Opinión

¿Qué tan bien lo estamos haciendo?

Tenemos educación gratuita, pero eso no impide las grandes diferencias de calidad con la privada.

27 de julio 2018 , 12:00 a.m.

La semana pasada reflexionaba sobre “para qué sirve la universidad”, y concluí, en una síntesis brevísima, que sirve para “la formación amplia, integral y democratizadora de los jóvenes, y la construcción de un importante potencial de respuesta a los problemas de la sociedad”. La pregunta inevitable es qué tan bien lo estamos haciendo.

La primera parte de la respuesta debe ser un reconocimiento a lo que hemos avanzado durante los últimos decenios. A veces se piensa que mientras menos se reconozca, más se aboga por lo que falta, pero sucede precisamente lo contrario. La falta de reconocimiento rompe la continuidad de buenas iniciativas y desestimula esfuerzos.

Cuando entré a la Universidad Nacional (es historia, pero no prehistoria), solo el 4 por ciento de los jóvenes en edad de estudiar en la educación superior lo hacíamos. Hoy son más del 50 por ciento. La investigación científica era apenas anecdótica, la formación se daba mayoritariamente en profesiones con límites estrechos en su estudio y aplicación. Los posgrados eran una figura exótica.

Hoy contamos con un sistema universitario de gran fortaleza e instrumentos que permiten asegurar que la oferta tenga unos estándares prefijados de calidad. Contamos con información confiable y al día para tomar decisiones y, a pesar de la concentración de la oferta en los grandes centros urbanos, hay iniciativas que permiten progresivamente el acceso a poblaciones rurales y desprotegidas.

Hoy contamos con un sistema universitario de gran fortaleza e instrumentos que permiten asegurar que la oferta tenga unos estándares prefijados de calidad.

La segunda parte de la respuesta es sobre lo que hace falta. Se podría decir que más de todo y mejor. Más acceso, más equidad, más calidad, más impacto en la sociedad. Se han construido planes para lograr todo eso. La pregunta es si vamos a ser capaces de ejecutarlos, porque son planes de largo aliento y nosotros tendemos más a reiniciar que a continuar. Las actuales propuestas del sector contemplan, entre otras aspiraciones, llegar al año 2032 con una cobertura del 80 por ciento, similar a la de países desarrollados. Se plantean metas igualmente ambiciosas en calidad, diversidad y equidad regional de la oferta.

Contamos con algunas condiciones que, a mi parecer, nos dan una ventaja comparativa. Entre ellas, un sistema mixto público-privado, vinculado en forma sui géneris a una sola asociación (Ascún) con buena comunicación. La educación pública deberá ser el pilar del esfuerzo de equidad, pero los dos campos tienen claro que para alcanzar las metas nacionales se necesita todo su compromiso.

Hay problemas, sin duda. Uno es la heterogeneidad entre instituciones y entre regiones, lo que hace que las ofertas no sean equivalentes. Siempre hay voces por una educación totalmente pública y gratuita. Tal vez en un mundo ideal podría funcionar, pero los que trabajamos con números y preferimos enfrentar la realidad con algo más que discursos sabemos que no es sencillo. Más aún, que, incluso si se diera, no resolvería los problemas. Tenemos hoy educación básica y media gratuita, pero eso no impide que haya grandes diferencias de calidad con la privada. En Brasil, los jóvenes bien preparados en colegios privados pasan los exámenes de ingreso a la excelente universidad pública y gratuita, mientras que a muchos jóvenes de colegios públicos les toca acceder a universidades privadas, costosas y de menor calidad.

La solución requerirá varios elementos, entre ellos crecimiento real, decidido y continuo en la inversión, enfocada en el propósito de que todos los jóvenes tengan oportunidades reales de acceso; esfuerzos que homogenicen la calidad de la oferta (no su diversidad) y no permitan inequidad regional, o entre lo público y lo privado, y, sobre todo, compromiso general en un esfuerzo guiado por una política de Estado que no se vea afectada por los cambios de gobierno. ¿Será utópico?

MOISÉS WASSERMAN

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