Opinión

El sexismo en la lengua

Cabe a las mujeres profundizar el debate y expandirlo a todos los ámbitos de la vida social.

26 de diciembre 2017 , 11:54 a.m.

El reciente fallo del juez administrativo de Bogotá que ordena a la Alcaldía modificar el lema del Gobierno Distrital ha suscitado toda suerte de reacciones. No han faltado las ridiculizaciones que han llevado a masculinizar y feminizar todo tipo de adjetivo y sustantivo. Al mismo tiempo, se han escrito columnas muy serias que, desde un profundo conocimiento de la gramática española, nos explican lo equivocada que fue la acción de cumplimiento presentada por Alirio Uribe, congresista del Polo Democrático.

Para nada extraño. En julio de 1983, el gobierno francés promulgó una ley (Loi Roudy) para modificar el código del trabajo y el código penal en lo concerniente a la igualdad profesional entre hombres y mujeres. Esta ley desató todo tipo de solicitudes por parte de los diferentes empleados de los ministerios, la mayoría hombres. Estos no encontraban las palabras para nombrar las profesiones en el género femenino, pues no aparecían en los diccionarios y, por lo tanto, no podían aplicar la ley. Así, el decreto número 84-153 de 1984 creó una comisión de terminología para estudiar la feminización de los títulos y las funciones y el vocabulario relacionado con las actividades de las mujeres.

La creación de esta comisión generó una ardua polémica. En junio de 1984, algunos opositores se alarmaron de que a un grupo de feministas “arrogantes le otorgaran el poder de ‘cambiar’ la lengua francesa, incluso de castrar la ‘floresta virgen’ de la lengua”. Entre los opositores estaban el célebre antropólogo Claude Lévi-Strauss y el lingüista Georges Dumézil. Al final, las recomendaciones de la comisión, publicadas en 1986, no fueron aplicadas.

Anne-Marie Houdebine, la lingüista de esa comisión, hizo parte de un grupo de académicas feministas que, en ese entonces, demostraron cómo la lengua, un sistema supuestamente autónomo, transmitía también sexismos y desigualdades.

Así, algunas de las columnas que han aparecido recientemente desconocen, por lo menos, 40 años de pensamiento y debates feministas. La discusión sobre el lenguaje incluyente tiene su origen justamente en la constatación de que no solo el discurso es sexista, la lengua también lo es. En efecto, los significados de las palabras dependen de su uso, pero cuando nacemos hay unos usos ya establecidos que, con los años, reproducimos inconscientemente. La lengua nos transmite y nos hace trasmitir valores sexistas. Desconocer este debate es, de alguna forma, banalizar la discusión, pues la preocupación de las mujeres en esa época no se reducía a una simple cuestión gramatical.

Más aún, algunos de los columnistas tienen una visión más bien cándida en este debate. Héctor Abad Faciolince escribió en una de sus columnas: “Sostengo que las lenguas naturales (el español, el chino, el quechua…) no son machistas ni feministas […] es decir las lenguas no tienen ideología […]”. Y continúa: “lo machista es creer que la lengua [...] la construyen solo los varones, la sociedad patriarcal y no las mujeres […] y no veo por qué las mujeres hubieran querido “excluirse” en una lengua materna (¡!) a la que ellas han contribuido, como mínimo, con la mitad de los impulsos lingüísticos”. Yo sí le quisiera preguntar a Héctor Abad, con todo respeto, de dónde saca esa afirmación. Las mujeres no es que hubieran querido “excluirse”, por supuesto que no, ellas fueron “excluidas”.

Algunos ejemplos. El chino no tiene género y la mayoría de los caracteres están conformados por un radical y un componente fonético. El carácter ‘nú’ puede representar, entre otros, los sustantivos ‘esclavo’ o ‘esclava’ o el verbo ‘esclavizar’ y está compuesto por el radical de mujer ‘nǚ’. Y la estructura pictofonética representa “una mujer sujeta con la mano de su amo”. Difícilmente podrá modificarse el concepto que se tiene de las mujeres en la sociedad china si no se modifican esos caracteres discriminatorios. El clásico estudio del sociólogo Pierre Bourdieu sobre la sociedad Cabilia, en el norte de Argelia, muestra como ésta transmite una “cosmología androcéntrica” que organiza el mundo a través de una serie de oposiciones: masculino/femenino, alto/bajo, arriba/abajo, derecha/izquierda, grande/pequeño, seco/húmedo, adelante/atrás, afuera (público)/adentro (privado), etc. Una cosmología que no es exclusiva de la sociedad Cabilia.

En Estados Unidos y, progresivamente, en Europa hubo que esperar hasta el siglo XIX para que las mujeres pudieran acceder a la universidad. Las que accedieron antes o eran mujeres aristocráticas o estudiaron haciéndense pasar por hombres. En Francia, solo en 1965 las mujeres obtuvieron el derecho de ejercer una actividad profesional, abrir una cuenta en el banco o disponer de bienes personales sin la autorización del esposo. En España apenas en 1975. ¿Que esta exclusión no se refleja en la lengua?

Por esto el debate sobre la lengua no es solo una cuestión de forma. Otra cosa es que lo estemos viviendo con unas cuantas décadas de atraso y de manera descontextualizada. Cabe a nosotras, las mujeres, con el apoyo de hombres bien informados, profundizar el debate y expandirlo a todos los ámbitos de la vida social.

SARA TUFANO

Ya leíste los 800 artículos disponibles de este mes

Rompe los límites.

Aprovecha nuestro contenido digital
de forma ilimitada obteniendo el

70% de descuento.

¿Ya tienes una suscripción al impreso?

actívala

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA