Opinión

Corazoncitos castristas

La pasión de los castristas de clóset se mantiene viva gracias a una hoguera de mitos y mentiras.

09 de enero 2019 , 07:17 p.m.

El primero de enero se cumplieron 60 años de la Revolución cubana, un acontecimiento que, por más entusiasmo que pueda haber suscitado en su momento, merece ser contado entre los episodios más infaustos del siglo XX latinoamericano. Eso, sin embargo, no impidió que el expresidente Ernesto Samper, quien milita en un partido que se hace llamar “liberal”, produjera un trino que vale la pena citar en toda su amplitud: “La revolución de Cuba es la revolución de la igualdad. Cero analfabetismos; cero desempleos; atención integral de salud; vivienda para todos; educación gratuita; comida para todos. Si la ausencia de necesidades, como dice Amartya Sen, no es la libertad, entonces, ¿qué será?”.

Por dónde comenzar.

Quizá por ese último término, ‘libertad’, el cual, referido a la vida cubana, no puede ser sino un chiste de mal gusto. “Libertad”, ¿en serio? ¿En un Estado que censura la prensa, limita el acceso a internet, encarcela disidentes y restringe la movilidad de sus ciudadanos? ¿En un país en el que miles de personas prefirieron arriesgar la vida en altamar a seguir bajo los caprichos de una tiranía fracasada y engreída? Por favor, expresidente Samper. Sabíamos que usted tenía fama de hombre divertido, pero no imaginábamos que su sentido del humor estuviera adulterado con tamaña dosis de crueldad.

Pero lo más grave no es lo que diga y piense Ernesto Samper, quien, al fin y al cabo, tiene el derecho a decir lo que quiera –derecho que los cubanos no tienen–. Lo verdaderamente grave es que aún haya muchos latinoamericanos que aprobarían el trino de Samper, y que piensan que la revolución fue un experimento valioso; malogrado, quizás, pero defendible. Y susceptible de ser emulado. Muchos no cometerán la impudicia de admitirlo en público, pero, en el fondo, tienen un corazoncito que aún late secretamente por Fidel y por el Che.

El régimen castrista, en efecto, produjo el aplanamiento de riqueza material más exitoso que se haya visto de este lado del mundo: puso la escasez y la precariedad al alcance de todos los cubanos.

La pasión de los castristas de clóset se mantiene viva gracias a una hoguera de mitos y mentiras; de exageraciones tan verosímiles como los planes quinquenales de Stalin. Uno de esos mitos es el afamado sistema de salud que Samper, haciéndole un amplio rodeo a la verdad, menciona en su trino. En Cuba, en realidad, hay un apartheid sanitario: un sistema para turistas y miembros privilegiados del Partido Comunista y otro, de hospitales sucios y sin insumos esenciales, para el resto de la población.

Es cierto que la isla ha logrado alcanzar algunos de los mangos bajitos del desarrollo, como la reducción de la mortalidad infantil (que viene desde antes de la revolución) y la superación del analfabetismo. Pero muchos países han alcanzado también esas metas, sin tener que reprimir brutalmente al pueblo a cambio de hacerle un bien.

El expresidente Samper tiene razón al menos en un punto: el de la igualdad. El régimen castrista, en efecto, produjo el aplanamiento de riqueza material más exitoso que se haya visto de este lado del mundo: puso la escasez y la precariedad al alcance de todos los cubanos. Pero el dudoso beneficio de la repartición equitativa de la pobreza se compró al precio de una desigualdad más lacerante que la que pretendía eliminar: la del ciudadano común y corriente frente al poder. El poder, como la riqueza, se puede concentrar en muchas o pocas manos. Si pudiéramos calcular el coeficiente de Gini de la distribución del poder en Cuba, el resultado se acercaría al uno rotundo: todo el poder en manos del Partido y su jefe, y absolutamente nada para los demás.

Solo la “necrofilia ideológica” de la que habla Moisés Naím –el amor por las ideas muertas– explica que a estas alturas todavía haya quienes defiendan la Revolución cubana. Ignorar su indisimulable fracaso es como si, no sé, como si a alguien se le metiera un elefante en la casa y no se diera cuenta.

@tways / tde@thierryw.net

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