Opinión

Presidente, la historia lo espera

Al hacer un inventario de promesas rotas, ningún presidente puede lanzar la primera piedra.

Por: Vladdo
01 de agosto 2018 , 12:00 a.m.

Después de 32 años dedicado a analizar tanto el comportamiento como las pintas, las actitudes, los gestos, los logros y las salidas en falso de los gobernantes de este país, puedo decir que al término de cada mandato presidencial es relativamente sencillo señalar los desaciertos de cada gobierno. Al fin y al cabo, si uno se pone a hacer un inventario de incumplimientos, tareas inconclusas y promesas rotas, no hay ningún presidente que pueda lanzar la primera piedra.

Por supuesto, Juan Manuel Santos no será la excepción, y no son pocos los reclamos que pueden hacérsele al antiguo subdirector de EL TIEMPO, luego de sus dos períodos como inquilino de la Casa de Nariño. Desde la inexplicable tardanza en la reubicación y reconstrucción de Gramalote hasta los asesinatos de decenas de líderes sociales, pasando por el absurdo incremento de cultivos de coca, el fiasco de los Juegos Nacionales de Ibagué, la salida de madre de la violencia y el narcotráfico en Buenaventura, los coletazos de Odebrecht o la truncada investigación del carrusel de la salud, entre otras perlitas, son numerosas las fallas que pueden achacársele a esta administración y que de ninguna manera se deben minimizar.

Sin embargo, y sin tratar de justificarlos, es importante contrastar estos yerros con los logros obtenidos por este gobierno, los cuales no voy a enumerar. Para eso están los burócratas del agonizante mandato, que no desperdician ocasión para sacar pecho por lo conseguido en sus respectivas entidades. En lugar de hacer ese balance, deberíamos comparar el país que tenemos hoy con el que recibió Santos cuando llegó al poder.

No debía ser fácil para el mandatario ver cómo caía su imagen, ante el feroz regocijo de la oposición guerrerista.

Por ejemplo, en 2010, en el contexto internacional, Colombia estaba prácticamente aislado. Durante ocho años estuvimos a merced de los arrebatos anímicos –léase “camorrero”– de un presidente que insultaba a sus vecinos, despreciaba las organizaciones multilaterales y desconocía las instancias internacionales.

Hoy, la imagen de Colombia es muy diferente, gracias en buena medida a la discreta y efectiva labor de la canciller María Ángela Holguín, que se dedicó sin aspavientos a reconstruir el maltrecho tejido diplomático heredado de Uribe. Y el fruto de ese trabajo es más que evidente, pues no solo se nota en la consolidación de la inversión extranjera y en la forma como el país es percibido más allá de nuestras fronteras, sino en los beneficios para los ciudadanos. De hecho, de 26 países que nos eximían de visa en 2010, pasamos a 91 en la actualidad. Un avance innegable.

Y como no pienso quitarles a los ministros o funcionarios salientes el gusto de hablar de los indicadores de empleo, la reducción de la miseria, el cubrimiento educativo o el desarrollo de la infraestructura, prefiero hablar del detalle que diferencia a Santos de sus antecesores: el final de las Farc. Y al hablar de la desmovilización y el desarme de esa guerrilla, hay que hablar también de la satisfacción que deberían producirnos a todos los colombianos los miles de vidas que se han salvado gracias a una negociación que apagó ese volcán que estuvo en erupción durante más de medio siglo y cobró miles de víctimas, sobre todo en las zonas más pobres y apartadas del país.

Aunque Santos deja varias asignaturas pendientes, sería necio no reconocer el valor con el cual asumió el riesgo de jugársela por la paz, con todas sus imperfecciones. En un momento crítico, el Presidente entendió que no gobernaba para el cortoplacismo de las encuestas sino para el dictamen de las futuras generaciones, y obró en consecuencia. No debía ser fácil para el mandatario ver cómo se desmoronaba su imagen, ante el feroz regocijo de la oposición guerrerista; pero su estoicismo y su entereza son dignos de aplaudir.

Váyase tranquilo, Presidente.

VLADDO
- @OpinionVladdo

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