Opinión

La tragedia venezolana

Hace más de un año Trump explora intervenir militarmente Venezuela con miembros de su gabinete.

11 de septiembre 2018 , 12:00 a.m.

Después de leer las aterradoras revelaciones de lo que sucede en el manicomio instalado en la Casa Blanca en el relato de un alto funcionario de la administración de Trump, y en el libro de Bob Woodward, saber que miembros del gobierno de Trump se reunieron con militares venezolanos que planeaban un golpe de Estado contra Nicolás Maduro me produjo un enorme desasosiego.

Esto es lo único que nos falta, pensé recordando las palabras de Woodward cuando nos advierte que, dada la forma en la que esta Casa Blanca se conduce, lo único que queda es pedirle a Dios que no suceda una crisis.

Sé muy bien que ninguna de estas noticias es nueva. Que Trump no estaba ni está preparado para asumir la presidencia del país más poderoso del mundo y que no puede haber orden donde el director se conduce de forma irracional.

También se sabe que hace más de un año Trump explora intervenir militarmente en Venezuela con miembros de su gabinete, y por lo menos con cuatro presidentes latinoamericanos. El exconsejero de Seguridad Nacional, el general H. R. McMaster, se esforzó por explicarle a Trump los peligros que conllevaría una invasión, y aunque no sabemos la reacción de los latinoamericanos, imaginamos que también estuvieron en contra de la idea. El golpe de Estado ha pasado de moda en América Latina.

Dada la forma en la que esta Casa Blanca se conduce, lo único que queda es pedirle a Dios que no suceda una crisis.

La gran sorpresa, al menos para mí, es que figuras con impecables credenciales democráticas piensen que la sublevación de los militares venezolanos o una intervención militar podría ser la única solución para deshacerse de la dictadura de Maduro.

A principios de este año, el economista Ricardo Hausmann sugirió que la Asamblea Nacional podría destituir a Maduro y al vicepresidente, nombrar de forma constitucional un nuevo gobierno y solicitar asistencia militar de una coalición de países amigos democráticamente electos, entre ellos Estados Unidos.

Hablando con un colega venezolano que trabaja en Caracas, le pregunté si él pensaba que la mayoría de sus connacionales aceptarían un golpe de Estado apoyado por EE. UU. “Se me ocurre pensar que en este nivel de devastación nacional puede que la gente no esté de acuerdo con la forma, pero tampoco se opondría. La vida cotidiana aquí, como sabes, es un horror”, me dijo pidiéndome que no revelara su nombre por causas obvias.

Y añadió: “Los problemas de Venezuela no podrán resolverse si los militares no presionan también para que las cosas cambien, si no se convierten en parte activa de ese cambio. Los militares sostienen a este gobierno, que está fuera de la ley, y si ellos le sacan la silla, se cae”.

Para Michael Shifter, presidente del Diálogo Interamericano, “lo ideal sería resolver la crisis venezolana pacífica y democráticamente, pero no es realista pensar que los militares venezolanos no desempeñarían un papel clave en una transición de este tipo”. Y aunque Shifter celebra que por el momento la Casa Blanca haya rechazado la idea de la intervención militar, cree que de producirse un golpe de Estado la reacción en Latinoamérica sería mixta. “El régimen de Maduro no solo es autoritario e inhumano, sino que está sumido en la criminalidad, especialmente en el tráfico de drogas y prácticamente no hay simpatía en la región por este gobierno”.

Para Marc Cooper, profesor de periodismo en Los Ángeles y excolaborador del presidente chileno Salvador Allende, “no hay opciones democráticas en el horizonte venezolano y desafortunadamente los militares ya están involucrados en el tema porque son parte integral del régimen Chávez-Maduro. Ellos saben que conforme la situación en el país siga deteriorándose, eventualmente asumirán el poder con el apoyo de la derecha y de los sectores más pobres de la población”.

¿Y usted qué piensa?

SERGIO MUÑOZ BATA

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