Opinión

Nos duele Venezuela

Tristeza da encontrar en las carreteras caravanas de venezolanos que huyen de la feroz dictadura

08 de noviembre 2018 , 08:00 p.m.

Está barato, dame dos”. Esta era la frase más común de un comprador venezolano cuando se acercaba a una tienda de lujo. En efecto, todo le parecía económico y a su alcance. Muchos años atrás, Venezuela vivía su época más próspera. Al contrario, Colombia padecía su época más tormentosa. Miles de colombianos, huyendo de la violencia política que azotaba nuestro país, emigraban a Venezuela, así como españoles, portugueses e italianos que llenaban calles y plazas. A nadie le era difícil encontrar trabajo en empresas, talleres y comercios. Yo mismo hice una rápida e intensa carrera de periodista hasta llegar a ser director de la revista Élite, la de mayor circulación en el país.

Estos recuerdos hacen más triste la realidad de hoy. Tristeza da encontrar en las carreteras caravanas de venezolanos que huyen de la feroz dictadura de Maduro. También, tristeza da ver mujeres con niños al hombro, muchachos en los semáforos en espera de unas monedas, artistas improvisados que cantan joropos en atestados buses de TransMilenio, profesionales convertidos en simples mensajeros. Tristeza da también ver los parques de las ciudades convertidos en refugios improvisados a la intemperie.

Según las estadísticas oficiales, más de 1’300.000 inmigrantes venezolanos ocupan hoy 26 departamentos del país. El ministro Carlos Holmes estima que pueden llegar a Colombia un millón más, ante el hambre, el aumento del desempleo, la escasez de productos básicos y medicinas, la crisis financiera y el cierre de empresas privadas.

Los estimativos del Fondo Monetario Internacional indican que la hiperinflación en Venezuela llegará a 10 millones por ciento para el 2019, y que la reducción de la producción petrolera supera los 400.000 barriles por año.

Todo esto lo previó Teodoro Petkoff, el gran líder político, escritor y periodista que acaba de morir. Sabía como nadie corregir sus propios errores. No debe olvidarse que por influencia de Fidel Castro y el reciente triunfo de la revolución cubana, Teodoro dirigió, junto con Douglas Bravo, una guerrilla comunista. Pero cuando vio la sumisión y los atropellos que implica el marxismo leninismo, lo abandonó para fundar el MAS (Movimiento al Socialismo), partido de izquierda social demócrata que saltó a la arena con el beneplácito del presidente Rafael Caldera.

Teodoro vislumbró los peligros que acechaban a su país. Supo detectar muy pronto los sombríos rigores que impone el comunismo castrista.


Por entonces yo vivía en Venezuela, y a partir de ese momento nos hicimos amigos. Nos veíamos a menudo. Compartíamos reflexiones y lecturas. Nunca podré olvidar que gracias a mi gestión, Gabo donó en 1973 a Teodoro y al MAS, su movimiento, el dinero del Premio Rómulo Gallegos. En un principio, por razones políticas que lo distanciaban de Rómulo Betancur, Gabo había decidido renunciar a dicho premio. Me lo dijo confidencialmente en París. Yo no estuve de acuerdo. Me parecía más oportuno donárselo a un limpio movimiento de izquierda como el MAS, dirigido por Teodoro, que buscaba abrirse camino. Gabo no conocía a Petkoff. “Tráemelo a Barcelona, pero no le digas el motivo”. Y así lo hice. Recuerdo la alegría de Teodoro cuando supo al fin la razón de su viaje y mi insistencia de que lo hiciera. Desde entonces nació su amistad con Gabo.

En Venezuela, mucha agua ha corrido bajo los puentes. Nadie mejor que Teodoro vislumbró los peligros que acechaban a su país. Supo detectar muy pronto los sombríos rigores que impone el comunismo castrista. Promovió una izquierda democrática, no cerró el camino a la propiedad privada ni la economía de mercado. Fue ministro de Rafael Caldera. Renunció a su partido cuando este decidió apoyar a Chávez. Su famoso periódico, Tal Cual, se convirtió en una candente tribuna de oposición contra Chávez y luego contra la dictadura de Maduro, hasta que este lo clausuró. Como si fuera poco, le prohibió a Teodoro salir del país y lo obligó a presentarse cada semana ante un tribunal para humillarlo. De modo que vivió como preámbulo de su muerte dos años de una triste soledad.

También en la sombra vive la Venezuela de hoy. A todos nos duele. La pregunta que nos queda es: ¿hasta cuándo?

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