Opinión

¿Odio de clases?

Para el centro, la política no es una cuestión de ideologías, sino asunto gerencial y tecnocrático.

26 de marzo 2018 , 12:03 a.m.

En mi anterior columna diferencié dos acepciones del término centro: el centro como ese punto equidistante entre la derecha y la izquierda –matemáticamente imposible de situar–, y el centrismo como técnica de gobierno.

Los desplazamientos políticos de las últimas semanas demuestran claramente que el centro no es una identidad fija, ni es una familia política. En una reciente entrevista, Iván Duque afirmó que cree en el centro y sostuvo que el país tiene que superar esos debates anacrónicos entre izquierda y derecha; además, su más reciente libro se titula ‘El futuro está en el centro’. De igual forma, el recién nombrado vicepresidente de Germán Vargas Lleras, Juan Carlos Pinzón, ratificó su “vocación centrista” al escribir una columna con motivo de este desplazamiento: “Ha nacido el centro fuerte”.

¿Cuál es entonces el verdadero centro? Si todos los candidatos se consideran centristas es porque el centro se desplaza constantemente, varía de acuerdo a la coyuntura política. Este desplazamiento tiene como objetivo aglutinar el mayor número de fuerzas a su alrededor; como si una única fuerza política pudiera representar a todos los sectores sociales y políticos de este país. Nada de eso ha sucedido hasta ahora en Colombia; todavía existen diferentes partidos políticos, así estos hayan perdido legitimidad en un proceso que el politólogo Peter Mair ha descrito como “vaciamiento de la democracia”. Siempre un sector social privilegiará sus intereses sobre los de otros, así su discurso busque el interés general.

Ahora, sobre el centrismo como técnica de gobierno es importante resaltar que si el centro no tiene una identidad fija es porque siempre se identifica por aquello que no es: izquierda o derecha. Una vez definidos estos dos polos del espectro político vemos que entre ellos existen múltiples matices, lo que seguimos denominando, de forma imprecisa, como centroizquierda o centroderecha.

También mencioné que la diferencia entre izquierda y derecha es que la primera aboga por un cambio mientras la segunda no. Esta afirmación que a primera vista parece simplista, tiene implicaciones trascendentales: es la posibilidad de cambio lo que permite desnaturalizar la historia.

Un claro ejemplo de cómo el 'statu quo' es visto como algo natural, lo encontramos en la entrevista de Yamid Amat a Iván Duque en diciembre del año pasado. Amat le preguntó a Duque qué pensaba “hacer para que los ricos sean menos ricos y evitar esa concentración absurda de riqueza que tiene Colombia”. Duque evadió la pregunta tres veces. En ningún momento hizo referencia a la concentración de riqueza y decidió abordar el problema por otro ángulo: no pensar en cómo los ricos se podrían volver menos ricos, sino pensar en expandir la clase media a través del empleo formal: “Si las empresas tienen mejor entorno, ahí empezamos a generar empleo formal, y ese empleo formal permite migrar a que una mayor expansión de la clase media triunfe en Colombia”. La propuesta económica de Iván Duque gravita alrededor de la empresa: favorecer su entorno y reducir su carga tributaria. Pero además cree que la absurda concentración de riqueza es algo natural.

Como lo mostró un artículo sobre las propuestas económicas de Iván Duque, pensar la inequidad como un problema que está al final de la cadena y que se resolvería mágicamente a través del crecimiento económico, no deja de ser una ingenuidad. Ese no es el debate principal en relación a la desigualdad y a la concentración de riqueza. Adicionalmente, poner sobre el tapete el tema de la profunda desigualdad en Colombia y los mecanismos que la producen, está siendo equiparado –tanto por el uribismo como por la Coalición Colombia– a la incitación al “odio de clases”.

La desigualdad –importante tema de reflexión desde la Revolución Industrial– está siendo vista como un tema “polarizante” porque quienes se han autodefinido de centro, comparten la visión de “despolitizar la política”. Esta ya no sería una cuestión de ideologías, y sí de vocación gerencial y tecnocrática: saber administrar el Estado, a eso parece haberse reducido la política.

Es conocida la repercusión que tuvo el libro de Thomas Piketty 'El capital en el siglo XXI'. Su investigación, basada en un trabajo empírico nada despreciable, se aleja tanto de la visión apocalíptica que podrían tener algunos trabajos marxistas, como de la visión fantasiosa de algunos economistas enamorados de modelos matemáticos simplistas y especulaciones teóricas sin ninguna relación con otras disciplinas. Su conclusión no es muy novedosa: “la evolución dinámica de una economía de mercado y de propiedad privada que es abandonada a sí misma contiene (…) poderosas fuerzas de divergencia, potencialmente amenazadoras para nuestras sociedades democráticas y para los valores de justicia social en que están basadas”. La novedad no es la interminable espiral de desigualdad que produce la acumulación del capital, sino su llamado a reubicar el tema de la desigualdad en el centro del análisis económico y, sobretodo, a recordarnos que este tema es un tema profundamente político y, por lo tanto, muy “polarizante”.

SARA TUFANO

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