Opinión

Yo también

Yo también fui víctima de acoso sexual en el trabajo.

27 de noviembre 2017 , 01:34 a.m.

Mi nombre es Paola Ochoa, soy periodista, tengo 41 años y en una ocasión fui víctima de acoso sexual en el trabajo. Fue una situación insoportable que tuve que sufrir por largo rato. No me atrevo a dar nombres porque no tengo pruebas del caso. En esa época no había WhatsApp, ni mensajes de celular ni se guardaban registros electrónicos en ningún aparato. Sería su palabra contra la mía y podría terminar emproblemada judicialmente y hasta con un carcelazo. No saldría bien parada: me pulverizaría en un segundo con su poder, influencia y amigazos mediáticos.

Tampoco me atrevo a denunciarlo públicamente porque corro el riesgo de no poder nunca más conseguir trabajo. A las mujeres que lo hacen se les cierran las puertas de por vida en casi todos los campos. La prueba es la funcionaria de la Defensoría acosada por el defensor, quien casi no puede encontrar un trabajo por mucho que lo intentó. Soy muy cobarde porque no soy capaz de denunciarlo. Fui víctima de una presión indebida a lo largo de muchos años, pero jamás pude confrontarlo.

Callé por muchos años. Nunca pedí ayuda a nadie, nunca hablé con nadie. Algunos de mis compañeros veían lo que estaba pasando, pero no hicieron tampoco nada por denunciarlo. Tal vez por susto, tal vez por miedo. Tal vez por la angustia de jugarse también su pellejo. O tal vez porque les parecía normal que un hombre en una situación de poder intentara comerse a sus subalternas en oficinas que volvían dormitorios.

Soy parte de las estadísticas de mujeres acosadas por sus jefes en el lugar de trabajo. Soy parte de una legión enorme de mujeres que han sido acorraladas sexualmente por sus jefes en situaciones y lugares que eran netamente profesionales. Tal vez ese es el verdadero precio que nos toca pagar a las mujeres por querer tener un asiento en el mundo laboral y compartirlo con los hombres.

Los casos saltan a la vista por todos lados: las actrices de Hollywood, las deportistas, las gimnastas, las asesoras de los políticos, las periodistas de los grandes medios de comunicación como el ‘New York Times’ o la cadena CBS. Hasta el último informe del Centro de Memoria Histórica confirmó que Raúl Reyes abusaba de su poder militar para violar a las niñas guerrilleras de las Farc.

Pero apenas hoy entiendo que eso era acoso sexual. Solo apenas –casi quince años después– entiendo que esas miradas, esos toques, esas insinuaciones, esos chistes y esas propuestas eran todas morbosas, grotescas y estaban completamente fuera de lugar. Eran acoso sexual.

Apenas hoy entiendo que mi jefe de esos años era la versión colombiana de Harvey Weinstein: un devorador de mujeres, un depredador de subalternas, un adicto al sexo con mujeres jóvenes e ingenuas. De esos tipos que creen tener el derecho a comérselas a todas porque se sienten los escogidos, porque se sienten con derecho sobre los demás, porque se creen dioses, porque sencillamente se sienten por encima de lo humano y lo divino. Porque carecen de la más mínima empatía con los demás. Porque nunca se preguntan qué sentimos sus víctimas o si la estamos pasando mal.

Hoy entiendo –de cara a los 60 años del voto femenino en Colombia– que muy pocas cosas han cambiado para las mujeres en todo este tiempo. Todavía seguimos siendo víctimas de nuestras parejas, de nuestros esposos, de nuestros jefes mórbidos y libidinosos. Todavía seguimos subrepresentadas en el Congreso, en las cortes, en la Policía, en los ministerios. Todavía nos toca esperar hasta dentro de 217 años para tener igualdad salarial, según el último informe del Foro Económico Mundial sobre igualdad de género.

Pero, por primera vez, tenemos hoy la oportunidad histórica de elegir como presidente a una mujer: Marta Lucía Ramírez o Claudia López. Ambas pueden terminar o en la Presidencia o en la Alcaldía de Bogotá. O en ambas cosas a la vez, lo cual sería ideal.

Porque por primera vez tenemos la oportunidad de cambiar el rumbo de la historia y elegir una dupla de mujeres honestas para que asuman las riendas y destinos de una nación que nos grita por todos lados que asumamos su control.

Una nación llena de feminicidios, llena de crímenes contra las mujeres, llena de abusos sexuales y laborales contra nosotras, llenas de formas de dominación por parte de los hombres, llenas de leyes escritas por ellos sobre temas tan nuestros como el aborto o la custodia de los hijos pequeños.

Y es que los hombres –según han estudiado los sicólogos– se sienten muy superiores a las mujeres a partir de los 7 años de edad. Es hora de reescribir la historia y darnos el lugar que nos merecemos dentro de un nuevo orden mundial. Es hora de educar a nuestros niños para frenar esta dolorosa historia de violencias contra nuestro género. Es hora de hablar y de dejar una constancia escrita de todo ese sufrimiento.

#MeToo

PAOLA OCHOA@PaolaOchoaAmaya

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