Opinión

Sesgo

En Colombia ha sido común encontrarse con el temor patológico a todo lo que esté a la izquierda.

07 de febrero 2019 , 07:00 p.m.

Se dice en voz baja del prójimo inerme al que se quiere invalidar: “Tiene un sesgo”. Significa que piensa lo que piensa y que pensarlo está mal. Quiere decir que no hay que creerle lo que cuenta, que hay que revocarle lo que opina y es mejor ser sordo a su autoridad. Suele ser el estigma perfecto para un periodista. Pero en estos seis meses a la deriva, que han sido la triste transformación del gobierno del presidente Duque en el gobierno del expresidente Uribe, el tal sesgo se ha estado usando para enlodar todo lo que tenga que ver con el tejido de la paz, con la práctica de la reconciliación, con el reconocimiento de que esta no ha sido una sociedad aterrorizada sino una sociedad temible.

El uribismo, que es una condición de la refracción del ojo, piensa que tienen “un sesgo” la Jurisdicción Especial para la Paz, la Comisión de la Verdad, el Centro de Memoria Histórica. Y “sesgo” es sinónimo de “izquierda” e “izquierda” es sinónimo de “mal”.

Al cierre de esta edición, que da cuenta de un mundo cansado de la democracia, había 470 fobias en el mundo. Y era claro que en Colombia, que da claustrofobia porque vuelve a sus errores como al lugar del crimen, ha sido común encontrarse con el temor patológico a todo lo que esté a la izquierda. Llámenlo “sinistrofobia” o “levofobia”. Y véanlo reflejado en lo mucho que le ha costado al Gobierno encontrarle reemplazo a Gonzalo Sánchez en el Centro de Memoria. Primero quiso nombrar en el Centro a un periodista enemigo del Centro. Después trató de montar allí a un profesor con un doctorado falso. Y ahora, a un historiador que se resiste a reconocer –como el plan de seguridad de Duque– que en este país dichoso e infernal ha sucedido un “conflicto armado interno”.

El historiador que digo, de apellido Acevedo, no solo trina contra “los mamertos” que “chillan como marranos”, contra “los amigotes de la guerrilla”, “las ‘víctimas’ del Estado” y el “payaso” y la “piltrafa” que “persiguieron” a Uribe, sino que repite, a punto de tomárselo, que en el Centro “no puede haber sesgos ni para un lado ni para el otro”.

Y es claro que su idea, en contravía de la unión que proponía el viejo Duque, es devolvernos al país de los dos bandos: llevarnos del color al blanco y negro.

Otra vez atrás. Una vez más el pulso por las denominaciones, el “conflicto armado que acaba en negociación” contra “la amenaza terrorista que finaliza en sometimiento”, con la ilusión de que el lenguaje que funda las realidades políticas se propague ahora por las redes sociales. Eso han buscado desde 2002: que una sarta de términos altisonantes, de ‘terrorismo’ a ‘cómplices del terrorismo’, se lleve por delante los contextos, los matices y los hechos. Así fue en el siglo XX: las palabras, los apellidos y las letanías no solo lavaron cerebros de ciudadanos, sino que engendraron gobernados. Pero qué tan fácil les será devolvernos hoy, cuando esas redes también se vuelven en contra, a los tiempos de aquellos desmanes que ya han sido probados.

Qué tan fácil les será vendernos de nuevo, diecisiete años después, el relato de esa Colombia en la que no nos queda más que armarnos, espiarnos, crearnos peligrosas redes de vigilantes. Qué tan fácil les será renombrar los horrores que el Centro de Memoria ha estado contando. Qué tan fácil les quedará convencernos de que sí nos odiamos a muerte: cómo harán esta vez para reducirnos a paramilitares versus guerrilleros, a no versus sí, a uribistas versus mamertos, a vigilados versus vigilantes, a estas dos caricaturas en pugna, un lado versus el otro, a las que se refiere el historiador.

Yo no creo que puedan. Pero también creo que va a ser una pesadilla –otra postergación de la reconciliación– de aquí a que fracasen.

www.ricardosilvaromero.com

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