Opinión

Gobernar a la deriva

La debilidad del Centro Democrático es su naturaleza autocrática: su dirección política es intocable

15 de septiembre 2018 , 12:00 a.m.

Hasta ahora, el gobierno de Iván Duque se ha caracterizado por la improvisación y la incertidumbre. Ni siquiera la reunión con todos los partidos, después de la consulta anticorrupción, puede ser vista como un éxito político suyo, así los medios la hayan retratado como tal. No se necesita ser muy perspicaz para entender que un presidente recién posesionado no puede desconocer el mandato de casi 12 millones de personas, so pena de ver su popularidad seriamente afectada.

Incluso la gobernabilidad de Duque, inicialmente asegurada, es ahora puesta en duda. En efecto, el pasado 7 de septiembre venció el plazo para que los partidos se declararan de gobierno, independientes o de oposición. Contra varios pronósticos, el Partido Liberal y Cambio Radical se declararon independientes y ‘la U’, de gobierno, exceptuando 16 congresistas de esta colectividad que votaron en contra de esta declaración. En este nuevo escenario, el Gobierno no tendrá las mayorías que muchos anunciaban. No nos extrañemos, entonces, cuando veamos al gobierno usar la ‘mermelada’ para pasar sus reformas.

Sin embargo, pocos han analizado otro factor que influye en la gobernabilidad del nuevo mandatario, incluso más que el hecho de no tener mayorías en el Congreso: ¿cuál será la suerte del partido de gobierno si el poder del expresidente Uribe sigue resquebrajándose?

¿Cuál será la suerte del partido de gobierno si el poder del expresidente Uribe sigue resquebrajándose?

El presidente Duque es prisionero de su propio partido, no porque él no quiera estar allí, sino porque el Centro Democrático (CD) es una agrupación política coyuntural: fue creado para preservar el legado de Uribe, impedir la reelección de Juan Manuel Santos y sabotear el proceso de paz con las Farc. No logró impedir la reelección de Santos, pero sí logró sabotear el plebiscito –aunque cabe recordar que este fue más un autosabotaje del expresidente Santos, quien quiso medir fuerzas con el expresidente Uribe–. Como partido de gobierno, el CD insiste en sabotear el proceso de paz, pero también ha descubierto que no es posible “hacer trizas” el acuerdo por estar este blindado internacionalmente. Las modificaciones, entonces, no serán tan profundas como las prometidas en campaña. Pero el verdadero talón de Aquiles es su naturaleza autocrática: su dirección política es intocable.

El partido se conformó en el 2013, cuando Uribe aprovechó su popularidad para encabezar la lista de candidatos del CD al Senado. A mediados del 2014, el Consejo Nacional Electoral le reconoció al partido su personería jurídica sin aceptar la inclusión del apellido Uribe en el nombre del partido, pero sí dejando la silueta del expresidente en el logo y su lema: “Mano firme, corazón grande”.

El CD tiene de democrático solo su nombre ya que en sus estatutos se consagró un modelo autocrático bajo una apariencia democrática. Como sucede en algunos Estados nacionales: detrás de una fachada democrática se establece un poder autocrático, pensemos en los casos de Venezuela o de Nicaragua. En el caso del CD, esta concentración de poder en una sola persona lo pone en ventaja frente a todos los demás partidos colombianos, pues estos no se han constituido alrededor de jefes supremos, sino en torno a tesis y programas.

Desde Maurice Duverger, estudiosos de los partidos políticos han señalado que, oficialmente, los dirigentes de un partido son elegidos a través de reglas democráticas. Solo los partidos fascistas reemplazan este procedimiento por los nombramientos desde arriba: los dirigentes son escogidos por el jefe supremo del partido, quien se designa a sí mismo y permanece en funciones hasta su muerte. Semejante al Führerprinzip (principio del líder) de los partidos fascistas en los que la dirección suprema queda asegurada por un jefe autoseñalado con investidura vitalicia. Partidos de similar características fueron los primeros en desarrollar el “culto al jefe”. Recordemos cómo los fascistas italianos decían: “Mussolini tiene siempre la razón”.

Los estatutos del CD le otorgan un poder absoluto a Álvaro Uribe como presidente fundador y máximo líder y orientador. Las bases doctrinales de este partido están inspiradas en su pensamiento y obra. Uribe preside –de manera vitalicia–, la Convención Nacional y la Dirección Nacional, primer y segundo órgano de la dirección política del CD.

Uno pensaría que el actual presidente representa la renovación del CD, pero no es así, pues este proviene del liberalismo. Además, aterrizó en el CD cooptado por el expresidente Uribe, lo que le permitió nombrar en su gabinete a personas ajenas al CD; esto, a largo plazo, podría desfigurar el partido. Si el círculo de Uribe se asemeja a una camarilla en la que prima la solidaridad hacia el expresidente, en el equipo de gobierno prima la comunidad de origen o de formación.

Así, entender los derroteros del CD con un Uribe cada vez más debilitado no es un asunto menor. Una vez sin partido de gobierno, ¿se acercará Duque a otros partidos? ¿O será cooptado por ellos dejando de lado a quienes lo eligieron?

SARA TUFANO

COLUMNISTAS

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