Opinión

What’s up, dear Frankenstein?

El mundo era más sencillo y más acogedor cuando podíamos hablar uno por uno –uno con uno–.

13 de enero 2019 , 11:46 p.m.

Mi teléfono me sorprende contándome, como me cuenta tantas cosas que no le he preguntado, que ayer pasé tres horas y 29 minutos en pantalla. Me dice –no sé cómo se las arregla para saberlo, pero lo sabe, e incluso me parece generoso– que, de todo ese tiempo, solo 54 segundos fueron de creatividad. Y aunque no sé bien qué entiende por productividad, de las casi 20 horas que pasé en redes sociales durante la última semana, considera que solo tres fueron “productivas”.

En un gráfico que ha creado para mí, ratifico lo que ya me estaban diciendo los pulgares y la nuca: que la semana pasada gasté más de dos días de jornada laboral, según la reglamentación legal vigente, exclusivamente en WhatsApp. Mi inteligente teléfono no miente: bajo este cielo azul de enero en Bogotá, estuve 20 horas atrapada en una sucesión adictiva de gerundios: mandando y recibiendo mensajes, “interactuando” con grupos diversos a los que alguien me invitó o yo invité; leyendo chistes a los que no les encontré la gracia; grabando monólogos que fueron respondidos por otros monólogos; mirando fotos, videos, memes, celebraciones y propósitos ajenos de año nuevo, y remplazando las emociones que antes expresaba con manos, ojos, cara y cuerpo por caritas felices, besitos, corazoncitos de colores y todos esos estereotipos llamados emoticones a los que hoy parece reducida la alfabetización emocional.

Podría explicarle –¿a quién, a mi teléfono?– que la salud de un ser querido obligaba a compartir información médica, administrativa, logística y emocional con diversas personas dispersas en lugares diversos, en el menor tiempo posible, y que en esas circunstancias WhatsApp fue “la salvación”, pero ¿qué significa esa palabra, salvación? Hoy se me ocurre que el mundo era más sencillo y más acogedor cuando podíamos hablar uno por uno –uno con uno–, con esos turnos naturales propios de la conversación que aprendimos desde la infancia y que luego reprodujo aquel antiguo invento del teléfono. Y que tal vez era mejor tener pocas noticias o ninguna que recibir tantas noticias sin filtrar.

¿A cuántos grupos de WhatsApp pertenece usted? Y ya que estamos preguntándonos por los significados, ¿qué significa ‘pertenecer’, en este caso? Además de los grupos supuestamente necesarios por cuestiones de trabajo, se suman los de padres de familia de los cursos de cada hijo que hacen tareas y reproducen los típicos corrillos escolares; los que celebran lustros y casi centenarios de graduados; los que adoran las orquídeas, los que están a favor o en contra de un político y tantos más, que comparten asuntos, raras veces importantes. Y en esa puesta en escena que es ‘El Grupo’, emerge un Frankenstein: una personalidad colectiva que puede derivar en una turba formada por personajes que no son las personas que antes eran, y que protagonizan, sin director ni estructura ni libreto, y casi siempre sin saber o sin querer, comedias de equivocaciones. O tragedias.

Aunque he descubierto que a veces puede pasar un ángel por WhatsApp, en estas últimas semanas, gracias a los informes de mi teléfono inteligente, me he preguntado si soy yo la que quizás está dejando de serlo. Aferrada a una mano temblorosa en el tiempo sin tiempo de una sala de hospital, unos ojos me hablan de la vida, de la muerte y del amor. Y con estos mismos dedos que se han conformado tantas horas diarias con ese sucedáneo de la comunicación simulado en una pantallita de ‘smartphone’, retomo la antigua comunicación cifrada en las terminaciones infinitas de una mano cuando se encuentra con otra mano humana. Y descubre, piel con piel, lo frágil y lo hermosa que es la vida, con sus pequeños gestos, con sus pequeñas cosas.

WhatsAppitis Teosinovitis

YOLANDA REYES

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