Opinión

Los perros ladran…

El conflicto entre Israel y Palestina llega a Colombia a través del periodismo.

14 de septiembre 2018 , 12:00 a.m.

“No hay que encontrar algo turbio detrás de cualquier acción justa” es el sagrado principio que aduce Antonio Caballero, y no creo que sea ajeno a esta reflexión. Solo que sus columnas y caricaturas en la revista Semana padecen a veces de una extraña distorsión oftálmica que ve turbio un limpio trabajo periodístico. A la vez considera positivo el socialismo del siglo XXI de Cuba y el desastroso de Maduro en Venezuela. Mientras que para Caballero tal experiencia sigue siendo un sueño ideológico, para mí resulta una pesadilla.

¿Prepago o publirreportaje? Nunca se me habría ocurrido hacer con el periodismo tal negocio de pícaros que él sugiere. Mi formación cartesiana, después de estudiar y vivir en París por más de 20 años, me obliga a analizar todos los temas bajo el esquema de hipótesis, tesis y síntesis que culminan en una conclusión.

El tema de las relaciones entre Israel y Palestina no me salió del bolsillo, como parece sugerirlo Caballero creyendo descubrir una operación comercial detrás de mi entrevista. El tema saltó sobre el tapete cuando el presidente Santos, tres días antes de entregar el mando, decidió reconocer a Palestina como Estado, tras haberse negado a hacerlo en sus ocho años de gobierno. A Marcos Peckel, presidente de la Confederación de las Comunidades Judías en Colombia, yo no lo conocía. Sus primeras declaraciones me sorprendieron por su forma más bien ecuánime de abordar el delicado conflicto de Israel y Palestina. También hizo saber el mal sabor que dejó en la comunidad judía esta sorpresiva jugada de Santos, propia de un astuto jugador de póquer. Fue así como decidí entonces entrevistarlo.

El tema de las relaciones entre Israel y Palestina no me salió del bolsillo, como parece sugerirlo Caballero creyendo descubrir una operación comercial detrás de mi entrevista.

Después de ser publicada mi entrevista en EL TIEMPO, leí con inquietud las supuestas correcciones de Antonio en su columna de Semana. Parecían sustentadas por un docto en la materia. Pero no fue así. En una segunda conversación con Peckel, me señaló tranquilamente que las “correcciones” de Caballero en su columna eran inexactas. Sí, efectivamente, Andrei Gromyko fue nombrado ministro de Asuntos Exteriores de la URSS en 1957, pero diez años antes defendió a capa y espada el derecho del pueblo judío a su independencia. En mayo de 1947 dio su apoyo a la creación de Israel como Estado Independiente en el Comité Especial de las Naciones Unidas para Palestina (Unscop, por sus siglas en inglés).

Replicando al ataque maniqueísta de nuestro feroz Antonio, Peckel recuerda que la resolución de la ONU en la que se reconocía a Israel como Estado fue apoyada por los países del bloque soviético, así como por la mayoría de naciones de América Latina y Europa. En cambio, los países árabes le declararon la guerra en su primer día de vida.

Parece que a Caballero, en su columna, le fallaron las matemáticas por todos lados. Antes de la guerra, la población árabe no sumaba 1’200.000 habitantes sino 800.000. Si bien al Estado judío le tocó el 55 por ciento del territorio, la mayoría era un desierto que hoy, gracias a su inventiva, florece y produce. Tras la guerra de los Seis Días, de 1967, Israel se salvó de ser exterminado, dice Peckel, por las fuerzas del Egipto de Nasser, en unión de Siria y Jordania. A pesar de esta amenaza, el Estado judío manifestó su interés de lograr un acuerdo de paz integral con el mundo árabe. La respuesta fue un no rotundo. El lema del terrorismo palestino es ‘Matar judíos en cualquier lugar y en cualquier momento’. El mejor ejemplo de esta consigna fue la masacre en los Juegos Olímpicos del 72.

La verdad que disgusta al mundo es que Hamás se tomó por la fuerza la Franja de Gaza, y lo ha convertido en un trampolín de ataques a Israel.
Esto, de paso, demuestra que mientras Palestina tenga dos gobiernos –y solo se manifiesten con misiles–, no se puede reconocer como Estado.

En resumen, este conflicto llega a Colombia a través del periodismo. Afortunadamente no se manifiesta en túneles y fusiles, sino en tinta de polémicas y una u otra interpretación sesgada.

PLINIO APULEYO MENDOZA

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