Opinión

Ricitos de Oro

La decisión que vamos a tomar el domingo no es tan trascendental como creemos.

24 de mayo 2018 , 05:55 p.m.

He escuchado a periodistas criticar la prohibición de revelar datos de encuestas en estos días previos a la primera vuelta presidencial. A mí, en cambio, eso me alegra. No porque sea bueno para la democracia, sino para la salud. Las encuestas se han convertido en el electrocardiograma de la nación, con picos, caídas y sobresaltos, y todo el mundo anda obsesionado con esas rayitas que suben y bajan, elevando a unos y sumergiendo a otros. Nos viene bien una semana de reposo. La taquicardia nacional se nos estaba metiendo en el cuerpo.

Propongo que en estos días de calma –antes del reinicio de la tormenta por la probable segunda vuelta– reflexionemos sobre algo que perdemos de vista en el trance electoral: que la decisión que vamos a tomar el domingo no es tan trascendental como creemos.

Me dirán que desvarío. Que de estas elecciones depende el futuro de la república. Que estamos ante un asunto de vida o muerte. Que piense en los niños.

Yo digo que no exageremos. Un presidente es un individuo poderoso, sí, sobre todo en un país, como se suele decir del nuestro, ‘presidencialista’. Pero menos de lo que parece.

Para empezar, tiene que lidiar con el Congreso y las cortes. Ambos todavía saben servir de contrapeso político, así su gobiernismo en los últimos años sugiera lo contrario. La prueba es que ni siquiera el presidente Santos, que los tuvo de su lado, consiguió que le aprobaran el acuerdo con las Farc tal y como había salido de La Habana. Magistrados y parlamentarios vieron que el traje había quedado con varias tallas de más y decidieron ajustarlo.

A eso también le llamamos ‘democracia’, que es, una especie de tiranía de la mediocridad.

El presidente, además, tiene que complacer a un tropel de alcaldes y gobernadores y poderes regionales, cada uno tirando para su lado. Y de gremios y sindicatos y oenegés. Al final, lo que resulta de ese monumental tira y afloje es esa cosa que llaman ‘centro’. Que es, más que una posición ideológica coherente, un resultado: el resultado de una puja en la que cada quien obtiene un poquito de lo que quiere y no obtiene la mayoría de lo que quiere. A eso también le llamamos ‘democracia’, que es, por tanto, una especie de tiranía de la mediocridad.

Dicho así, suena mal. Pero esa medianía es la salvaguarda contra el aventurismo político, que suele terminar en desastre. Los astrobiólogos hablan del ‘principio de Ricitos de Oro’ para describir las condiciones que necesita un planeta para albergar vida: no debe ser ni muy frío ni muy caliente, como la sopa del cuento infantil. Las sociedades sobreviven en condiciones similares. Y las democracias –cuando no las usurpan, como en Venezuela– sirven para que, por más desnortado que esté quien esté arriba, el cauce de la vida cotidiana tienda siempre al tibio y aburrido, pero vital, promedio.

Vean no más al señor Trump. Que sería un temible dictador, decían. Que era el Führer con tupé. Pero, pese a su fanfarronería, es poco en lo que Trump ha logrado salirse con la suya. No fue capaz de aniquilar el ‘Obamacare’. No expulsó a los millones de inmigrantes que dijo que deportaría. No ha levantado el muro en la frontera. Si es un dictador, es el dictador más impotente de la historia. Pero la realidad es que no podía serlo, porque la admirable institucionalidad norteamericana impide que llegue cualquiera y, de la noche a la mañana, arrase con lo construido.

¿Cuántos malos emperadores habrá tenido Roma? Y duró más de mil años. Por eso un buen remedio para la hipertensión electoral es recordar que las instituciones ciudadanas, las empresas, las escuelas, los hospitales, los clubes de fútbol y los de jardinería son más dignas de nuestros desvelos que cualquier presidente pasajero. La vida cotidiana depende mucho más de la sociedad civil que de la clase política. Menos mal.

THIERRY WAYS
* Empresario e ingeniero barranquillero.

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