Opinión

Gangas

Los compradores compulsivos tienen nombre propio en los crucigramas: oneómanos.

06 de enero 2018 , 12:00 a.m.

Lo mejor en compras lo dijo Malena, una gauchita de cinco años, cuando vio salir a su abuela y a su madre: “Abuelito, van a comprar cosas necesarias que no necesitan”.

Los compradores compulsivos tienen nombre propio en los crucigramas: oneómanos. La oneomanía evoca al calumniado Onán. Pero nada que ver. Ni siquiera el bíblico personaje inventó el ‘yo con yo’. Calumnias de Freud.

Un oneómano ve un paso cebra y le provoca comprar todo el zoológico. No solo por Navidad, Año Nuevo, Reyes: la sola voz ‘ganga’ les activa las papilas ‘gastativas’. Viven para comprar, no compran para vivir.

Muchos especímenes solo conocen la voz inglesa sale. No importa si no necesitan el producto; basta que cueste menos. El libre desarrollo de la personalidad incluye el verbo ‘comprar’ en su primerísima acepción: alborotar la libido comprandi.

La sola voz ‘ganga’ les activa las papilas ‘gastativas’. Viven para comprar, no compran para vivir.

El eterno Ariel Armel Arenas, defensor del consumidor y sus sabuesos, tiene trabajo: averiguar si la orgía de rebajas, gangas, chisgas lo son de verdad, y no ‘falsos positivos’ para quedarse con nuestra “falsa bolsa de irónica artimética”.

Papá gobierno debería ordenarle una pasantía al lado de Armel al superintendente de Industria y Comercio, Pablo Felipe Robledo, quien no se para en pelos para investigar y sancionar a quienes patean los códigos. Porque no es trabajo de los consumidos consumidores verificar la veracidad de las promocionadas rebajas. Su oficio es hacer que suenen las registradoras.

Los compradores de élite (qué ganas tengo de hablar de las compradoras) consideran un desprestigio, una derrota social, comprar en almacenes de rebajas. Pasan de largo, despectivos, olímpicos, por las góndolas que las promocionan. Fenalco está en mora de llenarles el pecho de charreteras.

En naciones como Alemania hay bares especializados para que los maridos se emborrachen y forniquen mientras las dueñas perpetuas de sus quincenas, como las bautizó Octavio Amórtegui, desocupan las vitrinas. ¿Qué nos pasa, varones domados colombianos, que no nos hemos copiado de los teutones? Como no soy egoísta, notifico que el negocio de esos bares está pulpito. ¡Pilas!

Como empecé con Malena, termino con la misma nena que escuchaba en la radio el tango que lleva su nombre. La inquietud, de nuevo, fue para su abuelo, el finado Ricardo Ostuni: “Abuelito, ¿y por qué me mencionan en la radio?”. Felices compras.

ÓSCAR DOMÍNGUEZ GIRALDO
- www.oscardominguezgiraldo.com

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