Opinión

¿Quién le teme al presidente?

Me aterroriza el poder descomunal que tiene la gente para divinizar funcionarios públicos.

13 de febrero 2019 , 07:00 p.m.

Hace poco, en una conversación, dije que me inspiraba miedo el presidente Duque. La sensación de ‘subgobierno’, pude haber aclarado. Me produce desconfianza ese tan aplicado y sarcástico prefijo ‘sub–’, que me pone a temblar al sugerir que quien realmente dirige este proyecto de país es un Al(gu)ien más poderoso que él. (Aunque, pensándolo bien, quizás siempre nos han subgobernado subpresidentes, tan sometidos como han estado a sus compromisos con los dueños de la plata, los verdaderos titiriteros, que, como ya sabemos, son los que mandan aquí y en todo el mundo).

Entonces, podría completar la idea diciendo que la redundancia de ese ‘sub’ es lo que me da miedo, y no la apariencia gentil de nuestro primer mandatario, y que a lo que le temo es al trasluz de esa penetrante ideología cerrada, vertical y sin matices, el orgulloso legado de su mentor, el innombrable presidente eterno, que tendrá, ojalá, en la intimidad de su vida privada y real, momentos humanos que lo liberan de la pesada carga del mito. De este último, me asustan las reacciones extremas que su imagen genera y lo que esta representa; las nubes que su espectro amontona y, de repente, se descargan en balas y en insultos ‘patrióticos’; su pasado denso y confuso, evocador de la vileza de la guerra. Pero, algo suena cierto y es que la responsabilidad del mito no la tiene el dios, sino los que se lo inventan, lo siguen y consiguen el dinero suficiente para pagar la propaganda del miedo, dispositivo clave para atraer fieles.

Y en estas tierras abonadas a punta de religión y abandono no es difícil homologar en la política las jerarquías del Cielo. Por eso, mucho, pero mucho más que el padrino del presidente y los megalómanos que se creen próceres, me aterroriza el poder descomunal que tiene la gente para divinizar funcionarios públicos cuando, en realidad, ¡son nuestros empleados!

Me da todavía más escalofrío esa tendencia del pueblo a convertir líderes en santos justicieros por derecha o por izquierda, y cualquier candidato que tenga la soberbia de aprovechar esa patología proclamándose salvador de la patria. La naturaleza de todo mesías radica en ser promesa, no cumplimiento; tal vez sea ese culto a la espera eterna por Aquel que vendrá a redimirnos la peor herencia del catolicismo, que logra lo insólito; hacer ver en un político a un redentor. ¡Qué miedo!

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