Editorial

La decadencia de Unasur

Que Venezuela sea una dictadura ha minado los cimientos de esta iniciativa, surgida hace diez años.

20 de julio 2018 , 11:53 p.m.

Cuando, hace diez años, en Brasilia, doce países del continente, entre ellos Colombia, firmaron el tratado que dio vida a la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), ni el más pesimista pudo haber imaginado lo que sería de este proyecto una década después.

Lo cierto es que distintos cambios que se han dado en el continente, comenzando por el giro a la derecha de países como Argentina y Brasil, han llevado a que esta iniciativa, promovida por el entonces presidente de Brasil Lula da Silva, esté hoy en cuidados intensivos. Fue un proyecto que surgió, entre otros objetivos, con el fin de hacer contrapeso a la Organización de los Estados Americanos (OEA), y en particular a la influencia que a través de ella puede ejercer Estados Unidos.

Sin secretario general desde el año pasado y con la noticia de que seis de sus Estados miembros –Chile, Argentina, Brasil, Perú, Paraguay y, más recientemente, Colombia– pretenden abandonarla, el destino de Unasur, de no mediar nada extraordinario, parece ser el de la disolución. El presidente electo de nuestro país, Iván Duque, ha sido claro en que este es su propósito una vez asuma el cargo, el próximo 7 de agosto. Es una decisión que puede justificarse desde lo meramente práctico, pero también desde lo político.

El continente no puede quedarse sin un foro común. El declive de Unasur debería marcar el resurgir de la Organización de los Estados Americanos

Y es que un factor ha sido decisivo en esta decadencia: el deterioro de la democracia venezolana y su tránsito hacia una dictadura. A diferencia de, por ejemplo, la Organización de las Naciones Unidas, para los integrantes de la Unión es un requisito sine qua non que su sistema de gobierno sea la democracia. Que Venezuela, claramente uno de los principales impulsores del organismo, permanezca como miembro pese a su actual realidad política es un contrasentido que lo tiene herido de muerte, así algunas voces insistan en que, justamente, este es el mejor escenario para presionar un relevo en Miraflores desde la diplomacia internacional.

De otro lado, no se puede soslayar que los escándalos de corrupción que han azotado las democracias de la región también han contribuido a que diez años después el panorama sea otro.

El desenlace que se asoma es, a la luz de las circunstancias, comprensible. No parece haber otra salida. Pero no deja de ser lamentable, sobre todo si se revisan los propósitos que en otras esferas guiaron a Unasur, entre ellos la cooperación económica y comercial, la integración energética, el desarrollo social y humano con equidad e inclusión y la protección de la biodiversidad. Todos, fines loables.

En general, no puede ser una buena noticia la disolución de instancias que promueven el diálogo y el trabajo conjunto entre los Estados y los pueblos.

Infortunadamente, estas áreas estuvieron siempre dependiendo de las tensiones políticas, y por razones de esta índole se ha llegado al actual estado de cosas.
El continente no puede quedarse sin un foro común. El declive de Unasur debería marcar el resurgir –pues también anda de capa caída– de la Organización de los Estados Americanos. No hay otra opción a la mano.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

MÁS EDITORIALES

Ya leíste los 800 artículos disponibles de este mes

Rompe los límites.

Aprovecha nuestro contenido digital
de forma ilimitada obteniendo el

70% de descuento.

¿Ya tienes una suscripción al impreso?

actívala

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA