Opinión

¿Un nuevo pacto por la educación?

Para innovar se necesitan plata, capital político y escuchar voces disonantes. Cosas muy difíciles.

09 de agosto 2018 , 12:00 a.m.

Mis colegas que opinan en favor de la educación han publicado varias cartas a la nueva ministra María Victoria Angulo. En la suya, Álvaro Restrepo la invita a privilegiar la formación integral y en especial la educación artística (https://www.elespectador.com/opinion/carta-abierta-maria-victoria-angulo-nueva-ministra-de-educacion-columna-804226). Julián de Zubiría le propone hacer un acuerdo nacional en el que se apoye la educación pública, la pedagogía prime sobre el cemento y se recojan las propuestas de los demás candidatos presidenciales, cuyos programas fueron más ambiciosos que el de Iván Duque
(https://www.semana.com/educacion/articulo/julian-de-zubiria-carta-a-la-nueva-ministra-de-educacion/575696).

Como el presidente Duque ha anunciado un pacto nacional en el que incluye la educación, la bienvenida que me parece pertinente a la ministra es preguntarnos cómo ella (y la viceministra y el viceministro que se han mencionado como sus escuderos) podría sacarlo adelante. Los tres han mostrado ser personas comprometidas, capaces y que creen en la paz. Pero mi posición, aunque será activa en el dialogo para facilitar el consenso, es escéptica.

Estos funcionarios reciben un estado de cosas preocupante, y si no logran innovar a fondo, con las mismas políticas que venimos llevando a cabo (excepto un par de ellas), el progreso seguirá siendo lento y las demandas galopantes. Para innovar se necesitan plata, capital político y disposición a escuchar voces disonantes. Cosas muy difíciles.

Tenemos una financiación pobre e inequitativa que no reconocen ni el Ministerio de Hacienda ni a veces los propios funcionarios del sector educativo. Colombia es mediocre en inversión pública, y esa inversión es más precaria entre más pobres son las comunidades. Además, somos el país de la Ocde con la educación más privatizada.

Colombia es mediocre en inversión pública, y esa inversión es más precaria entre más pobres son las comunidades. Además, somos el país de la Ocde con la educación más privatizada.

Estamos en la cresta de un centralismo tecnocrático que rechazan duramente comunidades y entes territoriales, y que no da muestras de querer ceder. Las ideas de estandarización, replicabilidad de modelos foráneos y experimentación con seres humanos a través de las ideas de “incentivos” atados a evaluaciones externas han llegado a un punto de crisis en la relación entre docentes, instituciones educativas, secretarías de Educación y el ministerio, que exige un replanteamiento. Y entre los conflictos, la desconfianza del gremio docente frente a la institucionalidad es especialmente difícil. Reconociendo que hay sectores sindicales que la exacerban por razones políticas, hay que admitir que el enfoque tecnocrático es el principal responsable de esa pelea letal. Y sin sindicato no veo útil un acuerdo nacional.

Con todo, me preocupa más el enigma de cómo construirá paz desde el mundo educativo este Gobierno, con el discurso guerrerista de las estructuras políticas que lo soportan. No me imagino a un ministerio que promueva la justicia restaurativa en vez de la punitiva en las escuelas, si al tiempo el Gobierno quiere anular a la JEP; ni cómo hablar de democracia escolar, si la disciplina, la urbanidad, la seguridad policiva y la represión de la protesta son el discurso dominante no solo en la sociedad adulta, sino para los niños y jóvenes.

Para no hablar del desafío de coordinación entre el Ministerio de Educación, el Icetex y el Icfes con el Sena, el sistema universitario estatal, el ICBF, Mincultura, Mintic, Coldeportes, y Colciencias.

El programa que hasta ahora ha anunciado el presidente Duque, y que reiteró en su discurso de posesión, habla de modo general y convencional de universidad pública, de primera infancia, de educación cívica, de jornada única, de formación técnica y de alimentación escolar: temas pertinentes, pero que no dejan ver todavía cosas nuevas ni de envergadura. A la ciencia le ofrece duplicar su presupuesto y a la cultura un ámbito importante en la sociedad y en la economía. Y la idea de revivir a la Comisión de los Sabios seguramente ayudará a vincular a dos de esos sectores con la educación.

Me preocupa más el enigma de cómo construirá paz desde el mundo educativo este Gobierno, con el discurso guerrerista de las estructuras políticas que lo soportan.

Pero construir paz y justicia social desde las oportunidades educativas significa, por ejemplo, aumentar el presupuesto educativo en 20 billones de pesos adicionales al año para destinar esos recursos, entre otras prioridades, a la educación rural, a la formación integral (sin la cual la jornada única carece de sentido), a una educación inicial intersectorial que reconozca a las escuelas como actor central, y a una educación media vocacional articulada con la educación superior que vaya más allá de la formación técnica y conduzca al resto de la educación superior pública con financiación sostenible.

Estaremos atentos a las invitaciones que permitan retomar la idea de un pacto, partiendo como piso, de los compromisos que el presidente Iván Duque firmó en el 2014 siendo senador ante el Movimiento Todos por la Educación. Juan Manuel Santos, que también lo firmó, lo incumplió. La doctora Angulo puede ahora recordarle ese compromiso al presidente Duque, y allí tendría un antecedente para viabilizar su nueva convocatoria. El compromiso implica al menos un 7 por ciento del PIB destinado al gasto público en educación y en vez de leyes habilitantes (como propone algún documento de empalme), un acuerdo incluyente con territorios, poblaciones y grupos de interés para la reforma de los sistemas generales de participaciones y de regalías. Por ahí podríamos comenzar.

ÓSCAR SÁNCHEZ
*Coordinador Nacional Educapaz

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