Opinión

¿Miedo al ‘castrochavismo’?

Rechacemos el uso de un burdo comodín para hacer referencia al régimen cubano o venezolano.

24 de enero 2018 , 11:30 a.m.

Hace unos días, en una entrevista a La Silla Vacía, Daniel Coronell vaticinó que Gustavo Petro no sería el próximo presidente de Colombia. Y agregó: “Gustavo Petro es tóxico en cualquier alianza porque es el fantasma del castrochavismo con patas. No hay persona que encarne más claramente esos miedos que Petro”. A lo que Juanita León replicó: “¿Es justo que se caracterice a Petro como un castrochavista?”

Me pareció extraño que dos connotados periodistas usaran el término ‘castrochavismo’ como si fuera un elemento más de la teoría política, al igual que democracia, dictadura, liberalismo u otros, y como si tuviera sobre sus espaldas una larga tradición. Cada uno de estos conceptos políticos tiene una historia, ha sufrido transformaciones de significado y de referente a lo largo de los siglos. La dictadura romana no es la misma dictadura del siglo XX. Existe también una dimensión axiológica en el concepto de dictadura que anteriormente no tenía. Es solo a partir de la Primera Guerra Mundial que este concepto adquiere una connotación negativa.

El ‘castrochavismo’ no tiene ninguna elaboración teórica como sí lo tienen los conceptos antes citados. En realidad, Álvaro Uribe, señalado como el creador de este término, lo ha usado como sinónimo de “modelo castrista y chavista”. Este significado no ha variado, lo que ha cambiado es quién ha encarnado el ‘castrochavismo’: su ‘títere’. Y el ‘títere del castrochavismo’ varía de acuerdo con el momento político.

La pregunta que hay que hacerse aquí es: ¿cómo un término acuñado por Álvaro Uribe para fines eminentemente propagandísticos acabó instalándose como una realidad en el imaginario no solo de la derecha, sino también en el de los periodistas y líderes de opinión y, más importante aún, sin ningún tipo de reflexividad?

¿Cómo un término acuñado para fines propagandísticos acabó instalándose como una realidad en el imaginario no solo de la derecha, sino también en el de los periodistas y líderes de opinión?

Una de las primeras referencias al ‘castrochavismo’ se dio antes de la instalación de la mesa de negociación en Oslo. En ese entonces, Uribe sostuvo que la eventual firma de un acuerdo de paz entre el gobierno y las Farc “abriría el camino para instalar en nuestro país el modelo castrochavista”. Dos años después, el uribismo sería la fuerza más votada en las elecciones legislativas, en parte, como resultado de ese discurso. Durante la campaña presidencial de 2014 se multiplicaron sus declaraciones. En abril de 2014, en una entrevista a CNN en Español, Uribe afirmó: “El presidente Santos es títere del castrochavismo y de las Farc”.

Pero este término solo alcanzaría su apogeo durante la campaña del No en el plebiscito. Nada extraño. Si antes de la firma del acuerdo, Uribe y sus acólitos solo podían hablar de ‘castrochavismo’ de manera vaga y difusa, ya con un documento complejo de casi 300 páginas en un país poco proclive a la lectura les era más fácil transmitir la sensación de que el acuerdo “pavimentaba el camino al castrochavismo”. Y este se expresaba, ante todo, en la transformación de las Farc en partido político, en sus curules y en el ‘cogobierno’ que supuestamente ejercerían desde la CSIVI (Comisión de Seguimiento, Impulso y Verificación a la Implementación del Acuerdo Final).

Siguiendo la anterior lógica, no es raro que en esta campaña electoral aparezcan varios “títeres del castrochavismo”. En su carta del 17 de enero dirigida a Andrés Pastrana, Uribe afirma: “Muchos vemos en Colombia el riesgo de una segunda Venezuela, por la vía rápida de algunos de quienes aspiran a dirigirla, o por el camino de la desesperanza ciudadana que surgiría del desempeño mediocre de nuestra democracia en seguridad, emprendimiento y equidad”.

Así, mientras el uribismo reconoce que existen varios “títeres del castrochavismo” –por lo menos en este momento de la contienda electoral–, Daniel Coronell insiste en que el castrochavista por antonomasia es Gustavo Petro. De alguna manera, Coronell se apropió de este término propagandístico y, al usarlo, divide aún más a la izquierda y pavimenta el terreno a la coalición de la derecha. Que una persona informada como Coronell use este término a diestra y siniestra, sin sonrojarse, es una invitación a preguntarnos si esta “amenaza” no estará teniendo eco en otros sectores por fuera del uribismo.

Cabe preguntarse si de verdad hay un temor que se está expandiendo, si los que están diciendo, en voz alta, que el ‘castrochavismo’ es tan solo un fantasma, un mito, un ‘cuentazo’, no estarán pensando, en el fondo, que no es tan descabellado ver a Colombia convertida en una segunda Venezuela. Por esto formulo la invitación a que periodistas y líderes de opinión no sigan divulgando este término como si se tratara de un término propio de la ciencia política y no una palabra inventada con propósitos populistas de coyuntura electorera. Si queremos hacer referencia al modelo castrista o chavista, hagámoslo seriamente, pero no a través de un burdo comodín.

Y si algún candidato quiere hacer campaña sacando provecho de la situación venezolana con el objetivo de crear un “estado de miedo” y obtener más votos, no lo acolitemos, cambiemos de tema, preguntémosle mejor cuál es su verdadero compromiso con el acuerdo de paz y cuáles son sus iniciativas para proteger la vida de defensores de derechos humanos, líderes sociales y miembros de la Farc.

SARA TUFANO

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