Opinión

Nostalgia de la decencia

De Bush padre lo que más extrañaremos será la prudencia con la que se condujo.

03 de diciembre 2018 , 07:44 p.m.

La muerte del expresidente de Estados Unidos George H. W. Bush ha generado una revalorización de su manejo de la política exterior del país. Sin duda, esta reivindicación de la estatura de Bush, un hombre de buena cuna y decencia probada, surge al compararla con la caótica, vulgar, soez e improvisada gestión del presidente actual.

Aunque valerse de esa óptica sería mezquino e injusto para Bush porque reduciría su trayectoria a una prosaica comparación entre la luz y la sombra. Su diligencia y destreza conduciendo la diplomacia estadounidense en un momento de turbulencia mundial fueron brillantes.

El elogio, sin embargo, no implica ocultar tropiezos como, por ejemplo, haber ordenado la invasión a Panamá que ocasionó un número indeterminado de civiles muertos, para aprehender a un bribón como Manuel Noriega. El encomio resalta sus logros y, sobre todo, la manera elegante, prudente y efectiva como se condujo en momentos de enorme tensión.

Bush asume la presidencia en 1989, año que marca el inicio del desmoronamiento de los regímenes comunistas en Alemania Oriental, Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Rumania, Estonia, Letonia y Lituania.

En Afganistán, Gorbachev ordena el retiro de tropas rusas y en China, el gobierno de Li Peng reprime salvajemente una manifestación de protesta en la plaza Tiananmén en la que mueren cientos de estudiantes que pedían reformas democráticas.

Lejos de celebrar en público el fracaso de los regímenes comunistas dictatoriales y adjudicárselos como triunfos personales, Bush logró establecer un difícil equilibrio entre su apoyo a la causa de los disidentes y a líderes reformistas como Gorbachev, cuidándose de no provocar la reacción y la ira de la vieja guardia.

Un año después, cuando Sadam Hussein invade Kuwait, pensando equivocadamente que Estados Unidos no intervendría, la respuesta de Bush a la agresión iraquí fue impecable. A diferencia de su hijo, George W., quien, mal aconsejado por sus nefastos vicepresidente, Dick Cheney, y secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, metió el país en una guerra que formalmente duró 8 años, pero desencadenó otra que no tiene cuando acabar, Bush padre dio cátedra de cómo organizar una coalición militar multinacional, auspiciada por Naciones Unidas, que liberó Kuwait y destruyó el ejército iraquí en menos de siete meses.

En Europa también se sintió la mano templada de Bush cuando llegó el momento de gestionar la reunificación de las dos Alemanias. “Fue un golpe de suerte en la historia alemana que George H. W. Bush fuera presidente de Estados Unidos cuando la Guerra Fría terminó y la reunificación de Alemania se hizo posible”, dijo la canciller Angela Merkel al enterarse de la muerte del expresidente.

En efecto, fue la habilidad política de Bush la que allanó el camino para vencer la oposición de la Unión Soviética, Gran Bretaña, Francia y Polonia a la reunificación, y posibilitarla convenciéndolos de que esta no significaría un resurgimiento del nacionalismo militarista alemán.

En un momento histórico en el que el presidente de Francia Georges Pompidou declaraba que los instrumentos de la política exterior de un país eran los ejércitos y el dinero, Bush nos mostró en la práctica que la prudencia podía ser la herramienta central para lograr entendimientos entre naciones que se habían perdido la confianza.

Y por ello, de todas sus virtudes destaco la prudencia con la que se condujo tanto en su vida privada como en la pública. Esa virtud que tanto ensalzaron Aristóteles y santo Tomás de Aquino, y que hoy tanto se extraña.

Termino con una aclaración no pedida. Yo no voté por Bush en las dos elecciones a las que se presentó como candidato, pero eso no me impide reconocerle sus virtudes.

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