Opinión

Pésame

Que los políticos voraces se queden con las estatuas. Pero los empleados públicos tengan el respeto.

03 de agosto 2018 , 12:00 a.m.

Va mi más sentido pésame a los ignorados funcionarios del Estado. Que están pagando un karma por haber cometido el error de ser colombianos. Que ponen la cara por un sistema inhóspito –“hostil” es la palabra– estructurado e impedido por la suspicacia. Que trabajan de sol a sol bajo vigilancia, bajo sospecha, miles de justos que pagan por decenas de pecadores: “Usted lo que quiere es que yo me meta en un lío con las ‘ías’ ”, oí el lunes en un ascensor de edificio público. Que lo miran a uno brevemente desde sus cubículos, en Colpensiones o la Dian o la UGPP, como diciendo “si estoy mirando la pantalla del computador con el ceño fruncido es porque sé que esto es absurdo e injusto, pero que no salga de aquí”. Que ahora mismo no saben qué esperar de los publicitados jefes que se tomarán las oficinas de los últimos pisos desde el próximo martes.

Pero que no tienen más tiempo que perderle a la farsa en vivo y en directo de tantos prohombres entre comillas, tantos expresidentes que se detestan entre ellos con toda la razón: avísenles a nuestros empleados públicos, por favor, apenas los políticos se hayan puesto de acuerdo en que nuestra guerra no se acaba porque es la interminable guerra contra las drogas, apenas sea claro cuáles fueron los delitos que se cometieron en el reguero de Odebrecht, apenas sea innegable si el expresidente era o no era culpable.

No sobra rezarnos a nosotros mismos para que los 573.675 funcionarios de la Rama Ejecutiva corran con suerte a partir de este martes.

Hay un millón doscientos mil funcionarios –un millón doscientas mil almas, más o menos, cansadas de soñar con el sector privado, de motivarse a sí mismas, de tratar de revertir la desconfianza del 76,1 por ciento de la ciudadanía encuestada para el World Value Survey de 2016 y de insistir en la profesionalización de la función pública– que jamás podrán permitirse a sí mismos desplantes a la justicia, ni cartas de renuncia como ases en la manga ni tuits injuriosos: si uno lo piensa con cuidado, si uno lo piensa, al menos, antes de decirlo, quizás sean los empleados públicos los únicos afortunados que hoy –cuando los likes de las redes han devuelto a tantos adultos a la megalomanía de la infancia– tienen la obligación de desahogarse con sus amigos en vez de perderse en algún monólogo iracundo en sus perfiles de Facebook.

Hace un par de años nomás, una completa investigación de la Escuela de Gobierno de la Universidad de los Andes determinó que había que afinar los procesos de selección para la carrera administrativa en el Estado, pero que también, por ejemplo, era necesario inventarse modos de reivindicar el trabajo de los servidores públicos. Colombia ha sido tan triste, tan jerárquica a la fuerza, que los políticos han sido su jet set, sus protagonistas convencidos de que los demás en efecto son extras. Y no sobra rezarnos a nosotros mismos para que los 573.675 funcionarios de la Rama Ejecutiva, que se conocen de memoria a esos jefes que llegan a inventarse la rueda e incumplir planes maestros, corran con suerte a partir de este martes: para que no terminen volviéndose caraduras con tal de no volverse chivos expiatorios, sacrificios.

Va mi voz de aliento a los funcionarios serios, como monjes zen que se sonrojan cuando uno se da cuenta de que llevan años en el ICBF o en el Ministerio de Cultura o en el Sena o en la Corte Suprema o en la Armada porque de verdad creen en servirle al país, que a esta hora están sudando frío porque ahí vienen los nuevos a empezar de ceros. Que este gobierno que ha estado coqueteando con la vieja idea de reducir el Estado, como si el objeto del Estado fuera la rentabilidad, sepa respetar lo que se ha venido haciendo en aquellos despachos entre bambalinas. Que los políticos voraces se queden con las estatuas que nadie voltea a mirar. Pero los empleados públicos tengan el respeto.

RICARDO SILVA ROMERO
- www.ricardosilvaromero.com

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