Editorial

Marco de tranquilidad

La cooperación con Estados Unidos en la lucha antidrogas tiene una nueva hoja de ruta.

04 de marzo 2018 , 03:06 a.m.

El séptimo Diálogo de Alto Nivel entre Colombia y Estados Unidos, celebrado el jueves pasado en Bogotá, dejó, además de retos y reflexiones, buenas noticias para el país.

Y, aunque no son de poca monta los apoyos confirmados a iniciativas ligadas al posconflicto como la promoción de los cultivos de cacao y el programa de desminado humanitario, el más importante legado de la cita es, sin lugar a dudas, el acuerdo firmado para trabajar de manera conjunta con el objetivo de reducir en un 50 por ciento los cultivos de coca para el 2023.

Este es un logro diplomático de especial valía, sobre todo si se mira a la luz de las dudas y vaivenes que han rondado la relación binacional desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. Ahora se reduce considerablemente la incertidumbre, pues se cuenta ya con un marco de estabilidad a cinco años absolutamente necesario para poder trabajar codo a codo con el país del norte.

Hay que decir que ambas partes demostraron tener claro que para librar esta lucha no hay otro camino posible que el de la cooperación, el cual conduce necesariamente a la corresponsabilidad, término que, para sorpresa de muchos, acuñó el secretario de Estado Rex Tillerson en su reciente visita a Bogotá y con mucha frecuencia reiteran funcionarios colombianos, comenzando por el presidente Juan Manuel Santos. Mientras no lleguen tiempos más apropiados para insistir en el necesario cambio de paradigma de la guerra contra las drogas –lo cual, claro, no ocurrirá mientras Trump esté en la Oficina Oval–, se debe imponer, entonces, el realismo como máxima para Colombia.

Y en esa medida, trabajar juntos es un imperativo, sobre todo cuando el desafío aumenta de tamaño y complejidad a pasos agigantados y acelerados: no solo el área dedicada a este propósito se cuadriplicó en un lapso de apenas cuatro años –pasó de 47.790 hectáreas en el 2012 a 146.129 en el 2016–, sino que ya hay indicios de que la cifra del 2017 consolida dicho aumento. De cara a esta realidad, el nuevo objetivo planteado parece más razonable y, de nuevo, más realista.

Debe anotarse también que con esta buena nueva, el actual gobierno actúa de manera responsable frente a su sucesor. Para muchos observadores, la paciencia de Washington en relación con los narcocultivos era perfectamente equiparable a una bomba de tiempo en angustiante cuenta regresiva. Lo firmado el jueves logra, por el momento, desactivarla. Quienquiera que ocupe la Casa de Nariño a partir del 8 de agosto de este año ya tendrá un importante terreno ganado en el siempre crucial frente del apoyo estadounidense en la lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado fruto de este.

Ahora bien, no todas las conclusiones del Diálogo de Alto Nivel fueron alentadoras. La nueva meta que quedó en el horizonte implica que las anteriores, fijadas de manera unilateral, deben replantearse, y esta es una mala noticia para quienes han liderado la causa desde el Ejecutivo.

A estas alturas, ya está claro que el Gobierno no logrará honrar su compromiso de acabar con 100.000 hectáreas, y esto debe mirarse con lupa. El principal obstáculo está en la sustitución, en la cual han sido múltiples los tropiezos como consecuencia de la presión que sobre las familias que quieren optar por esta vía ejercen grupos armados ilegales que llegaron primero que el Estado –algo lamentable– a llenar los vacíos dejados por las Farc en materia de control del territorio y de orden social en algunas zonas del país. Si esta pieza del engranaje no se afina, todo esfuerzo emprendido con el propósito de contrarrestar el flagelo del tráfico ilegal de drogas tendría altísimas probabilidades de fracasar.

Por último, hay que tener claro el factor Donald Trump en cualquier lectura que se haga de temas propios de la relación binacional. Esto quiere decir, en otras palabras, que no hay asunto blindado de las poco previsibles salidas del mandatario, que fácilmente pueden echar por la borda años de cuidadoso trabajo entre cuerpos diplomáticos. Pero, prevenciones aparte, lo conseguido esta semana es de gran trascendencia.

Hay que confiar en que la llamada ‘diplomacia bipartidista’ ejercida por Colombia en las últimas décadas, sumada a que Washington sigue viendo el país como un aliado de primer orden –“parcero”, en términos del propio subsecretario de Estado Thomas Shannon–, sigue siendo base firme del buen entendimiento. El hecho es que se fortalece una tarea común en el tema más complejo de las relaciones, y ello denota confianza en Colombia. Lo procedente es hacer la tarea, que, en este caso, en gran medida es sinónimo de que el posconflicto sea por fin una realidad.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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