Opinión

Esencia, financiación y compromiso

¿Con qué recursos cumplir los programas políticos?, ¿qué lugares del país son prioritarios?

30 de noviembre 2017 , 12:00 a.m.

Últimamente la educación no es lo que más interesa en la agenda política; como estamos en campaña se ha iniciado una competencia: quién propone metas más altas de colegios en jornada única, dotación de tabletas e internet, construcción de nuevas aulas, alimentación escolar, fortalecimiento financiero de las universidades públicas, formación docente y acceso a educación inicial. Esas políticas públicas se vuelven números. Cuantas más, mejor. Y determinados medios para educar se convierten en lugares comunes sin que alguien se pregunte para qué y cómo los queremos y si van a generar resultados.

El aumento de la matrícula, la ampliación del tiempo escolar, el mejoramiento de la infraestructura y la dotación y la capacitación de maestros son ejemplos de tareas que nadie dudaría que se deben emprender. Pero justo porque las comparto, veo necesario reflexionar sobre su aplicación para no quedarnos en una agenda sin tamaño y sin espíritu. En los próximos meses de campaña estaré tratando en detalle tres paquetes de preguntas que veo reducidas en el debate. En esta columna los presento.

Sobre la esencia. ¿Qué queremos que los chicos aprendan y qué queremos que no aprendan en las escuelas y en otros ámbitos? Es decir, más años de escolaridad, mayor retención de los chicos en la escuela o una jornada más larga tienen sentido si hablamos de formación integral, del cuerpo, el cerebro y las emociones, de lo que cada quien aprecia y necesita de la educación en su realidad. De cómo incluir a los chicos con dificultades o intereses diversos. La inquietud es, para qué se hacen propuestas.

Determinados medios para educar se convierten en lugares comunes sin que alguien se pregunte para qué y cómo los queremos y si van a generar resultados.

Sobre el tamaño y la equidad en la financiación. ¿Con qué recursos cumplir los programas políticos?, ¿qué lugares del país son prioritarios?, ¿hasta dónde privilegiar determinados medios y cuáles aplazar en función de las limitaciones fiscales? Hay varios datos que no podemos ver como un elemento más en la discusión. Primero, la segregación del sistema obligaría a una profunda redistribución. Segundo, no hay ninguna inversión más rentable que la educación, tanto para los individuos, como para las sociedades, y justo cuando hay crisis es cuando más se requiere invertir en educación. Tercero, en comparación con otros países latinoamericanos y otros rubros del presupuesto público, no es cierto que en los últimos años la educación haya sido nuestra prioridad fiscal. Y, cuarto, mientras el nivel de gasto público en el país es mediocre, el gasto de las familias es uno de los más altos del mundo. Preguntas sobre cuáles prioridades muestran los programas.

Y sobre el compromiso de los seres humanos involucrados en un sistema complejo. ¿Quiénes tienen que cambiar sus prioridades y qué poderes deben ceder para modificar las rutinas y vencer los conflictos del sistema educativo?, ¿cómo hacer gratificante la educación para niños, jóvenes, maestros y familias?, ¿cómo movilizar a la ciudadanía para que educar sea una responsabilidad, como dice la Constitución, de la familia, la sociedad y el Estado?, ¿cómo gestionar la desconfianza entre actores del mundo educativo, y en particular la desarticulación entre los niveles territoriales, entre las entidades del Estado en el sector educativo y más allá del sector y el conflicto laboral entre el sindicato de docentes oficiales y el Gobierno que los emplea? Preguntas sobre la posibilidad de que las propuestas sean realistas y empoderantes.

Es necesario distinguir las condiciones para educar de la educación en sí y darle presencia efectiva y espíritu genuino al debate político, para que no conduzca a nuevas frustraciones. Digamos que una política pública es como un robot inflable (estoy pensando en Baymax, el personaje de la película infantil ‘Grandes héroes’). Las ideas de programas son como el diseño del robot y su confección, pero hasta allí hay un ser sin altura. El presupuesto suficiente y bien distribuido es como el aire con el que se infla el muñeco, lo que les da forma a las ideas. Y el compromiso de la gente y las organizaciones es el ‘software’ que le dice a ese robot para dónde ir y cómo reaccionar ante la realidad. Por ahora las campañas están en la confección. Tienen un ser potencialmente interesante pero inanimado y sin volumen.

ÓSCAR SÁNCHEZ
*Coordinador Nacional Educapaz

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