Opinión

¿Y cómo es él?

A escasos tres meses de posesionado, a Duque solo lo podemos conocer a medias por su tono y actitud.

10 de noviembre 2018 , 11:18 p.m.

¿De dónde vendrá ese primer plazo de cien días para medir un gobierno? Debe tratarse de una invención periodística, porque a escasos tres meses de posesionado, a Duque solo lo podemos conocer a medias por su tono y actitud.

Se ve que es estudioso, sereno, trabajador incansable –algunos dicen que frenético, y que ya hay ministros que se sienten reventados–; pero a veces parecería que entre tanta trabajadera hace falta coordinación, pues varias veces ha tenido que salir a corregirle la plana a un ministro o a algún otro alto funcionario. Es frío a la hora de tomar decisiones, y se ve muy empoderado y seguro en el cargo. Es alegre. Es joven. Pero joven juvenil, no joven viejo, que los hay.

Joven en su manera de ver las cosas, e incluso en su ingenuidad. Solo un joven ingenuo se atreve a hacer lo que está haciendo con el Congreso. Y no pocos son pesimistas frente a esa apuesta.

El país no estaba preparado para entender que la agenda legislativa transcurre más despacio porque hay un cambio de tercio en las costumbres políticas, y eso la opinión lo confunde con falta de liderazgo. Pero menos aún estaba preparado el Congreso, y en cien días es imposible que cambie la forma que tenía de relacionarse con el Gobierno, a punta de dádivas y cupos indicativos.

Duque es un liberal de centro. A algún analista le oí decir que su estilo se parece al del expresidente Julio César Turbay, en cuya escuela se formó su propio padre, Iván Duque Escobar. Trata de caer bien, no es confrontacional, pero es leal a sus principios.

Y es muy buen amigo de sus amigos. Tanto que circula por ahí un chiste: que para trabajar en este gobierno no sirve ser amigo de Uribe o militar en el Centro Democrático, sino cumplir uno de los siguientes cuatro requisitos: haber trabajado en el BID, haber vivido en Washington, haber estudiado en el colegio Rochester o en la Universidad Sergio Arboleda. Por lo cual queda claro que se siente cómodo trabajando con la gente que conoce, y en ese aspecto mira con cierto desdén las etiquetas que impone la política. No ha cometido el error de estigmatizar a sus contradictores.

Pero, además, es audaz y corajudo: asumió él mismo el costo político de la polémica reforma tributaria con el camionado de IVA que vendría, de la que nadie está responsabilizando a un fusible como es el minhacienda, que llegó al Gobierno ya bastante chamuscado. Ante los peores críticos de su ley de financiamiento, Duque responde serenamente: busquemos alternativas, no estoy en un concurso de vanidades.

Sobre su línea de gobierno ya hay cosas claras: solo cansancio les quedó a quienes llevan cien días esperando a que el presidente Duque haga trizas el acuerdo de paz o que le embole los zapatos al expresidente Uribe. Acerca del posconflicto, invertirá en él algo así como 8 billones de pesos. Y sobre Uribe, no son muy conocidos pero sí han sido reales los reclamos que el senador y su partido le hacen al Presidente sobre nombramientos de personas que no gustan porque los han insultado por Twitter, pero que Duque sostiene en el puesto, porque a él sí le gustan; públicas son las diferencias que hay en temas claves como el IVA a la canasta familiar. Claro. Ya los del Polo opinan que estos desencuentros, que han sido manejados con cortesía entre ambos, solo son una “puesta en escena”. Por el contrario, creo que esas relaciones están en observación y en una de estas pasan a cuidados intensivos.

Otra cualidad que se le ha notado a Duque en este examen de los cien días es que tiene cuero. No ha caído en la provocación de quienes lo califican de ligero, de superficial, de mascota de Uribe, de amigo de Maluma. En eso ha mostrado temple de estadista (aunque sí se le fue la mano al proponerle a Carlos Vives que se lanzara a la alcaldía de Santa Marta. Déjelo tranquilo cantando, Presidente).

Es buen comunicador. Debería intervenir más en alocuciones oficiales para volverse el defensor principal de sus reformas.

Pero, quizás en su afán de no mostrar un gobierno demasiado bogotano, ha concentrado sus primeros cien días en sus viajes por la provincia, y Bogotá atraviesa un momento en que no le vendría mal un empujoncito de ánimo del propio Duque, quien debería mostrarse un poquito más bogotano.

La última cosa para decir sobre Duque: es un buen tipo. Pero, como me dijo un amigo mío: eso, para un presidente, puede llegar a ser fatal.

Entre tanto… No más ataques contra la sede de RCN. No es a un edificio. Es a la libertad de expresión.

MARÍA ISABEL RUEDA

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