Opinión

El machismo está en el aire

La discusión no puede limitarse a la necesidad de reducir el deseo sexual de los hombres.

13 de diciembre 2017 , 12:00 a.m.

“La canción dice que ‘el amor está en el aire’, pero no, lo que está en el aire es el machismo”. Esta frase es del médico español Miguel Lorente Acosta, quien, en una entrevista, relata cómo, investigando las omisiones en el Derecho de las violencias contra las mujeres, se aproximó al feminismo. Pero el verdadero detonante fue la respuesta de una mujer al preguntarle lo que le había pasado en la cara: “Mi marido me pega lo normal, pero esta vez se ha pasado y quiero denunciarlo”. Que el machismo está en el aire lo demuestran claramente las noticias de los últimos días.

Como un efecto dominó, la reciente ola de denuncias contra el acoso sexual ha hecho caer hombres muy poderosos. Solo para citar algunos: el presidente de Fox News, Bill O’Reilly; el productor de Hollywood Harvey Weinstein; el presentador de CBS This Morning, Charlie Rose; el exmédico del equipo de gimnasia de Estados Unidos Larry Nassar, entre muchos otros. En Gran Bretaña, una serie de acusaciones sobre comportamientos abusivos de políticos poderosos han obligado al Ministro de Defensa a renunciar a su cargo.

Muchas mujeres se han atrevido a hablar sobre el tema por primera vez. No en vano la revista Time ha nombrado a las personas que rompieron el silencio ante el acoso sexual como ‘Personaje del año 2017’. ¿Cómo entender esta avalancha de acusaciones?

La desigualdad entre hombres y mujeres se origina en la división del trabajo, en un acceso desigual a los recursos que obliga a algunas a  utilizar el sexo como recurso económico.

Son muchos los análisis sobre las denuncias. Algunos se han enfocado en la “brutalidad de la libido masculina”. Como si los hombres de alguna forma se hubieran quedado en el paleolítico. Pero enfocar la discusión en la necesidad de reducir el deseo sexual de los hombres significa naturalizarlo y, por ende, negar cualquier posibilidad de cambio. Supondría que las mujeres nos tendríamos que resignar a seguir conviviendo con el acoso sexual, la violencia y el maltrato.

Otros análisis defienden al agresor y cuestionan a las mujeres: ¿por qué no lo denunciaron antes?, ¿por qué mantener el contacto con el agresor?, ¿por qué aceptar acudir a una cita en un cuarto de hotel?, ¿por qué no se defendió? Es decir, revictimizan a la víctima.

Según algunas feministas, como Catharine MacKinnon, el acoso sexual en el trabajo “transforma todo el trabajo que las mujeres hacen en una forma de prostitución”. Se percibe como un intercambio consentido, pues la mujer se vería beneficiada: haría parte de un continuo del intercambio económico-sexual que va desde una relación matrimonial hasta la prostitución. Son todas prácticas de la desigualdad entre los sexos, más allá de ese instinto primario masculino, irreprimible y salvaje.

Y es justamente por ahí por donde debería comenzar el debate. La desigualdad entre hombres y mujeres se origina en la división del trabajo, en un acceso desigual a los recursos que obliga a algunas mujeres a verse en la necesidad de utilizar el sexo como recurso económico. La feminista Paola Tabet ha mostrado este acceso desigual a los recursos en sociedades muy diferentes. Por ejemplo, en la tribu Mehinaku, donde la pesca es una actividad masculina, el pescado, alimento base, es usado en troca del servicio sexual de las mujeres.

Pero además de lo anterior, quiero enfatizar un aspecto que ha pasado desapercibido. En los años 70 el trabajo pionero de las feministas negras en Estados Unidos desarrolló el término ‘interseccionalidad’. Se trata de un concepto que intenta explicar la imbricación de diferentes desigualdades sociales: sexo, género, clase, raza, etnicidad, edad, hándicap y orientación sexual. No es lo mismo ser una mujer joven, blanca y de clase alta que una mujer adulta, negra y pobre. Quienes denunciaron a Harvey Weinstein son ahora exitosas profesionales. Un hipotético caso opuesto sería si la denuncia hubiera sido interpuesta por una mujer indígena guatemalteca; evidentemente, habría sido muy difícil que prosperara; talvez lo lograría con el apoyo de algún poderoso movimiento de mujeres que en Guatemala todavía no existe. Guatemala tiene una de las tasas más altas de feminicidios en el mundo. Y de todas las guatemaltecas, las mujeres indígenas son las más discriminadas.

En Estados Unidos, no obstante las persistentes desigualdades entre hombres y mujeres, es más probable encontrar a mujeres empoderadas que sean económicamente independientes. Aquí en Colombia la campaña #MeeToo (#YoTambién) estimuló a varias mujeres a denunciar el acoso sexual. Columnas como la de Paola Ochoa o María Antonia García de la Torre nos mostraron que el acoso sexual en el trabajo es algo tan normal como respirar. Desafortunadamente, no mencionaron el nombre de los acosadores. Una lástima, pues esos hombres deberían ser desterrados de cualquier cargo. Esto sería un mensaje contundente para una sociedad tan machista como la colombiana.

Así, la primera medida para que las mujeres dejemos de sufrir el acoso sexual en el trabajo y para que nuestras denuncias sean escuchadas, es seguir luchando por nuestros derechos, buscando tener las mismas oportunidades de trabajo y los mismos salarios que los hombres. Esperemos que las propuestas para que esto sea una realidad se vean en la próxima contienda electoral. Que la lucha por la igualdad de las mujeres ocupe un lugar igual de importante al de la defensa del Acuerdo de Paz o al de la lucha contra la corrupción.

SARA TUFANO

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