Opinión

‘Florencia en el Amazonas’

Un reconocimiento a la obra del compositor Daniel Catán y que se presentó en el teatro Colón.

11 de noviembre 2018 , 05:41 p.m.

La bella ópera ‘Florencia en el Amazonas’, del compositor mexicano Daniel Catán, fallecido hace siete años, fue presentada en el teatro Colón, producida por La Compañía Estable, en asociación con la Orquesta Nueva Filarmonía y el Coro de la Ópera de Colombia. Un argumento contemporáneo, cuya acción transcurre a principios del siglo XX, habla de lo universal y de lo nuestro: el encuentro entre la civilización y lo salvaje. Un recorrido por el río Amazonas en busca de claves que le, den sentido a la vida de sus protagonistas, a sus agobiantes rutinas, a sus anhelos sin esperanza y a los indescifrables caminos del amor.

Aplausos para el público capitalino de la última función, que, en la mitad de un puente y bajo un aguacero mayúsculo, inclusive tratándose de una obra bastante desconocida, llenó el teatro. Se evidencia que después de insistir durante décadas en presentaciones de ópera en Colombia, los esfuerzos por la formación y atracción de públicos hacia lo lírico están dando resultados.

Otro aplauso para la artista en medios electrónicos y artes, la videógrafa Michelle Ospina, a quien reconocemos su sentido musical para emparejar imagen en movimiento y partitura, y resaltar así la coherencia indispensable entre lo que se ve y se escucha. Mostrar el río Amazonas bajo los distintos impulsos de la naturaleza fue un bello regalo, y también lo fueron el inteligente diseño de escenografía de Julián Hoyos, el precioso vestuario de Olga Maslova y la iluminación discreta de Humberto Hernández.

Pedro Salazar mantiene impecablemente la línea escénica e, inclusive, humaniza troncos de árboles que, con el furibundo vaivén del río, atacan al barco y amenazan con hundirlo. Saca lo mejor del talento actoral de los cantantes que, hoy más que nunca, por la aproximación fílmica a la lírica, deben competir no solo con sus bellas voces, sino como buenos actores.

Una partitura como la de esta ópera, tan densa en armonías que evoca a Puccini y a Debussy, debe ser tratada con cuidado desde el punto de vista sinfónico. Son necesarios los contrastes sonoros que reflejan las intenciones del compositor. Sin embargo, lo melódico debe hipnotizar, y si la fuerza orquestal se impone, como sucedió sobre todo en el primer acto, no solo se afecta la correcta interpretación, sino que se ponen en peligro las voces de los cantantes al intentar, intuitivamente, superar el volumen de la orquesta. Un llamado de atención en ese sentido al maestro Ricardo Jaramillo, el director musical.

Los siete solistas colombianos, un arcoíris de hermosos colores de voz, tienen un común denominador: la necesidad de mejorar sus técnicas vocales para una mejor proyección de sus voces en escena.

Bella la plasticidad corporal y los agudos de la protagonista, Ana María Ruge. Actuar así, como en la Tosca, de Puccini, el papel de una cantante de ópera es un reto, y, como la diva Florencia, salió airosa. El barítono Camilo Mendoza, Riolobo, posee una voz bien timbrada y naturalmente grande. Es arriesgado querer agrandarla aún más. Los bajos Hyalmar Mitrotti, Capitán, y Alexis Trejos, Álvaro, correctos en sus interpretaciones. La soprano Camila Toro, Rosalba, podría sacarle mejor partido a su pequeña y bonita voz si mantuviera una mejor línea de canto. El rol de la ‘mezzosoprano’ de la ópera, Paula, requiere una voz oscura, dramática, que favorezca el contraste con las dos sopranos. El timbre de Mónica Danilov, delicado y muy claro, no permite tal efecto. Estupenda voz la del joven tenor Manuel Franco, Arcadio, un potencial futuro exitoso que con la ayuda técnica acertada solucionaría el miedo de proyectar sus agudos, que esperan volar en libertad.

Hace falta en el país una orquesta de foso especializada en acompañar zarzuela, ópera, teatro y ballet. Tenemos, sin duda, músicos locales para hacerla. Ojalá la política de la economía naranja le diera posibilidades presupuestales a esta carencia.

MARTHA SENN

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