Editorial

Las andanzas de ‘Popeye’

Sorprendió, en la captura de alias Tom, la presencia del lugarteniente de Pablo Escobar.

10 de diciembre 2017 , 11:35 p.m.

La muy buena noticia de la captura de Juan Carlos Mesa, alias Tom, considerado por las autoridades uno de los capos de la temida ‘oficina de Envigado’ y uno de los narcotraficantes más buscados del país, por quien el Gobierno de Estados Unidos ofrecía una recompensa de 2 millones de dólares, tuvo un inesperado ingrediente: la sorpresa, que para conocedores del mundo del hampa no lo fue tanto, por la presencia en el lugar de John Jairo Velásquez, alias Popeye.

Para muchos, algo no cuadraba en la manera como el temido lugarteniente de Pablo Escobar –que, según su propia confesión, tuvo responsabilidad en cerca de 3.000 homicidios– construyó la imagen con la cual se insertó en la vida pública del país una vez salió de la cárcel de Cómbita, en agosto de 2014.

Y es que, de repente, quien por décadas fue un sanguinario asesino pasó a ser una figura de las redes sociales; y su brutal trayectoria en el mundo del delito, una narrativa que incluso llegó a la pantalla chica. Desconcierta la atracción que ‘Popeye’ despertó en sectores que claramente no conocieron de primera mano la maldad del cartel de Medellín. Un fenómeno que no se limitó a esa producción audiovisual: en un contexto en que la controversia genera ‘ruido’ y muchas veces réditos económicos en un afán que diluye cualquier consideración moral o ética, muchos más mordieron este anzuelo.

El tránsito del exjefe de sicarios de Escobar, gústenos o no, está amparado por el derecho que le asiste, como ciudadano que pagó una larga condena, a rehacer su vida en sociedad. Pero la discusión no pasa por ahí, sino por las razones del potente eco que halló tal transformación, sobre todo ahora, cuando ya no hay duda de que, como muchos temían, ‘Popeye’ conserva cuestionables vasos comunicantes con el mundo del crimen. Acá el asunto es moral, pues, en términos jurídicos, que Velásquez estuviera allí no constituye delito, aunque sí configura una circunstancia que la Fiscalía consideró suficiente para pedir que su libertad condicional sea revocada.

La reflexión, entonces, debe hallar las razones por las que una persona así genera a su alrededor un aura de confusa curiosidad, a veces fascinación. Y en razón de sus crímenes, que es lo más desconcertante.

Hipótesis hay muchas: desde el desconocimiento de su tenebroso pasado por quienes lo admiran; la falta de identificación, algo en común con sus miles de víctimas y sus familias; la tendencia abominable pero real de celebrar el éxito individual, al precio que sea; hasta la manera como las redes sociales privilegian la forma sobre el contenido y basta un carisma que ‘conecte’ para graduarse de ídolo. Hay otra, aterradora, relacionada con cómo algunos pretenden una nueva e indulgente lectura de la barbarie del cartel de Medellín a la luz de la polarización política actual.

Hay que hallar el o los motivos y actuar para corregir lo que sea que esté mal. Eso que hoy permite que con tanta facilidad florezcan ídolos con pies de barro y manos untadas de sangre. Este personaje debe explicaciones.

Mientras tanto, hay que felicitar a las autoridades, que han venido dando golpes a los capos del narcotráfico y demostrando que la lucha contra este flagelo es sin cuartel.

editorial@eltiempo.com

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