Opinión

En 2018, ¿escuelas y universidades en reconciliación?

Hay que hacer que en ellas los niños y jóvenes tengan una opción distinta a heredar los odios.

28 de diciembre 2017 , 12:00 a.m.

Aunque hay territorios en donde la violencia no ha cedido en muchas zonas rurales de Colombia, los últimos tres años fueron los más pacíficos en décadas. Muchas organizaciones han aprovechado esa tregua para un trabajo intenso, y hoy las redes de pobladores en áreas muy afligidas son más sólidas. Jóvenes y docentes de comunidades campesinas e indígenas de un centenar de municipios se están juntando con jóvenes y docentes de sus propios territorios y de otras ciudades y zonas rurales para formar parte de ese proceso.

Pero pueden pasar muchas cosas. De hecho, se ha deteriorado la seguridad, están cayendo líderes sociales en todo el país, y la criminalidad está cobrando cada día más vidas. En un ejemplo doloroso, solamente en el sur del Tolima fueron asesinados en los últimos meses la maestra Liliana Astrid Ramírez Martínez, en Coyaima, y el maestro Esnéider Saiz Comba (a cuyas familias, colegas y estudiantes expreso mis condolencias) en Planadas. La lección que he extraído de visitar muchas escuelas en barrios y veredas en conflicto es que el miedo es el veneno que contamina y puede vencer a la paz, mientras que la solidaridad es el antídoto. De modo que la esperanza de tener escuelas a las que puedan llegar los chicos, en las que aprendan lo que necesitan para labrar un proyecto de vida satisfactorio y se queden hasta llegar a una buena formación técnica o universitaria, depende de que la solidaridad se fortalezca de mano de una vivencia cotidiana de seguridad humana.

La lección que he extraído de visitar muchas escuelas en barrios y veredas en conflicto es que el miedo es el veneno que contamina y puede vencer a la paz, mientras que la solidaridad es el antídoto.

En 2018 sabremos si la reducción en las confrontaciones, atentados, homicidios y lesiones se mantiene, si se extiende a nuevas regiones o si la tregua termina y seguimos en las mismas guerras sin sentido por décadas. En todo caso, el próximo puede ser el año para comenzar en firme la reconciliación. Para lo cual será determinante lo que hagamos en las escuelas, institutos técnicos y universidades. Abrirlas para que allí se construya la verdad, para que allí se encuentren víctimas de todos los dolores y colores, para propiciar gestos de perdón y acuerdos locales para la no repetición. Permitir allí el debate sin sectarismo. Hacer que en ellas los niños y jóvenes tengan una opción distinta a heredar los odios.

Hay oportunidades concretas: ¿podemos facilitar a los magistrados y funcionarios de la Jurisdicción Especial para la Paz encuentros con los docentes y líderes estudiantiles para reflexionar sobre la justicia restaurativa en la vida cotidiana y en el país?, ¿podemos trabajar para que la Comisión de la Verdad se nutra de la historia de vida de las comunidades educativas que estuvieron en la guerra y temen seguir en ella?, ¿seremos capaces de hacer que las iniciativas de educación socioemocional, cívica, para los derechos y para la democracia que son miles y muy precisas en nuestras escuelas e instituciones de educación superior, se encuentren entre ellas, se propongan enfrentar la cultura de violencia y exclusión y cuenten con mejores medios para trabajar?, ¿conseguiremos que las inversiones en infraestructura y dotación que haga directamente el sector privado en las zonas afectadas por el conflicto armado con la plata de nuestros impuestos lleguen a lo profundo de la ruralidad e incluyan la educación como propósito central?, y, muy especialmente, ¿convenceremos a las instituciones estatales de poner en marcha y financiar en serio, más allá de manifestaciones de buena voluntad, el Plan Nacional de Educación Rural, que contempla medidas claves para el aprendizaje pertinente y el acceso efectivo en la educación inicial, básica, media y superior en las zonas rurales?

Depende de muchos de nosotros, unos en las comunidades, otros en las organizaciones sociales y las empresas, otros en los gobiernos territoriales y en el Gobierno Nacional que entrega el poder, y los más en los nuevos equipos de quienes resulten elegidos para gobernarnos en los próximos cuatro años. Somos muchos los que queremos vivir plenamente y espantar el miedo en el mundo de la educación. Necesitamos un fin de año revitalizante para unirnos y lograrlo durante el momento crucial que viene en 2018.

ÓSCAR SÁNCHEZ
* Coordinador Nacional Educapaz

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