de Colombia no sea el de las sociedades que desconocen su historia y quedan condenadas a repetirla.

editorial@eltiempo.com

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