Opinión

Público

Los colombianos deberíamos marchar contra nosotros mismos: contra nuestro desprecio de lo público.

11 de octubre 2018 , 11:31 p.m.

Pero cómo no va a fantasear la gente con largarse de acá. Si esta sociedad sigue hablando de “lo público” –de este espacio de todos para la reflexión, el conocimiento, la participación y la acción– como si hablara de un repugnante y temible callejón sin salida, como si de lejos prefiriera el ordenamiento feudal a la libertad política. Cómo no se va a querer ir mi vecino si día a día se sigue traicionando “la esfera pública” en “la esfera privada”. Si se responde con medidas hostiles a la desconfianza en las tres ramas del poder. Si el Estado, que a los trabajadores independientes a duras penas nos reconoce los deberes, sigue cosiéndole retazos a su colcha tributaria, pero cada año invierte menos dinero de nuestros impuestos en nuestros estudiantes públicos: en estas décadas de vaivenes, de 1996 a 2017, pasó de invertir 10’300.000 pesos en cada uno de ellos a invertir 5’140.000.

Fue por eso –porque nuestro sistema educativo tiene que cubrir un hueco de más de tres billones de pesos, porque se están viniendo abajo los techos de los salones de clases, porque cada mes desaparece un nuevo cargo en las instituciones académicas, porque el Gobierno ha estado hablando de nuevos recortes de los presupuestos, porque la famosa Ley 30 de 1992 ha estado impidiendo que se aumente la inversión, porque el déficit de la Universidad Nacional ha llegado ya a los 60.000 millones, porque protestar suele ser una manera de reclamar más democracia, porque pedir la fortaleza de lo público es ponerse del lado del Estado, porque la medida de un país es la suerte de su educación– por lo que nuestros estudiantes y nuestros profesores y nuestros trabajadores salieron a marchar antes de ayer.

Por supuesto, los colombianos deberíamos marchar contra nosotros mismos: contra nuestro desprecio de lo público. Por supuesto, podríamos marchar, también, para reclamar una buena administración de los recursos de las 32 universidades estatales, para exigir el fin del machismo en las facultades anquilosadas e intocables, para respaldar un sistema educativo que en realidad empieza en la primera infancia. Pero este miércoles 10 de octubre, luego de los desoladores resultados de aquel estudio de la IEA –que reveló, a comienzos de abril, que el 73 por ciento de nuestros alumnos de octavo grado se pondrían del lado de una dictadura–, fue un alivio ver las caras y los puños y las pancartas y las voces de protesta de tantos estudiantes en tantas ciudades de Colombia.

Tarde o temprano nuestros estudiantes reclaman lo justo: que dejen de embaucarlos con el falso dilema entre la libertad y la seguridad; que las reformas tributarias anuales no asfixien más a sus profesores; que esta marcha no sea otro álbum de fotos para mostrarles a los nietos, sino un tercer llamado para que la educación sea reconocida como un derecho fundamental, como un vehículo para la equidad, como un puente a la reivindicación de lo de todos. Fue una alegría verlos pegar su grito, porque, en este país bipolar que va de la derrota a la histeria sin escalas, una marcha de estudiantes es una apuesta por la democracia, una prueba de que una nueva generación tiene claro que la historia está pendiente, que ningún mesías vendrá a ponerles la vida en orden, que cada salida a la calle es un simulacro de las elecciones.

Y que, sin embargo, ni los congresistas burdos pueden callarlos, ni los vándalos pueden enlodarles las plegarias ni los políticos oportunistas pueden capitalizar sus protestas.

En Colombia siempre se ha marchado por la misma razón: para demostrar que, a pesar de todo, aún es posible hacerlo. Pero desde el miércoles pasado he recobrado la sospecha de que nos conviene a todos hacer parte de la marcha seria de los estudiantes.

RICARDO SILVA ROMERO
www.ricardosilvaromero.com

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